las calles de la furia

Viaje al barrio más peligroso

Armas, droga, sexo temprano, discriminación, sufrimiento, pobreza y violencia extrema como una forma de vida que ya tiene en sus calles a su segunda generación. Tiempo de San Juan recorrió las calles, el interior de sus casas, las instituciones y los espacios públicos del barrio La Estación, en Rawson, señalado como uno de los epicentros de la inseguridad sanjuanina.
sábado, 26 de noviembre de 2011 · 09:21


Por Gustavo Martínez
gmartinezpuga@tiempodesanjuan.com

Los remiseros y los repartidores de mercaderías no entran. Las ambulancias toman miles de recaudos antes de hacerlo y siempre llegan más tarde de lo que prometen por teléfono. A los 12 o 13 años los chicos ya andan armados y por sus veredas se ven pequeños cuerpos de niñas gestando embarazos en sus vientres. Se consigue droga desde los 5 pesos o una remera o un celular. A diario hay gritos, corridas y golpizas de padres a hijos, de hombre a mujer, entre mujeres. Es parte de la rutina de los fines de semana los ajustes de cuenta a tiros y robos entre vecinos que al otro día se cruzan por las mismas veredas. Tal vez por eso jamás denuncian. La policía dice que es el lugar más peligroso de Rawson. Y cuando esos pibes cruzan el límite de sus calles, suena en una especie de cadena solidaria las voces de alerta por los equipos de radio de las comisarías. Se trata de la ex Villa Nylon, hoy La Estación, un barrio con todos los servicios, puesto policial, centro de salud, Centro Integrador Comunitario (CIC), puesto de atención a jubilados y discapacitados, el segundo parque más grande de la provincia y un complejo polideportivo. Sin embargo la violencia no da tregua. Por adentro, la transversalidad de la discriminación y la falta de oportunidades para romper el cerco en el que cayeron corta a todo el vecindario por igual, desde el trabajador y solidario hasta el que nadie se explica y todos sospechan cómo hace para vivir con todas las comodidades sin salir de su casa en la que recibe la visita de elegantes automóviles que saben puntualmente dónde detenerse contados minutos.



Diferenciados
El barrio está claramente dividido por la policía y por los mismos vecinos en tres sectores: el 1 y el 2, los más antiguos, separados por la boulevard Sarmiento, y los más peligrosos, sobre todo el 2. Y el 3, recostado hacia el Este entre la calle Larrea y el paredón del Parque de Rawson. Este es el último sector de viviendas que entregó el gobierno hace seis años y todos los señalan por gozar con el privilegio de un tercer dormitorio y una estructura metálica en un patio para que puedan techar y ampliar la superficie cubierta.
En ese sector llegaron, entre otros, vecinos de la ex villa Los Cilindros, a quienes rápidamente les hicieron sentir que eran visitantes: “Tuvimos que organizar una Brigada de Vecinos de cinco hombres por noche y hacíamos turnos para cuidar la calle porque no se podía salir. Cuando venían los moqueros para hacer líos, le decíamos mirá hermano, aquí no”, cuenta Roberto Yúdica, quien se presenta como presidente de la unión vecinal de la Ampliación. Dice que ahora eso ya no hace falta, pero recuerda que no les fue fácil: “Una noche, en el velorio de la madre de doña Sandra, se armó un peleón con pibes sangrando por todos lados. Yo salí, les quité lo que tenían en la mano antes que fuera tarde y los corrí. Al pibe más ensangrentado la echamos un poco de agua y lo mandamos a la casa. Sin llamar a la policía ni nada. Y listo. Si no los terminan ensuciando con diez mil causas”, cuenta.
