Hay preguntas que parecen domésticas, casi mínimas, pero que en realidad tocan algo mucho más profundo. Me ha pasado más de una vez. Alguien escucha el nombre de mi fantástica hija mayor y pregunta, con curiosidad o con simpatía, por qué se llama Eva. A veces lo hacen como quien espera una anécdota familiar, una razón íntima, un gusto personal. Y claro que algo de eso hay. Elegir el nombre de una hija nunca es un gesto neutro. Nunca se elige del todo desde la cabeza. Hay afectos, intuiciones, recuerdos, deseos. Hay una música secreta que nos empuja hacia un nombre y no hacia otro.
En este caso, sin embargo, no hay ninguna búsqueda de originalidad ni de novedad. No me mueve la fantasía de haber encontrado un nombre raro, distinto o especialmente creativo. Más bien al contrario. Mi hija se llama Eva porque, como tantos peronistas, quise homenajear con lo más importante que uno tiene a la mujer más significativa de la historia argentina. No creo estar exagerando. Hay nombres que son hermosos, hay nombres que nos gustan y hay nombres que, además de todo eso, cargan una herencia, una emoción colectiva y una definición del mundo. Eva, en la Argentina, pertenece a esa estirpe.
Cuando el presente se vuelve inhóspito, la historia deja de ser un museo de nombres y fechas para convertirse en una conversación urgente. Hay figuras que descansan tranquilas en los manuales, encerradas en una época que ya no interpela demasiado. Y hay otras que, por el contrario, vuelven a ponerse de pie cuando la vida colectiva se vuelve áspera, cuando el sufrimiento social recrudece y cuando la política parece haber perdido toda vocación de ternura, de justicia y de amparo.
En un tiempo como este, atravesado por la crueldad elevada a programa de gobierno, por la celebración obscena del descarte y por una idea de modernidad que parece exigirnos renunciar incluso a aquello que nos vuelve humanos, la figura de Evita emerge con una fuerza renovada. Nos sigue diciendo, desde lo más profundo de nuestra historia, que una comunidad solo merece ese nombre si es capaz de organizarse alrededor del dolor de los más humildes, y que ninguna época será verdaderamente nueva si para realizarse necesita dejar atrás la compasión, la justicia social y el amor por el pueblo.
Pero acaso en este tiempo no alcance con recordarla. Tal vez haya que dar un paso más y animarse a invocarla. No para refugiarnos en una nostalgia incapaz de transformar nada, ni para repetir una liturgia vacía, sino para recuperar en su figura una fuerza de defensa frente a la barbarie contemporánea. Hay momentos de la vida nacional en que ciertos nombres dejan de funcionar como referencia histórica y empiezan a operar como escudo. Lo es porque encarna, con una intensidad que todavía incomoda, todo aquello que hoy se busca degradar o destruir. La pasión por una patria que no se resigna a ser apenas un mercado con bandera.
Evita sigue siendo insoportable para quienes creen que la desigualdad es natural, que el sufrimiento ajeno es un costo necesario y que la política debe limitarse a administrar la vida desde arriba, con frialdad técnica y desprecio social. La odian todavía porque no pueden perdonarle haber hecho visible a un sujeto que las élites preferían mudo, obediente y agradecido. No le perdonan haber tomado partido. No le perdonan haber amado al pueblo trabajador con una radicalidad que desbordó todos los buenos modales del privilegio. No le perdonan haber dicho, con palabras sencillas y con una práctica desmesurada, que el dolor de los últimos no es un asunto privado, sino una cuestión central de la nación.
En este clima de época, incluso el saber corre el riesgo de ser degradado. El conocimiento humano pierde su carácter personal, histórico y comunitario. Los individuos, con sus trayectorias, sus heridas, sus anhelos y sus deseos, dejan de ser vistos como sujetos para convertirse en datos. Los datos se transforman luego en ponderaciones, y esas ponderaciones terminan funcionando como coartada técnica para decisiones de una brutalidad social evidente. Lo que no entra en una planilla parece perder legitimidad. Lo que no puede traducirse en rentabilidad inmediata se vuelve sospechoso. Así se naturalizan ajustes despiadados, recortes que solo cierran en Excel y una ofensiva persistente contra la universidad pública, presentada bajo el pretexto austero del equilibrio fiscal.
