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Sanjuaninos por el Mundo

Celia, una sanjuanina radicada en Israel, vive la guerra desde adentro y sin medio

Hace 28 años decidió dejar Santa Lucía para radicarse en Israel. Vivió varios conflictos bélicos, sin embargo la decisión fue indeclinable. Desde allí lamenta que la guerra cobre “vidas de inocentes por culpa de extremistas fanáticos”.

Por Myriam Pérez

Sábado 7 de marzo, 14.10 horas en Argentina, 19.10 en Israel. No alcanzó a sonar el teléfono que Celia Malki atendió con mucha amabilidad mientras tomaba mate con Miguel, su esposo. Hace 28 años que dejó San Juan para radicarse en Israel, y quizás a fuerza de costumbre no tiene miedo a la guerra. Apenas se inquietó, cuando a mitad de la nota sonó la estridente alarma de su móvil anunciando que Irán acababa de lanzar misiles y en cuestión de minutos avisarían que zonas podían ser las afectadas para que sus habitantes ingresaran a los refugios. Tampoco es judía, una condición que podría justificar su elección de vida, salvo una parte heredada de su abuelo, ya que ella eligió creer y profesar en la Iglesia de Jesús de los Santos de los últimos días.

Es feliz. Le gusta vivir en Ashdod (o Asdod), una ciudad portuaria ubicada en la zona sur de este país, aun cuando no está de acuerdo con muchas de las decisiones del primer ministro israelí porque entiende que “nada justifica una guerra y que mueran inocentes por culpa de un grupo de fanáticos religiosos. Uno no se debe olvidar que más allá de las diferencias, todos somos seres humanos”, afirma.

Es tal su seguridad y tranquilidad que ni siquiera le gusta ir al refugio que queda a 30 metros de su departamento, menos en la noche cuando las alarmas indican que debe hacerlo. Sólo fue varias veces los dos primeros días de la guerra que se inició hace poco más de una semana. Prefiere quedarse en casa y confía en la triple capa de la denominada cúpula de hierro que impide el paso de los proyectiles en un alto porcentaje.

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Uno de los tantos vestidos que borda Celia con cristales Swarovski. Se venden en Israel y Estados Unidos.

Uno de los tantos vestidos que borda Celia con cristales Swarovski. Se venden en Israel y Estados Unidos.

Comenzó siendo niñera y actualmente borda vestidos y accesorios diversos para novias con cristales Swarovski en una casa de diseños de alta gama. Su trabajo forma parte importante de su vida y seguirá haciéndolo mientras pueda y sea eficiente. Por supuesto que está totalmente adaptada a la vida en Israel y quiere mucho al país y su gente, pero no pierde costumbres argentinas como disfrutar de unos mates e informarse de todo lo que sucede en Argentina. Eso sí, ha llegado a la conclusión que “si bien la guerra no tiene nada de bueno, es peor vivir en zonas como Buenos Aires, donde no se puede salir a la calle tranquilo sin que te roben o te ataquen. Acá podes andar sólo a cualquier hora de la noche que nadie te dice ni te hace nada”, cuenta.

Celia heredó sangre judía de su abuelo Rubén que llegó a la Argentina hacia fines del 1800, y se casó con su abuela que era cristiana. “Él vino de Turquía con un grupo de amigos para hacer la América, para mejorar su condición económica y alcanzar los sueños de los jóvenes. Llegó a Buenos Aires y ahí las familias turcas que tenían de referencia les aconsejaron que las mejores oportunidades de trabajo estaban en el interior. Así fue que eligió Caucete para arraigarse. Luego conoció a mi abuela que era cristiana e hizo todo para convertirse al judaísmo pero no lo logró porque mi abuelo murió a los 42 años, cuando ella tenía 36 y quedó a cargo de sus siete hijos. Fue muy duro porque los judíos que antes la querían dejaron de verla y ayudarla”, relata con detalles minuciosos.

La mujer desamparada comenzó a trabajar lavando ropa blanca de un hotel caucetero ubicado frente a la estación de trenes. A la par, cuidaba los niños. Una historia muy dura que impactó a Celia al punto de averiguar sobre sus antepasados y finalmente elegir a Israel para vivir.