Como Yúdica, quien se gana la vida como empleado fumigador de Salud Pública y con changas de pintura a la que lleva a trabajar a todo el que puede del barrio, doña Sandra Pérez es otra referente del sector 3. Se define como coordinadora comunitaria y regentea el grupo Posibilidad para Todos. Dice que no recibe ningún tipo de ayuda oficial y en su casa funciona la única escuela de todo el barrio. Asisten seis personas de todas las edades y hasta discapacitados que reciben educación de una sola maestra. “El principal problema que tenemos es la falta de contención familiar y la discriminación. Cuando los chicos van a anotarse a alguna escuela y dicen que son del barrio La Estación no los reciben”, dice Sandra, quien tiene entre sus colaboradores a Juan, un joven que durante años vivió en el mundo de las drogas y el robo. Sandra cruza la calle y muestra otro logro del vecindario: un taller de costura en el que un grupo de vecinas confeccionan chalecos naranjas refractarios que dicen vender a una empresa proveedora de las mineras.

Tiros y amigos
Antes de cruzar la calle, Sandra y Yúdica sonríen y comentan: “Sabés quién va ahí, el pibe que dicen que balearon. Y sabés quién es el que lo lleva en la moto con la que tiran el carrito, el que le disparó. ¡Son amigos! No fue un ajuste, son carreteleros, se habían encontrado un arma, estaban macaneando y a uno se le escapó el tiro”, cuenta eufórico Yúdica. A quien hace referencia se llama Víctor Tejada, tiene 21 años, le dicen El Jetón y el sábado pasado fue noticia en San Juan porque su vida se salvó de milagro: un disparo le atravesó la cara de lado a lado y el hecho se conoció porque fue a pedir ayuda a Urgencias del Hospital Rawson. Centímetros más arriba y le volaban la cabeza. Pero nunca denunció.
Para los vecinos, que alguien reciba un balazo no es nada especial: “La otra vez, un pibe salió de comprar en un almacén y pegaron un tiro que le quebró el brazo. Le preguntaron quién fue y dijo que habían sido unos que pasaron en una moto. Es mentira, entre ellos no se denuncian porque al otro día se vuelven a cruzar”, explica Yúdica.
Pero no todos esos cruces tienen un final simple: “Yo tengo una deuda con el juzgado. Hace como dos años me metí en una pelea con los del barrio 23 de octubre porque le vinieron a pegar a mi hermano. Y en eso le pegué un puntazo a uno. Y me hicieron una causa por querer matarlo. Pero no sé, todavía no me llaman”. El crudo relato es de Franco Guajardo, quien ahora tiene 19 años. Su historia es un espejo de muchos jóvenes del barrio: a los 16 años ya fue papá. Algo que es común en La Estación: con sólo dar una vuelta por sus calles en horas de la tarde, cuando el sol ya no calienta, se pueden apreciar en sus veredas a chicas muy pequeñas embarazadas.
Franco no terminó la escuela primaria y es del sector 1, ya que sus padres echaron raíces allí desde mediados de los ´80, cuando levantaron un rancho de nylon y barro. Llegó a la casa de los Yúdica para hablar con Tiempo de San Juan en compañía de otro pibe cuyo apodo, El Coloradito, despierta un “uh… ¡no sabe lo que es eso!” cuando se le menciona a la policía. También es del sector 1. Se llama Leonardo, es menor, tiene 15 años, y en la escuela llegó hasta tercer grado: “La policía nos inventa cosa para ellos tener trabajo. La otra vez fui a la casa de mi abuela, para Trinidad, y cuando estaba en la calle cayó la policía, me dijo qué andaba haciendo por ahí y me metieron preso porque dicen que había querido abrir un auto. Y nada que ver”, cuenta el muchacho. Su relato es asentido por Eric, que tiene 20 años, es padre de un bebe de 4 meses y reconoce haber estado involucrado “en arrebatos y cosas así” cuando era menor. “Ahora ya no. Nos salimos de ese ambiente. Mucho depende de las juntas que uno tenga”, cuenta.
