Entre Rawson y Rivadavia

El último gran asentamiento

Hoy en día es el más grande que tiene la provincia. Está a 4 km. del cementerio de Rawson, entre las calles 4 y 5, pegada al Canal Césped. Por eso se lo conoce como la Villa Costa Canal. Beben el agua que el municipio les deja en tachos. Combaten el calor bañándose en el canal. No entra la ambulancia ni los remises. Incluso, a la misma policía le cuesta saber cuál es la comisaría jurisdiccional. Por Gustavo Martínez
domingo, 08 de abril de 2012 · 11:33
Por Gustavo Martínez
gmartinezpuga@tiempodesanjuan.com

El Gobierno de la Provincia censó a 196 casas, 71 del lado de Rawson y 125 del costado de Rivadavia. Es que justo el callejón que permite el paso de un solo vehículo sobre el que se asentó la Villa Costa Canal, o San José como la llaman sus vecinos, es el límite entre los dos departamentos. Allí viven unas 250 familias. Y el número que el gobierno les puso con aerosol rojo en el frente de sus casas para identificarlos es el símbolo de la esperanza de que en algún momento les tocará ser arrasados por una topadora para irse a vivir a una casa de barrio, tal como este gobierno hizo con más de 70 asentamientos. Allí todos saben que sólo recibirán casas los que fueron censados y entre ellos cuidan de que nadie más se instale.

Mientras tanto, la vida es difícil en los reducidos espacios de los ranchos de adobe, caña y nylon en el asentamiento poblacional más grande que hoy en día tiene la provincia. Ubicado al margen de la urbe, donde sólo llegan los que allí viven, lejos de las escuelas, de los centros de salud y hasta de los micros –el más cercano pasa a 4,1 kilómetros-, la villa es lo más parecido a una favela.

Adentro sus vecinos sufren en carne propia las dificultades de vivir en condiciones precarias: un niño murió ahogado en el Canal Césped cuando fue a visitar a su abuela; un chico discapacitado de 16 años se pasea por el callejón con toda la piel con salpullidos –según los vecinos “es sarna que le contagiaron los perros-; a una madre de tres niños que sufrió un accidente de tránsito los médicos le prohibieron que viva allí porque necesita una prótesis en el cráneo y su salud es muy frágil, pero no tiene dónde ir; y la queja común en todas las casas es que los niños sufren enfermedades gastrointestinales por el agua que toman y por el olor nauseabundo que despide el agua estancada de un zanjón que hay entre el Canal Césped y los fondos de los ranchos. También dicen que de ese lugar suelen salir muchos alacranes.

Muchos de estos datos se pueden verificar con un recorrido a pie por ese callejón que comienza, de Norte a Sur, donde termina la calle Doctor Ortega (Calle 4). Los últimos 4,1 kilómetros de esta calle (desde la Meglioli hasta la Costa Canal) es un callejón de ripio de muy difícil tránsito en vehículo y lleno de basura en ambos costados.

“No queremos que nos regalen nada. Con más o menos esfuerzo, todos podemos pagar una cuota”, dice Fabián Alberto Morán (27), quien dice que hace cuatro años habita el rancho 121 con su mujer y sus dos hijos: una nena de 1 año y un bebe en camino. “Todas las casas se están partiendo porque el terreno cedió por el zanjón que pasa por el fondo”, cuenta, mientras señala las grietas que rellenó con cemento, en una de las dos habitaciones separadas por un enorme eucaliptus.

“Acá no tenemos agua potable. El municipio de Rivadavia es el único que viene una o dos veces a la semana y con el camión regante nos llena dos tachos de agua por familia. A veces viene con pasto. El agua de uno de los tachos lo usamos para tomar y el otro para bañar los niños más chicos y lavar la ropa”, cuenta Gustavo Guzmán (30), padre de dos niños de 3 y 1 año, quien vive en la casa 90 desde hace cinco años. Llegó al lugar “porque no tenía dónde vivir y un compadre me permitió que me hiciera una pieza”, dice. Siempre fue changarín, como la mayoría de los hombres de la Costa Canal. Pero hace unos seis meses empezó a trabajar en la actividad minera.

