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editorial

Los ídolos olvidados

Murió el Payo Matesevach y hubo mucho dolor. Su historia emociona: hubo que hacer colectas para ayudarlo, murió trabajando de bicicletero y sin cobrar ningún seguro. Onganía lo persiguió por reclamar. Hoy, los deportistas hacen carrera para sacar la mejor tajada.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Sebastián Saharrea

Antonio “Payo” Matesevach terminó sus días poniendo gomines en su bicicletería de calle España. El buenazo de Víctor Federico Echegaray se las rebusca pintando casas. Llenaron estadios, fueron ídolos de multitudes de varios años atrás, arrastraron pasiones. Pero a ninguno esa idolatría le alcanzó para disponer de una vida un tranco más relajada, alejada del esfuerzo cotidiano de madrugar para comer. Alguna pensión, un envión en memoria de aquellos tiempos de gloria. Sólo aquellos que tuvieron el don de los negocios además del de los deportes –Daniel Martinazzo- pudieron asomar la cabeza. El resto, a laburar, mientras el deporte de hoy corre carreras para ver quién le saca la mejor tajada a los fondos mineros.
Alguna de esas monedas podría caerse para sostener a los ídolos de siempre como el Payo. ¿De qué manera? Ideas al viento, solamente: alguna escuelita de ciclismo dirigida por el ídolo que ayude a sacar chicos de la calle, alguna escuelita de boxeo encabezada por Víctor como las 23 que funcionan en Salta y les plantean a los chicos la idea de matarse a abdominales por algo como alternativa a rajarse la cabeza con el paco. ¿Fondos? Los mismos que mueven al deporte de San Juan provenientes de la actividad minera y que en algunos casos –desgraciadamente bastantes- se convierte en fines de semana all inclusive para deportistas viajeros que dejan poco y nada a la provincia paseando una calcomanía que apenas se ve.
En cambio el Payo, ese sí que ha llenado la alcancía de los buenos momentos para el consumo popular. Y hoy que ha muerto mereció no sólo el homenaje de una muchedumbre dejando correr las lágrimas sino un repaso de su vida para valorarlo aún más. Casi 68 años regados por una idolatría incontenible con su bicicleta en la ruta, pero fuera de ella un compendio de sacrificios silenciosos, de dolores solitarios, de buenas caras a los malos tiempos. De palmadas al hombro, de plaqueta, medalla y beso, y de bajones cuando esas luces se apagaron.
Tal vez haya sido la del Payo la historia más impactante que le haya tocado a este periodista contar en Paren las Rotativas (Canal 5 Telesol, viernes a las 23). La del tipo que guapeó al infortunio, que interrumpió su camino a la idolatría por un accidente que casi le costó la vida y a partir de allí escribió lo más contundente de su repertorio ciclista. El tipo que estuvo años enteros tirado en una cama de hospital mal atendido. El tipo que quedó con una pierna más corta que la otra y le dificultaba caminar, pero no pedalear. El tipo que se quejaba cuando nadie se acordaba de él en un hospital porteño, y era descalificado por subversivo en plena dictadura de Onganía, que también fue una dictadura. El tipo que llegó a lo máximo y tuvo tiempo para pensar en la profesión del ciclista. El tipo que murió pidiendo que le paguen alguno de los tres seguros que debió cobrar por aquel accidente ocurrido hace nada menos que 45 años, que alguien cobró por él pero se olvidó de acercárselo. El tipo que le pidió al oído por eso a un importante dirigente nacional (Daniel Scioli), cuando era secretario de Deportes de la Nación, pero debió seguir esperando. El tipo que cerró aquella entrevista con una enseñanza para la vida: “hay gente que se corta un dedo y piensa que se va a morir”.
La historia del Payo contada por él mismo es un compilado de momentos memorables en el plano deportivo junto a un sacrificio humano de la misma dimensión. Porque el accidente tremendo que lo marcó durante toda su vida le ocurrió cuando era muy joven y estaba en pleno ascenso, lo que se dice una promesa. Eso es justamente lo que le da relieve de gloria a sus conquistas en la ruta sanjuanina, donde protagonizó la épica del ciclismo local en su faceta dorada: la gran mayoría de sus triunfos, el collar de medallas y trofeos que juntó en su vitrina, los hizo después de un padecimiento de más de 5 años postrado, de 13 cirujías –dos de ellas en Canadá- y de tres injertos, de quedarse con 5 centímetros menos de pierna después de habérsela estirado porque le sacaron 11 centímetros de hueso, de quedarse sin músculo.