Junto a esto tres muchachos estaban algunos de los cinco hijos de Yúdica, Diego (18) y Gisela (21). Por la noche, todos los muchachos se cubren la cabeza con gorritas y en sus rostros lucen pircing y aritos en ambas orejas.
Al arrebato
Esa noche de la reunión, bajo un cañizo y sin dejar de jugar con la netbook que el gobierno nacional le entregó a uno de los niños más chico de Yúdica, el grupo de muchachos contaron la bronca que se había agarrado en la tarde, aunque ya les pasó antes y conviven con esa realidad: “Esta tarde nos quedamos sin trabajo. Ibamos a la cosecha de ciruelas en Albardón. Pero unos moqueros se empezaron a tirar con ciruelas y el dueño nos corrió a todos”, cuenta Franco. “Ahora ellos no tienen plata para el fin de semana. Y qué cree que van hacer, si no tienen con qué darle de comer al niño ni ayudar en la casa”, dice Gisela. Repreguntados qué van hacer, Eric responde, desafiante: “Salen al arrebato. Qué van hacer”.
“El problema de la inseguridad es por la falta de plata. Eso se soluciona con trabajo. Pero cómo vamos a ir a aprender un trabajo en una escuela si tenemos que trabajar para comer. Y las changas son todo el día. No se puede ir a una capacitación en la siesta o en la noche, cuando uno viene cansado”, dice Diego.
Y buscar trabajo tampoco es sencillo. Allí es cuando más sienten la discriminación: “Nunca decimos que vivimos en el barrio La Estación, porque si no nos corren ahí nomás. Damos la dirección de la casa de mi abuela”, dice Diego. Gisela asintió y contó que para poder entrar a trabajar a Medio Ambiente puso la dirección de su abuela. “Aunque ahora deben saber que vivo acá porque las boletas de la AFIP me llegan a mi casa. Sería el colmo que el mismo gobierno me discriminara”, cuenta la muchacha.
Ser joven y ganarse la vida no es fácil en el barrio La Estación. Pero ni si quiera lo es en la vida diaria, donde tienen que aprender a mentir y engañar hasta para las cosas más simples. “Los remiseros no entran si les decimos que vengan al barrio La Estación, así es que los llamamos a la Doctor Ortega y el Conector Sur. Y tenemos que salir caminando del barrio hasta ahí. Cuando venimos de trabajar o de bailar también, no les decimos al barrio La Estación, sino a esa dirección y de ahí caminamos”, cuenta Gisela.
Niños, armas y drogas
Ellos dicen que nunca tuvieron problemas al entrar o salir de noche del barrio. Pero coinciden con lo que dice la policía: los chicos de 12 o 13 años ya andan armados y es fácil conseguirlas. “Siempre hay uno que tiene una barata o que conoce a alguien que tiene”, cuenta Eric.
Diego, Franco y Leonardo asienten. Y dicen que mucho lo hacen para conseguir droga: “Se consigue fasos –cigarros de marihuana- por nada, por 5 pesos. O por un celular. O por una remera o unas zapatillas. Depende de a quién se le pida y si anda muy necesitado o no”, coinciden los muchachos que conocen las calles del barrio como la palma de sus manos. Es que “desde niños aquí uno se cría solo. En la calle. Y aprende de todo”, cuentan, casi murmurando las palabras tapadas por una cumbia villera que suena a fondo desde la casa de un vecino de los Yúdica.
Este grupo de chicos dicen que en el barrio todos saben quiénes venden. Pero también saben que nadie, ni siquiera la policía, los voltea: “Hay de todo. Hay quienes venden para darle de comer a los niños y también otros que reciben visitas de autos elegantes que vienen justo a la casa de ellos y se van”. Según ellos, en el barrio hay marihuana y otras drogas. Pero que el Paco, más barata y altamente dañina, “todavía no llegó. Hay que esperar unos años más”, dicen.
