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Análisis

En San Juan ya está la decisión de adelantar las elecciones y hay un mes que pica en punta

Las condiciones políticas y la relación con el gobierno nacional definen el tablero. Más allá del sistema que se vaya a emplear, ya existe la primera decisión. Que no será oficial hasta bien avanzado el año.

Por Ignacio Mora

Siempre que se llega a estas alturas de los tiempos electorales, en San Juan comienza a flotar una incertidumbre: para cuándo serán convocadas las elecciones provinciales de renovación de gobierno. A leerlo con precisión: nadie se pregunta si se adelantarán las elecciones o no, si no para cuando.

Subyace en la respuesta lo descartado que aparece que, efectivamente, habrá un desplazamiento del turno provincial. De modo de no coincidir con las elecciones presidenciales que, como coinciden en año siempre porque ocurren cada 4 años igual que para gobernador, se trata de un comicio que termina corriendo el eje de discusión hacia los temas nacionales y relega a los asuntos sanjuaninos.

Es así que siempre en las últimas décadas San Juan fue a votar a su gobernador en fecha diferente a la del presidente, a excepción de algún puntual pedido expreso nacional: como el caso de Gioja en 2011, que debió acatar la orden de Cristina en la Rosada de no adelantar para arrastrar desde las provincias a la reelección presidencial. Era cuando los gobiernos locales estaban mejor parados que la presidenta, y la estrategia fue no dejarla sola en las urnas.

Para adelante y para atrás, siempre separado. La determinación del día de la cita, siempre a cargo del ejecutivo provincial en turno, a menudo inmiscuido en trámites de reelección. Por lo tanto, la principal variable aplicada en la decisión fue, es y será el de la conveniencia de quien lo determina. Al menos, a priori. Puede fallar.

Una vez resuelto el primer crucigrama, se podrán avanzar los casilleros. El capítulo uno del manual impone que si se enfrenta a un ejecutivo nacional potente con una fórmula provincial que no le tributa, lo lógico es separar los turnos para evitar tracciones. Distinto ocurre cuando el ejecutivo nacional es débil y el provincial tributa en la misma canasta, como el citado caso CFK-Gioja. O un ejecutivo nacional débil y otro provincial enfrentado y fuerte. Allí se podría lanzar el desafío, nunca pasó en la historia de San Juan al pie de la letra, lo más cerca fue Menem y Avelín en el 99. Pero esa cita fue convocada por Jorge Escobar, no por el cruzadista que sólo lo aprovechó.

Queda definido entonces ya el esqueleto: opción uno, gobierno nacional fuerte, aunque no está claro cuán fuerte al momento de los bifes. Tampoco, no es un detalle menos, si jugará a favor o en contra de la gestión provincial. Los laberintos de la política manejan para ese caso múltiples partituras. A adelantar, entonces.

La siguiente pregunta eleva un tranco el grado de dificultar para los oráculos políticos, ya sean allegados o no a la gestión provincial: ¿para cuándo le convendría más –si ese fuera el vector- al gobierno de Orrego adelantar las elecciones? Sale fácil la respuesta, pero no responde nada: para cuando calcule que Milei aparezca en su pico de debilidad, si es que transitará esa ladera.

Ya esa directriz es indicativa de que, de un modo u otro, deberá Orrego enfrentar a Milei. Si van separados, por propia definición. Si van juntos y separados a la vez (milagro que sólo puede obrar el sistema político vigente, de ley de lemas, que Orrego no se cansa de anuncia su intención de derogar), por dinámica de competencia interna. Y si van integrando la misma fórmula, porque al momento de definir la lista, eso se hará con el instrumento de precisión de quién la tiene más pesada.

Entonces habrá que consultar a los astros para que vayan emitiendo sus pronósticos climáticos-políticos a un año vista. Los vaivenes permanentes en la valoración del presidente no permiten identificar con antelación lo que pasará. Ni siquiera, a dos días de diferencia. Ocurrió el año pasado, cuando en septiembre cayó abruptamente en elección bonaerense y un mes después se recompuso de manera rutilante, tras arañar la lona en los días previos a la determinante elección legislativa que ganó por paliza.