 ¿Alguien se imagina a un ciclista sin músculos en las piernas? Es como un carnicero sin cuchillo afilado o como un piloto de autos sin un motor potente. Desde ese subsuelo la remontó el Payo hasta llegar a la idolatría por tantos triunfos y tanto carisma. Y desde ese lugar es que resuena con autoridad la sentencia de no sentirnos muertos por un dedo roto, como nos suele ocurrir.
Contó aquella vez con gran modestia que lo que le pasó en Canadá no fue otra cosa que una mezcla de mala suerte, imprevisión e ignorancia. Fue en 1967, entrenando para los Panamericanos Winnipeg, cuando la gran promesa sanjuanina que había salido campeón nacional siendo un novicio, salió a la ruta a entrenar. Iban en la cuarteta, él cerrando la fila al último. Y el auto guía que debía acompañarlo no había llegado, por lo que decidieron partir sin él. La imprudencia del equipo argentino fue atravesar una autopista sin notar las advertencias: “Nosotros no sabíamos ni lo que quería decir stop”, exageró el Payo.
Más imprudente fue el canadiense que conducía el auto, un actor de cine que venía duplicando la velocidad permitida y borracho. Le pegó a él, que venía último. Y allí empezó el calvario de este pichón de ídolo sanjuanino que no había escrito aún ninguna página gloriosa, pero que lo haría tiempo más tarde pese a que el destino se empecinaba en contradecirlo.
Cuando se despertó, ya estaba en el hospital. En Canadá le sacaron los huesos rotos y lo mandaron a la Argentina. Un médico sanjuanino que estaba en Ezeiza por esas cosas de la vida se dio cuenta que tenía principio de gangrena y lo derivó urgente: eso le salvó la pierna, evitó que debiera utilizar una prótesis y despedirse del ciclista.
Cayó al Hospital Fernandez, pleno Buenos Aires, donde comenzó a sentir el abandono. No sólo el de los tres seguros que nadie le pagó: el del auto del actor canadiense, el del país organizador de los Juegos y el del su propio país que asegura a sus deportistas. Sino también por las condiciones en las que estaba: sólo, sin poder viajar a su San Juan querido. Con amigos haciendo colectas para comprar un clavo que debían colocarle en una pierna, mientras el médico de la delegación argentina a los Juegos jamás lo atendería.
Un periodista de entonces –Tito Marín- fue al hospital a buscar la historia del sanjuanino abandonado y sin querer encendió la mecha. Salió al día siguiente en el diario Crónica el padecimiento del ciclista sanjuanino que estaba tirado como bolsa de papas en una cama del hospital, al borde de perder una pierna por defender la camiseta argentina. Después el Payo contaría que estaba ese día bajo los efectos de la “droga de la verdad”, el Pentotal, y que eso lo liberó al momento de hablar.
Llegó entonces al hospital una señora bien vestida en nombre del gobierno de Onganía y le pidió que bajara los decibeles y se rectificara. No lo hizo. Y entonces un general que estaba a cargo de Deportes salió en la revista El Gráfico a decir que el muchachito estaba un poco confundido porque en su habitación estaba acompañado por un “paciente con ideas subversivas”. Tenía razón, su compañero de pieza era un turco amigo un poco zurdo, pero al Payo lo estaban caminando de una manera ingrata. Desde allí, el Payo fue mala palabra para el gobierno de facto de la época, confundido por eventuales ideas revolucionarias en un caso en que él no soñaba con la llegada del socialismo ni siquiera con la vuelta al poder de la democracia, sino soñaba con que lo atendieran bien en un hospital.
Salió de allí a San Juan en el Zonda, el tren que demoraba casi un día en llegar desde Retiro. Se puso entre ceja y ceja la idea de recuperarse y volver a correr. Parecía imposible, pero lo logró: a la primera clásica que corrió, la ganó. Había dejado atrás el calvario más grande que le puede ocurrir a un deportista: perder sus mejores años, entre los 21 y los 27. Y el peor de la dignidad humana: dejar la piel por lo que le corresponde. Así volvió, así llegó a la gloria y así murió, poniendo gomines en su bicicletería.
Tal vez por eso su mujer lo despidió de una manera descorazonadora: “En algún lugar estará mejor que en esta perra vida que le ha tocado”.


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