En los últimos hallazgos históricos de droga que hubo en la provincia, la policía vinculó al barrio La Estación: en agosto de 2009 la policía concretó un procedimiento en la Villa Santa Teresita y secuestró casi 3 kilos de cocaína y 27 de marihuana. El sujeto que cayó, en el que también se vio involucrado un policía de Toxicomanía, dicen que tenía su casa en La Estación. Y hace poco, en julio, la policía halló 7 kilos de cocaína sobre la calle Frías, próxima al barrio, y presumen que el destino final podía estar en este barrio.
Pero los vecinos dicen que muchas de esas cosas son inventadas para perjudicarlos y hacer del lugar un emblema de la inseguridad. A pesar de las diferencias irremediables que hay entre la mayoría de la gente del barrio, los jóvenes sobre todo, y la policía, en ese punto y por separado coinciden: “Ese barrio es el más peligroso que tenemos en Rawson. Pero es un problema que arrastran desde la familia. Ahora tenemos en la calle a los hijos de los que se criaron en la calle cuando ese barrio era la Villa El Nylon. Para ellos la violencia es la forma de vida. No les duele estar presos. Hasta por diversión son violentos. Muchos de los problemas que tenemos en la barra de Unión es por las internas entre ellos. O entre los del barrio La Estación y la Villa San Damián, que están separados por una calle. Pero van a la cancha y ahí se sacan las diferencias. Mire, viven en un barrio que más quisiera yo que el mío tuviera todos los servicios que el gobierno les ha dado. Tienen de todo, hasta le hicieron un parque espectacular al lado. Lo tuvieron que cerrar de noche y poner custodia policial porque se roban hasta las lámparas. Así y todo, de día, se cruzan y arrebatan billeteras y celulares a la gente que va hacer deportes. Si no vaya y mire lo que es el centro de salud. Parece una cárcel”, explicó el comisario inspector Adolfo Juan Jofré, responsable de la Seccional Sexta.
Efectivamente, el centro de salud Italo Severino Di Stefano aparenta más un precinto carcelario que un lugar donde se brinda atención médica púbica a los mismos vecinos del barrio. Primero tenía alambrado el perímetro, pero los hechos de violencia hicieron que el gobierno los cercara con ladrillos, rejas y un alambrado con latas cortantes enrollado en la parte superior. Todo hace una altura de unos 4 metros. Adentro, las puertas y ventas tienen candados, cerrojos y hasta con alambre las ventanas para que no se las abran. Los motores de los aires acondicionados y de los compresores están enrejados. Después de que sufrieron varios robos nocturnos en la farmacia, donde no había más que leche, remedios y vacunas, pusieron un adicional de policía.
“Después de que a unos compañeros le robaron la bici, las metemos adentro, a los pasillos y las atamos con candado, si no se las roban. A las motos también. Hace poco, a las cinco de la tarde, se metieron, se treparon a la recepción de los análisis clínicos y se robaron un casco y una radio. También se robaron las mariposas de los baños. Se llevan todo, todo, todo lo que pueden”, comentó una empleada, en compañía de una persona del servicio de limpieza. Ambas pidieron reserva de identidad: “Hay gente buena, pero también de la otra. No se puede denunciar porque saben donde una trabaja y es peor”, comentaron.
El centro de salud está en el sector 2, sindicado por alguno de los vecinos y por la policía como el más peligroso del barrio. “En el día más o menos, pero cuando tengo que ir en la madrugada para sacar turno, hay que ir acompañada porque sino seguro que te asaltan”, comenta una de las chicas Yúdica que ya es mamá.