Guzmán venía con sus hijos de refrescarse en un canal derivador del Césped. Al igual que el resto de los vecinos, saben que esa agua es para riego y que está prohibido bañarse en los canales. Pero el calor es más fuerte. Y tienen códigos: “Nunca dejamos los trancones ni llenamos de basura. Nos terminamos de bañar y levantamos todo. Y nunca se tapa toda el agua porque sabemos que la usan para la tierra”, explica. Mientras, un grupo de cuatro hermanitos pasan caminando por su lado con los palos y la lata que usaron para embalsar el agua y tener “nuestra propia pileta”.

“Acá nunca ningún medio vino a ver cómo vivimos”, dice Cristian Vidal, un albañil padre de seis hijos de 7 meses a 18 años, mientras hacía un asado a las cinco de la tarde sobre el callejón. Al lado, una vecina refrescaba a su bebe desnudo en un fuentón de plástico. Todos sentados frente a sus casas, sobre el callejón por el que pasa todo el vecindario.

En ese momento pasaba por allí en una moto María Ahumada (51), quien perdió a su nieto de 8 años en ese asentamiento. “Fue hace 10 meses. Un domingo. Mi nieto había venido a visitarme. Se fue a jugar con los otros niños. El no conocía el peligro del Canal Césped. Se cayó a las dos de la tarde y lo encontramos a las nueve de la noche en una compuerta de Pocito, gracias a un perrito que aullaba”, recuerda, aún con amargura y con un luto indisimulable.

El Canal Césped pasa por el fondo de los ranchos, a unos 20 metros. El cauce tiene una profundidad de 6 metros y más de 10 de ancho. Es un verdadero río sin alambrado ni protección para quienes no lo conocen, más allá de que el asentamiento fue posterior a su construcción.

“Yo hace 14 años que vivo aquí. Mi consuegra lleva más años. Antes vivía en otra casita, pero compré aquí porque quedé abajo del tendido eléctrico de la línea minera –la línea de 500kV- y dicen que esos cables generan radiación que hace mal a las personas”, cuenta Graciela Algañaraz, vecina de la casa 85 que crió a sus siete hijos en ese lugar. Dos de ellos no lograron emigrar y también viven en el asentamiento. Uno de ellos tiene un bebe y el otro tiene a su mujer embarazada.

“Esperemos que todo ande bien, porque si hay que llamar a una ambulancia, aquí no entran. Ya nos pasó de tener que pedir para otra parturienta y se demoraron dos horas. Encima, primero mandan a la policía a ver si es cierto. Ante una emergencia, lo mejor es recurrir a un vecino con vehículo”, dice Graciela.

Otra vecina que puede dar testimonio de lo difícil que es vivir enferma en el asentamiento Costa Canal es Yésica Vega (25): el 24 de octubre último tuvo un accidente de tránsito cuando salía de su trabajo en moto y había pasado a buscar a sus hijos por la escuela. Dice que un auto los atropelló. Los niños terminaron en un canal. Pero ella se llevó la peor parte: sufrió un golpe tan fuerte en la cabeza que perdió parte del cráneo. “Ahora me tienen que poner una prótesis. Me lo confirmaron en noviembre. Estoy haciendo los trámites en Desarrollo Humano. Como no tengo hueso, es como que el cerebro me late más fuerte. Los médicos me dijeron que no podía vivir aquí porque me salud es muy débil. También me dijeron que no podía lavar, limpiar ni levantar los niños, pero es imposible porque no puedo irme a otro lugar y mucho menos poner una empleada. También me dijeron que no ande en moto, pero no puedo caminar cuatro kilómetros para ir a tomarme el micro”, cuenta, mientras se arregla el pañuelo con el que se protege la cabeza y termina de regar el pequeño patio de la casa 94.

Ante una emergencia, Yésica –como el resto de los vecinos- no tiene muchas posibilidades. Es que el centro de salud más cercano está en Rivadavia, en Ignacio de la Roza y Pellegrini, por un callejón intransitable y a kilómetros de distancia. Si no, deben ir al Hospital Rawson. Aún más lejos.