Guarda el recuerdo de su abuela sentada, con medias marrones (llamadas Lolita), tanto en invierno como en verano, zapatos cerrados, vestido con cuello alto que no dejaba ver ni una parte del escote, pañuelo en la cabeza y una larga trenza. ”Esa trenza que a veces cepillábamos con mi hermana para luego hacer un rodete en la nuca, era el único gesto de cariño que nos propinaba. Tampoco sabía leer ni escribir algo que le impidió tomar contacto con la familia de su esposo. Yo no entendía porque era hosca, sobre todo comparada con mi otra abuela. Con el tiempo lo entendí”, relata.

Gracias a un álbum de fotos, papeles meticulosamente guardados, libros que usaba el abuelo para rezar, algunos elementos de la religión judía y, sobre todo, una invitación para un casamiento en Sudáfrica, ayudaron para armar la historia. Escribieron a esa dirección y lograron atar cabos y reconstruir gran parte del pasado, incluso descubrieron parientes cercanos en Uruguay. En ese camino encontraron una prima que vivía en Israel y fue la primera en llegar a conocer a sus parientes.

Algo la motivó. Por qué no pensar que de verdad la sangre tira, y así tomó la decisión de dejar San Juan en 1990, por primera vez, y en forma definitiva en 1998.

Esa curiosidad, ese amor por su abuelo y su padre la hicieron arribar a tierras extrañas. Ni hablar del idioma hebreo, del cual no sabía ni una sola palabra. Nada importó. Tenía motivos para dejar su casa en el Barrio Balcarce en Santa Lucía, su familia y sus amigos. Durante cinco meses estudió para adquirir las primeras nociones del hebreo para conseguir trabajo. Ella era bibliotecaria, una profesión difícil, por no decir imposible, de ejercer en ese país por razones idiomáticas, y así se convirtió en niñera. Su debut fue impresionante: Cuidó a quintillizos –cuatro varones y una nena-. Lo hizo durante muchísimos años, y aún conserva el contacto.

“No soy muy amiga de los idiomas, me cuesta mucho porque aunque parezca mentira, soy tímida y me da vergüenza hablar. Con ellos aprendí y con su abuela que era argentina porque la mamá de los chicos no hablaba español, entonces llamaba a su mamá por teléfono y ella me traducía”, recuerda.

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No tardó en llegar la guerra con Irak y Celia lo pensó dos veces. ¿Se iba o se quedaba? La responsabilidad pudo más. Pensó cómo iba a dejar en un momento así a esta madre con cinco hijos pequeños, y decidió quedarse. Esa sería su primera guerra en el lugar, con la angustia que significó para sus padres que estaban en San Juan.

“Me vine a conocer a mi familia y terminé cambiando mi status de turista a residente temporario. Cuando terminó la guerra con Irak vino mi hermana pero no le gustó el lugar ni la idea de quedarse. Al mes me fui a la Argentina pero ya había iniciado una relación con un israelí y se volvió insostenible porque era sólo a través de cartas y una larga llamada por teléfono los viernes. Decidí volver en el 98 para quedarme aunque mi relación con él terminó”, relata.

Habían pasado algunos años, sin embargo la convocaron para cuidar nuevamente a los quintillizos, y ¿cómo no?, si se declara loca por el orden, protectora de los cinco hermanitos aunque con una mirada especial hacia uno de ellos que debía cuidar más que al resto porque había nacido demasiado pequeño. La familia israelí también la mimó mucho. La hicieron conocer cada metro cuadrado del país y la cobijaron en su casa.

A los años regresó a la provincia para acompañar a su madre enferma durante un año y medio. “Pude cuidarla 24/7 afortunadamente y luego de un tiempo volví aunque quería quedarme por mi papá pero él me decía:¡vaya hija yo voy a estar bien!. Mi mamá le había hecho prometer que me dejara regresar cuando ella muriera”, agrega.

En aquel momento volvió a Israel con la convicción de radicarse definitivamente. Regaló cosas, otras las dejó en la calle para quien las necesitara, otras las envió por barco a su nuevo hogar. Cargó su ropa y cumplió con su palabra.

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Celia junto a Miguel, su esposo, en una tarde de paseo.

Celia junto a Miguel, su esposo, en una tarde de paseo.