El centro de salud está casi en la esquina de Franklin Rawson y Félix Aguilar. Allí se pudo apreciar una gran cantidad de piedras que cubren la palma de la mano de un adulto sobre el asfalto. “Ese es porque allí hubo algún problema. Apedrearon a alguien para robarle o hubo una pelea. Usted va a ver que en los lugares más peligrosos del barrio hay piedras de ese tamaño en la calle”, comentaron en la Motorizada N°2, que está ubicada en el medio del barrio La Estación. Ese puesto policial también llama la atención: tiene las ventanas enrejadas y con una gruesa tela metálica. Alrededor está alambrado y tiene un techo de latas y tela media sombra en el fondo: “Acá funcionamos desde hace 9 años y al principio era muy complicado. Era como una guerra entre los vecinos y los policías. Nos apedreaban los vidrios y los autos nuestros. Una vez hasta se robaron la moto particular de un policía”, comentaron en la motorizada que depende del Comando Radioeléctrico, donde no hacen declaraciones oficiales porque no se los permite la jefatura de Policía.
En realidad, no hace falta que la policía hable mucho. A pocas cuadras de allí, también en el sector 2, está el almacén de Doña Rita. La atiende un muchacho que, desde la calle, pareciera estar trabajando en prisión: una tela de pequeños cuadrados lo separan de sus vecinos, los clientes, a quien les pasa lo que les vende por aberturas en la que solo pasan las manos. “Antes no teníamos nada. Pero nos cansamos de que nos sacaran las golosinas y los cigarrillos. Y como ampliamos más al lado de la calle, decidimos cerrar así. Pero igual nos sacan cosas. Mire cómo levantaron la tela”, comenta el muchacho señalando los alambres retorcidos que le rompieron para sacarle la mercadería.
“Los repartidores dejaron de entrar porque les robaban hasta cuando se quedaba uno de ellos en el vehículo. Ahora está un poco más tranquilo y dicen que van a empezar a entrar de vuelta”, comentó el joven trabajador.
Una cuadra al Norte de esa calle Franklin Rawson donde está el almacén, el agua servida de las cloacas fluye desde una boca al medio de la calzada y se encausa en la acequia de regadío. Por enésima la cañería se tapó porque algunos vecinos le arrojan todo tipo de residuos. Eso ocurre a un costado de la motorizada y del predio destinado a la plaza del barrio, aunque terminó siendo una gran ripiera, depósito de escombros y con la vieja batería de pozos negros sin cubrir. De la plaza sólo quedan unos pilares grises de lo que alguna vez intentó ser una luminaria. Y una vieja mochila celeste rellena, tal vez con los útiles de alguno de los tantos niños del barrio La Estación que ni siquiera terminaron la escuela primaria.
Horas y días críticos
Tanto la policía como los vecinos coinciden que los días viernes en la madrugada hasta el domingo al mediodía son los días y horarios más críticos en el barrio La Estación. “Acá todos los días son domingo. Usted escucha música fuerte permanente. Pero los viernes en la tarde-noche ya salen a tomar y a bailar y los sábados en la madrugada ya empiezan a aparecer los heridos en peleas, de bala, apuñalados”, comentaron los policías con más experiencia en el barrio.
Los vecinos dicen que “cuando llega el fin de semana los muchachos se entran a desesperar si no hay plata y se empieza a armar los líos”. Muchos de esos “líos” terminan en arrebatos de billeteras o celulares entre los mismos jóvenes del barrio.
Uno de los momentos más complicados son los domingos a la mañana. Dicen que ahí es cuando surgen más consecuencias de la violencia, debido a que la muchos ya llevan demasiadas horas bebiendo.


Números que hablan
El 102 es un número que el gobierno implementó para luchar contra la violencia infantil. Desde allí coordinan con el Centro de Violencia Familiar los casos de maltrato a niños, mujeres y ancianos. “De las 1.000 denuncias que recibimos en 2 años de funcionamiento, el 23,1 por ciento son casos de Rawson. Y en ese departamento, el barrio La Estación es el más complicado”, explicó Vanesa Pringles, titular de esa área. “Esa zona es bastante compleja. Recibimos muchas denuncias de maltrato a niños, mujeres y anciano. Esto tiene un lado bueno, y es que se animan a denunciar los casos”, dice Pringles.

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