La chimenea que fue levantada en 1922 para calentar el agua de la caldera está intacta. Había sido construida desde adentro hacia afuera. Y, para limpiarla del hollín, se metían en su interior y disparaban una escopeta para que los perdigones despegaran la mugre de sus paredes. Hoy exhibe una sola grieta, pequeña, que es como un trofeo de guerra: es la única marca que le dejó el terremoto de 1977. Antes había aguantado como si nada el del ´44. Los gruesos murallones de adobe contornean los 18.000 metros cuadrados en la avenida Alem y la calle Coronel Díaz, dos de las cuatro arterias que rodean las dos manzanas del histórico edificio que hasta el año 2000 atesoró en sus vasijas y sus piletas de cemento una tradición bien sanjuanina: los deliciosos vinos dulces como el jeréz, oporto, moscatos y manzanillas, de la bodega López Peláez.
Asentada en el Pueblo Viejo, tal como se conoce a Concepción, la bodega que fue levantada en 1900, dejó de pertenecer a los herederos del fundador Salvador López Peláez hace cinco años. Ahora sus nuevos dueños son dos socios que se unieron para adquirir el histórico lugar como una inversión.
La idea original era hacer una bodega boutique con un comedor en el tradicional salón de atención al público con ingreso por la avenida Alem, el cual tiene piletas de cemento y una increíble cabreada con estructura de pinotea y cañas que parecen no haber sentido el paso del tiempo. Los nuevos dueños pensaban que se iban a encontrar con vasijas o elementos tradicionales de la histórica bodega, con los que pensaron decorar ese comedor.
Pero, según informaron a Tiempo de San Juan, cuando los nuevos dueños se hicieron cargo ya el edificio estaba vacío. Solo conservaba la estructura gruesa del viejo bodegón y ningún elemento de valor: todas las piezas de cobre, la destilería, los viejos toneles de madera de roble y la estructura de madera de los techos que se podían usar, habían desaparecido.
Los nuevos dueños precisaron que muchas de las cosas de valor fueron saqueadas por el personal que fue a llevarse los fierros viejos por chatarra.
La sociedad López Peláez dejó de operar el 1 de enero de 2000 como emprendimiento vitivinícola. En esa fecha se vendió a granel todo el vino que había en su interior y se indemnizó al personal, según precisó Ricardo López Méndez, uno de los 22 herederos que tuvo la histórica firma que fundó el español Salvador López Peláez.
“Nos mató el fraccionamiento en origen. Nuestros vinos se vendían a Buenos Aires para el consumo de un grupo selecto y allá era fraccionado. Cuando eso fue prohibido, se mató a la industria vitivinícola”, opina Ricardo López Peláez.
Los nuevos dueños pidieron reserva de identidad. Uno es profesional y el otro es un productor agrícola. Contaron que, en una oportunidad, una prestigiosa inmobiliaria local les propuso hacer un proyecto inmobiliario en el lugar, pero dicen que no llegaron a un acuerdo porque el negocio era altamente favorable para la inmobiliaria y poco rentable para los dueños del enorme terreno.
Los propietarios también dicen no tener ningún proyecto para la bodega. Y dicen que les resulta más costoso demoler que dejas las instalaciones tal como están, siendo un recuerdo viviente de los años florecientes de la vitivinicultura local.
Mucha historia por recordar
Ir a la bodega López Peláez era una tradición netamente sanjuanina y el paso obligado para cualquier turista que pasara por la provincia. Allí se podía hacer una degustación a “boca de vasija”, se podía comprar vino suelto, en damajuana, tal como el español, originario de Málaga, Salvador López Peláez había acostumbrado a su clientela en sus primeros años, cuando la firma se llamaba “La Unión Latina”.
Había llegado al país en 1898 y se instaló en Buenos Aires. Trabajó dos años como comerciante. Y se instaló en San Juan. Fue pionero en el envío de uva para vinificar a Buenos Aires, marcando el camino de un gran negocio, a tal punto que hacía los envíos en tren. Incluso, en la bodega de Concepción aún está el terraplén por donde pasaban las vías del tren que ingresaba a la bodega para llevar el vino a granel a Buenos Aires.
La familia informó que don Salvador llegó a tener 400 hectáreas convides de distintas variedades, como las blancas, francesas y criollas, variedades que se imponían en aquellos años.