Hoy hay señales encontradas. Por un lado, la pax cambiaria y macroeconómica sin aluviones inminentes anunciados, y por el otro una economía de calle que no remonta, se expresa en una depresión en ventas que no da señales de revertirse, también en el tejido de los empleos formales. Eso hace que el termómetro pueda marcar temperaturas tan oscilantes, todo el tiempo, sin referencia fija.

En San Juan se agrega un condimento más a ese ejercicio de pronóstico: como se trata de una de las economías de enclave bien auscultadas en el contexto nacional –la minería-, esa maduración lenta irá dejando mejores resultados para la imagen de Milei en San Juan cuanto más tiempo pase.

Lo que sí parece una constante es que cuando mayor sea la distancia de antelación al día de la elección nacional, más factible resulta que la imagen presidencial resulte más deprimida. Es decir: a mayor proximidad con la cita electoral, más empeño ponen los gobierno en llegar con mejor imagen.

Moraleja, cuando más antelación se busque, mayores posibilidades de encontrar a un ejecutivo nacional desguarnecido. Eso, en los papeles. Puede fallar.

Con esa tabla de mandamientos en la mano, en San Juan ya anotaron que harán lo posible para despegar lo más posible ambas citas políticas. El arco de posibilidades que se baraja es entre abril y octubre, de acuerdo a la prescripción legal en vigencia. Que puede cambiar. Lo hará si prosperan los planes del ejecutivo de modificar la ley de lemas vigente, que el propio Marcelo Orrego no se cansa de defenestrar. Incluso, en alguna interpretación en contra de sus propios intereses: qué mejor que ofrecerle a un eventual intento de unir tracción con LLA, la posibilidad de un mano a mano dentro de un mismo lema. Y el que gana, gana. Sin temor a que les pase el peronismo por el medio, como pasó en la última elección.

Habrá que ver qué piensan en el campamento libertario, incluso si no habría cierta voluntad de dar por buena esa eventualidad de que el PJ pase por el medio y corone. Como plan B, lógico. Pero esas son elucubraciones para profundizar en otro momento.

Herramientas todas que decantan en una idea que toma forma: mayo del 2026 es el mes que aparece en radar como la posibilidad más firme para convocar a las urnas provincial. Nada firme, sí una reflexión cada vez más expandida en el oficialismo según todas las fuentes con que se hable. Que todavía debe soportar las erosiones del paso del tiempo, en un país y una provincia donde no pasa casi nada.

Sin fuera mayo, se anunciará sobre el disco de sentencia, es decir diciembre próximo. Se repetiría la fecha seleccionada por Sergio Uñac para su frustrado intento de segunda reelección. La historia es reciente y por lo tanto bastante conocida: el entonces gobernador adelantó lo más posible para escaparle todo lo que estuviera a su alcance a la quemazón de Alberto-Massa. No lo logró, más allá de que su fórmula con Cristian Andino debió ser modificada por el ingreso del hermano Rubén a instancias de un fallo de la Corte. Para las mesas de las especulaciones quedará saber si la presencia de Sergio y no de Rubén hubiera servido para revertir el magro 18% con el que el uñaquismo cayó no sólo contra Orrego sino también contra Gioja.

Otro antecedente peronista con mayo lo experimentó Jorge Escobar en 1999. También en su afán de escapar a las llamaradas del incendio de la convertibilidad menemista, estableció fecha para el 14 de mayo. Cayó de manera inapelable ante Alfredo Avelín, aún antes de que De la Rúa golpeara en las urnas al riojano.

Esta vez, mayo no aparece como puerta de servicio para huir de un contexto nacional adverso y afín –como los casos de Uñac y Escobar- sino como la búsqueda del escenario más propicio para cruzar guantes con la realidad nacional. Si así fuera, estaríamos a un año calendario del inicio de una campaña electoral que no pinta nada tranquila.

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