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Nostalgia

Joyas de los '90 y secretos de construcción: los datos poco conocidos del primer shopping de San Juan

A 30 años de su inauguración, el recuerdo del complejo que pasó de ser una novedad a formar parte del paisaje cotidiano de la Ciudad.

Por Daiana Kaziura

Hoy son cosas tan cotidianas que pasan desapercibidas. Sin embargo, pensar en los ’90 en un complejo de comercios, con locutorio, estacionamiento, ascensores vidriados y la posibilidad de dejar a los chicos jugando en un espacio especial con alguien que los cuida mientras los padres hacen las compras, era un cúmulo de novedades. Fue eso y el mote del “primer shopping de San Juan”, lo que hizo que el 15 de diciembre de 1993, quedara marcado en la memoria de gran cantidad de sanjuaninos. A 30 años de la inauguración del Shopping Del Bono, Tiempo de San Juan habló con uno de sus creadores para conocer los secretos y detalles poco conocidos de lugar.

“Fue un emprendimiento único en ese momento. El modelo que generamos fue el de mall, con locales comerciales abajo y planta alta con oficinas para profesionales. Buscamos darle a ese sector de Desamparados independencia y, al mismo tiempo, desconcentrar un poco la actividad del microcentro”, recuerda Hugo Goransky, uno de los desarrolladores del lugar que fue construido sobre Avenida Ignacio de la Roza, entre calle Del Bono y Circunvalación.

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El empresario asegura que fue un desafío grande para él, que en ese entonces era muy joven. Pero se animó a concretar el proyecto que revivía una y otra vez en su cabeza cada vez que pasaba frente a aquel espacio que era, según grafica, “una boca de lobo que desentonaba con la zona”, haciendo referencia a las ruinas de la bodega que estaban erigidas allí.

El primer y más complejo desafío

“La mayor dificultad era que en ese inmueble era mayor el costo de demolición que el valor de la tierra”, asegura a la distancia Goransky. Y ese fue el verdadero escollo del proyecto que abarcó casi 4 hectáreas de superficie.

Las piletas que habían quedado en el terreno, pertenecientes la bodega El Globo que llegó a ser la más importante de San Juan con una producción de 2 millones de litros de vino por día, eran de hormigón. Para tirarlas y lograr que el espacio quedara plano y listo para la edificación de la nueva estructura, los constructores tuvieron que usar el ingenio y diversos recursos.

Empezaron con la demolición usando martillos, siguieron con bolas y terminaron palas. “Fue tan importante y cara la tarea que hasta usamos la madera de pinotea de los galpones para comercializarla y poder costear parte del trabajo”, confía el empresario. Y agrega: “Hicimos un polo de atracción en este lugar que estaba abandonado. Poder reciclar ese lugar era una idea que siempre habíamos tenido, y lo logramos”.

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La inspiración del modelo

En ese momento, la idea más común de shopping se vinculaba a los complejos comerciales que comenzaban a superpoblar Brasil. Se trataba de espacios cerrados y llenos de locales. Sin embargo, la idea del grupo de creadores del Del Bono, integrado también por los arquitectos Héctor Muñoz Daract y Ernesto Goransky, era otra.

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“Ellos –por los brasileros- usaban ese modelo por las constantes lluvias. Nosotros ideamos un mall con un diseño estadounidense que no era el característico, era abierto y con una plaza seca en el medio. Acá no teníamos el problema de las precipitaciones y esa plaza, con pérgolas y palmeras, se podría utilizar para la realización de diversos eventos”, explica Goransky.

En ese contexto fueron construidos 30 locales comerciales en la planta baja y 45 oficinas en el primer piso, que integran en total 5 mil metros cuadrados. Todo, con fachada de ladrillo visto, techo de madera a dos agua, tejas normantadas y pisos de lajas y travertinos.

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Además, el sitio ofrecía un plus que le permitía competir con los locales del microcentro: estaba abierto durante la siesta y más tarde por la noche, de 10 a 13 y de 15 a 21, los 7 días de la semana. Al respecto, Goransky comenta: “Nos costó mucho convencer a los comerciantes sobre el funcionamiento de los locales en ese horario. Planteaban que el sanjuanino durante la siesta no salía. Después, se dieron cuenta de que mucha gente tiene libres para hacer compras sólo esos momentos, diferentes a su horario de trabajo”.

Las novedades y locales más emblemáticos

El estacionamiento enorme con espacio para 200 vehículos, la sucursal del Banco San Juan con cajero automático incluido (una joyita para principios de los ’90) y el supermercado José González, con diversos sectores de productos variados que no eran comunes en esa época; fueron algunos de los novedosos contenidos del shopping durante sus inicios.

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“Tenía sus dos ascensores vidriados, un estacionamiento grande y una belleza arquitectónica distinta. Con un estilo muy lindo en forma de arco, una plaza seca adelante y fuentes danzantes, el agua se movía al ritmo de la música y con colores. Después, por razones técnicas, se tuvieron que dejar de usar”, describe el empresario.

Además, el complejo reunió para su apertura las empresas más emblemáticas de San Juan en distintos rubros. La Heladería Habanna, Casa Saenz, Dibella, Chango Cueros, La Rueca, Bocatto y Misia Pepa. Había, además, dos casas de ropa para hombres, Sportsman y Ángelo Paolo. Y un sobreviviente: un local de la joyería Ana Allende Trust que es el único que se mantiene desde el principio en el lugar.

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Las propuestas tecnológicas también llamaban la atención. Había una casa de revelado de fotos y un locutorio. Este último se transformó después en un cyber, que era propiedad de la esposa de Goransky e incluía servicio de correo, un maxiquiosco y videojuegos para los jóvenes. “Hasta el día de hoy mi esposa se topa con personas que en ese momento eran chicos y la recuerdan porque se pasaban horas en el locutorio, era una verdadera atracción”, dice con nostalgia el integrante del equipo desarrollador del espacio.

La oferta gastronómica, con cafés y una cadena de pizzas de Buenos Aires, completaban la oferta comercial y se sumaban a otra novedad: en la planta alta, en uno de los rincones, funcionaba el pelotero con toboganes en el que trabajaban maestras jardineras que cuidaban a los chicos, algo nunca visto en San Juan hasta entonces.

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“La inauguración y los primeros meses de su funcionamiento fueron una locura, la gente hacía cola para entrar. Con el paso del tiempo, eso fue mermando porque, además, los comerciantes se dieron cuenta de que no era cómodo. De hecho, al principio se hacía sorteos que convocaban a gran cantidad de personas, pero decidieron comenzar a trabajar para que la cantidad de público se dosificara”, afirma Goransky.

Y para finalizar, sostiene: “Los años y las crisis pasaron y el lugar se fue renovando y reinventando de acuerdo a la realidad. Nosotros seguimos orgullosos de haber logrado el objetivo de crear este polo de desarrollo comercial. Este complejo que fue novedoso para la época y que después se transformó en un sitio de recorrido habitual para algunos sanjuaninos, creado con materiales nobles que permiten que hoy siga vigente de la mano de los comerciantes que conforman el concejo que continúa a cargo del complejo”.

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