Hasta allí llevaron a Walter (16) para hacerlo tratar de la piel. El chico tiene retraso mental y toda la piel erosionada. “Los especialistas del –hospital- Rawson nos dijeron que era por alergia a la tierra. Nos aconsejaron que nos fuéramos de acá”, cuenta su madre, Norma. Pero pasó un año de aquella consulta y el muchacho sigue correteando por las calles rascándose casi permanente. Otra vecina dice que “acá hay mucha sarna. Muchos niños se la agarraron culpa de los perros”, dice Erica Zúñiga, quien vive en el asentamiento desde hace 10 años.
 Y agrega el otro gran problema que tienen con los niños: “Acá la escuela más cercana está a unos tres kilómetros. Hay dos posibilidades, o van a la Marcelino Guardiola, en Rawson, o van a la Diógenes Terramón, en Rivadavia”. A esta última van más chicos del asentamiento. Lo hacen caminando y costeando el Canal Césped, porque antes cruzaban por una finca de olivos, pero su propietario puso un alambrado.

La mayoría de los niños del asentamiento no le tienen miedo al caudaloso canal porque se criaron allí. Incluso, muchos de ellos suelen acompañar y observar a los más grandes que se animan a cruzar una soga de lado a lado del canal para desafiar el caudal, tirarse y arriesgarse a engancharse de la soga para poder salirse.

Entre relato y relato de los vecinos de la Costa Canal empezó a caer la noche. Y surge otra necesidad que cubren como pueden: el de la luz eléctrica. Sólo unas pocas casas tienen medidor de electricidad. La mayoría están “enganchadas” a una maraña de cables que pende de un pilar en el que ya tienen instalada una escalera para hacer las conexiones clandestinas. “Muchas veces no tenemos para pagar la luz y nos las cortan. Y, por más que uno pida y pueda pagar, después no vienen más a conectar de nuevo”, cuenta una madre de dos niños a la que los cables de las otras casas le pasan por arriba del techito de su rancho.

Mientras la vecina contaba de los peligros eléctricos, un muchacho se veía subido a la escalera conectando a vecinos ilegalmente. Estaba seguro que nadie lo iba a ver. Y no es un lugar que la policía recorra. “La policía y los basureros no vienen nunca. Aquí no entra nadie. Una vez el año pasado vino el tráiler sanitario y estuvo tres días. Pero nada más”, contó otra vecina.
El dato tiene asidero si se tiene en cuenta que, ante la consulta de este medio, hubo que hacer varios llamados telefónicos para que en las comisarías Sexta de Rawson y Séptima de Pocito descubrieran que quien tiene jurisdicción en la Villa Costa Canal es la subcomisaría Ansilta, ubicada en el barrio del mismo nombre, a unos cinco kilómetros del asentamiento.

Igual, según los vecinos, en la Villa Costa Canal no tienen problemas de seguridad: “Aquí no hay problemas. Como en todo lugar hay droga. Sobre todo se ve a los más jóvenes fumando y todo eso, pero aquí adentro no hay lío”, explicó uno de los vecinos más antiguo, quien conoce al asentamiento desde cuando no habían más de 60 familias.

“Están dentro del programa de erradicación”

El ex interventor del IPV y actual secretario de Obras Públicas, Vicente Marrelli, informó a Tiempo de San Juan que “ese asentamiento está dentro del plan de erradicación de villas”.

Pero para evitar que el asentamiento crezca, Marrelli recordó que la política del gobierno es no dar precisiones sobre cuándo podrían ser erradicados: “Ya nos pasó que si decimos una fecha probable, se llena de más familias”.

Gustavo Guzmán, un vecino de la Costa Canal, dice que “nosotros ya no permitimos que más gente se instale, para evitar que el gobierno no nos de casas por si somos más de los que nos censaron”.

Marrelli informó que ese asentamiento “tal vez sea el más numeroso” de la provincia. Y enumeró otros más chicos, como la Villa Santa Ana, en Calle 6 y San  Miguel, en Pocito; el que está en la Curva de los Tontos, en Rivadavia; o el que está al terminar la calle Progreso, en Rawson.

“La situación no es fácil. Tenemos 55.000 inscriptos en el IPV y ahora la prioridad es la construcción de casas para la clase media”, dijo Marrelli.

En los primeros 8 años del gobierno de Gioja en la provincia se erradicaron más de 70 villas, a cuyos habitantes les cambiaron el rancho por casas de barrio con todos los servicios.

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