Pero el problema es todavía más hondo. No solo se mutilan instituciones, derechos y presupuestos. También se busca mutilar algo más íntimo y decisivo, el buen sentido y la sensibilidad de un ser humano. Se nos quiere convencer de que conmoverse frente al dolor ajeno es ingenuidad, de que reparar una injusticia es populismo y de que dejarse afectar por la suerte de los otros constituye una falla moral antes que una virtud pública. Allí donde antes una sociedad podía reconocer como razonable el cuidado de los débiles, la protección de sus mayores, el acceso a la educación o la dignidad del trabajo, hoy se nos propone una frialdad administrada que confunde dureza con lucidez y crueldad con madurez. Lo que se presenta como racionalidad no es otra cosa que una nueva forma de barbarie.
Frente a esa deshumanización administrada, Eva Perón vuelve a imponerse como contraste y como escudo. Porque en ella la política no fue nunca gestión fría de variables ni administración indiferente de daños tolerables. Fue, por el contrario, la decisión radical de dejarse herir por el sufrimiento del pueblo y de convertir esa herida en acción reparadora. Hay en Evita una inteligencia moral que todavía hoy descoloca. Comprendió que ningún orden social puede considerarse justo si se sostiene sobre la resignación de los humillados. Comprendió que la política no vale por su prolijidad técnica, sino por su capacidad de alterar el destino de quienes nacieron del lado equivocado de todos los privilegios.
La política, cuando es verdadera, nunca está exenta del riesgo del ridículo. Quien interviene, quien toma partido, quien se expone en el espacio público para defender una causa, sabe que puede equivocarse, exagerar, quedar descolocado o ser tratado como un imbécil, sobre todo cuando no lo es. Pero esa intemperie no invalida la política, la define. En momentos de incertidumbre profunda, cuando toda legitimidad del poder se vuelve inestable, discutida y precaria, el repliegue no garantiza lucidez sino impotencia. Quien decide no actuar, quien se refugia en la comodidad de la distancia o en la falsa superioridad del que solo observa, puede tener una sola certeza, que los cambios en curso terminarán revirtiendo en su contra.
Tal vez por eso Evita sigue siendo una figura tan incómoda y tan necesaria. Porque encarna una forma de la política que no teme exponerse, que no se protege detrás de la prudencia vacía ni de la inteligencia desencarnada. Supo que intervenir en serio siempre implica aceptar el riesgo del exceso, de la incomprensión y del ridículo. Pero también supo algo más importante todavía, que en tiempos en que la dignidad de un pueblo está siendo herida, la peor de las posiciones no es la del que se equivoca peleando, sino la del que se abstiene mientras la historia avanza contra los suyos. Su vida fue la prueba de que la sensibilidad puede volverse decisión.
Por eso mismo, porque su legado no pertenece al museo sino a la pelea moral del presente, también resulta necesario discutir cómo la honramos. No alcanza con citarla una vez por año ni con convertirla en ícono de una liturgia sin consecuencias. No alcanza con invocar su nombre en discursos rutinarios si al mismo tiempo se vacía de contenido aquello por lo que vivió y ardió. Hace falta también que nuestras instituciones, especialmente aquellas que tienen la misión de custodiar y transmitir el pensamiento crítico, la memoria colectiva y la dignidad del saber, se animen a reconocerla a la altura de su estatura histórica.
Eva Perón merece un Doctor Honoris Causa post mortem. Y no como gesto ornamental, ni como concesión emotiva, ni como maniobra de revisionismo indulgente. Lo merece porque fue una de las grandes pensadoras prácticas de la justicia social argentina. Pensó con el cuerpo, con la acción, con la intuición política, con una sensibilidad excepcional hacia el dolor social y con una idea profundamente humanista de la comunidad. Comprendió, quizá mejor que muchos teóricos, que no hay conocimiento valioso si no se deja afectar por el sufrimiento de los otros, y que no hay verdadera grandeza nacional sin una voluntad activa de reparación y realización.
Reconocerla de ese modo sería también una manera de discutirle sentido al presente. Sería afirmar que la universidad no puede vivir de espaldas al pueblo que la sostiene ni a las figuras que mejor expresaron sus anhelos de dignidad. Sería reconocer que la historia argentina no solo se escribe en tratados, cátedras y bibliotecas, sino también en las vidas que alteraron para siempre el horizonte moral de una comunidad. Sería decir, además, que la inteligencia política, la sensibilidad social y la vocación de justicia también producen pensamiento de la más alta densidad, aunque no adopten siempre los formatos consagrados por la academia.
Entonces no hay homenaje excesivo. Hay, más bien, una deuda persistente con una mujer que hizo de su vida una llama para el pueblo trabajador y que todavía, desde el centro mismo de nuestra intemperie, continúa iluminando.