Una vez en aquella ciudad, un amigo le dijo: “con las manos que tenés no podés seguir cuidando niños. Debes hacer otra cosa. Buscó y encontró lugares que le ofrecían subir ruedos, coser botones, pegar cierres, algo que se acostumbra en muchas tiendas de los shoppings, pero no le gustaba. Dio con una casa donde diseñaban y hacían vestidos de novia. Solicitaban a alguien que bordara con cristales Swarovski. Nunca lo había hecho pero una joven que trabajaba allí le enseñó. “Sólo hacía algo parecido para mi. Fabricaba mis propios aros, pulseras, collares, porque soy medio gitana para eso (ríe). Así fue que aprendí rápido”.

En la actualidad sigue trabajando allí por dos razones. Por un lado no tiene todos los años de aportes jubilatorios que necesita, pero además el gobierno les permite trabajar hasta tanto sigan siendo eficientes. “Me debería haber jubilado a los 62 y tengo 70 cumplidos en diciembre, pero acá si seguís trabajando te suben el sueldo de la jubilación un 5 por ciento más por año. Y si te jubilas podes seguir en el mismo lugar porque mientras sepas hacer el trabajo, nada impide que lo hagas. Acá prevalece la cultura del trabajo”, agrega.

De la soledad al amor

Hasta ese momento, Celia había decidido estar sola. Le gustaba tener independencia, pero la pandemia le cambió esa visión. Sufrió la soledad y comenzó a anhelar una relación hasta que conoció de una manera muy particular a Miguel, un cordobés que publicó en redes que buscaba una señora mayor para una relación formal. En realidad fue una amiga quien lo descubrió porque a toda costa quería un “novio” para Celia. Tardó en convencerla para que le escribiera y cuando tomó la decisión él había comenzado a salir con otra señora. Optó por desearle “muchas felicidades”. De todos modos esa relación no prosperó y buscó a Celia. Hace cinco años que están juntos. Ambos aseguran no haberse desarraigado de Argentina y que el amor por el país permanece intacto, pero eligen quedarse allí donde todo es muy diferente.

La guerra, un capítulo aparte

“Mi papá siempre decía que yo no tenía noción del peligro y tenía razón porque no tengo miedo de vivir acá con una guerra tremenda. Sí me duele que estas cosas pasen. Veo que mis hermanos en Argentina sufren y se angustian por mi. Ashdod donde vivo, está ubicada junto al puerto y casi nunca caen los misiles, salvo un par de veces que calcularon mal, es distinto al centro del país. Tengo el refugio a 30 metros de mi casa pero de noche no nos vamos. Sólo fuimos varias veces los dos primeros días, el resto de la semana ha sido atacado el centro y el norte del país. Me preocupa que a la gente le rompan su casa, estallen los vidrios y no puedan estar tranquilos. Siempre pienso que el Señor todavía nos está cuidando. Me angustia que esto suceda por líderes fanáticos. Entiendo que Irán es el cáncer que tiene Israel porque son extremistas, pero no todo el pueblo es así”, comenta.

A mitad de la nota sonó la primera alarma advirtiendo que varios misiles balísticos habían salido desde Irán. En minutos sabrían la zona a la que se dirigían para que los vecinos pudieran ingresar a los refugios donde se resguardan hasta que Defensa Civil manda un mensaje. En esta oportunidad no apuntaban a Ashdod y la charla continuó por cerca de dos horas. Celia precisaba cada detalle.

Recuerda que cuando empezó esta guerra explotaron misiles en una sinagoga el sábado por la mañana cuando estaba llena de gente y hubo varios muertos. Es que los mísiles que usan los iraníes son cada vez más potentes.

Los aeropuertos están cerrados sólo trabaja la aerolínea oficial para traer a parte de los 100 mil ciudadanos israelíes que están en Europa o sacan turistas hacia esos puntos, nada más. Por ahora no se sabe cuándo habilitarán el cielo aéreo para el resto de las compañías.

Una vida sencilla

Extraña cosas de San Juan, y muchas. Ella acá tenía una vida simple que disfrutaba. Recuerda el olor a tierra mojada y a flores cuando su padre regaba a eso de las siete de la tarde, su moto que la trasladaba a diferentes lugares, la música a todo volumen que ponían en su casa, sus amigos, amigas, hermanos y sobrinos. Sin ir más lejos, una de sus mejores amigas cumplió 80 años y como no podía venir mandó un video. “Lo que más siento es no haber podido abrazarla. A mí me tienen que haber engendrado en un abrazo porque me gusta abrazar y que me abracen mis seres queridos”, dice en medio de la guerra.

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