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interna oficialista

Cartas van, cartas vienen; el kirchnerismo le contesta los intelectuales albertistas: "Moderación o pueblo"

Los intelectuales y dirigentes de distintos ámbitos referenciados con la figura de Cristina Kirchner le respondieron a la carta que sus pares albertistas publicaron días atrás.

Por Guido Berrini

Tras el debate en el Parlamento por el acuerdo con el FMI, que generó un quiebre en los bloques de diputados y senadores, la interna entre los dos sectores quedo expuesta.

Desde el kirchnerismo le responden con una pregunta: “Unidad, ¿pero para qué?”

La última misiva, que enfrenta lo que consideran es tibieza en el accionar político al frente del Estado de Alberto Fernández tiene un título que no deja dudas sobre lo que quiere expresar: “Moderación o Pueblo”.

El grupo reclama el derecho de disentir dentro de la alianza oficialista, y no considera que esto le signifique un beneficio al macrismo. “Bienvenido el intercambio de ideas y la explicitación de los posicionamientos y matices sobre cómo avanzar en la construcción del programa político, económico, cultural, social y latinoamericano”, escribieron.

“El debate público es una fortaleza de todo proyecto político nacional y popular. Nunca es una debilidad”, consideraron.

 “La unidad no se mantiene porque se la nombre, se mantiene si continúan activas las políticas que le dieron origen”, respondieron al slogan de “es con todos”.

Hubo una referencia directa al no anuncio del viernes de Alberto Fernández, cuándo todos esperaba la catarata de medidas para darle la prometida “guerra a la inflación”: “La política gubernamental ha llegado a su punto más trágico: la preparación de escenarios de anuncios donde no se realizan anuncios. Es la práctica fallida de anticipar políticas que no se concretan: el mismo gobierno genera las expectativas y la defraudación de las expectativas. Es el instante cruel donde la moderación se transforma en impotencia”, destacaron.

La moderación aludida en el título tiene que ver, según el texto con que “cuando se pretende hablarles a todos, se termina hablándole a nadie. Cuando se pretende no pelearse con nadie, se termina peleado con todos. Si no se está dispuesto a representar en forma primaria a la base política, se termina representando a nadie. El conflicto existe: no asumirlo, lejos de ampliar la sustentación, diluye a los que no lo protagonizan en la nada política”.

Entre otros firmantes, apoyaron la carta Teresa Parodi, Eduardo Basualdo, Liliana Herrero, Roberto Salvarezza, Adrián Paenza, Cynthia García, Alberto Kornblihtt, Rita Cortese, Victoria Onetto, Carlos Rozanski, “Dady” Brieva, Artemio López, Daniel Tognetti, Roberto Caballero, “Mempo” Giardinelli, Andrea Varela, Marcelo Figueras, Araceli Bellota, Rubén Dri, María Pía López, Alejandro Kaufman, María Sondereguer, Sandra Russo y Carlos Barragán.

La carta completa:

Unidad del campo popular: moderación o pueblo.

Bienvenido el debate en el campo nacional y popular.
Bienvenida la discusión entre compañeros y compañeras.
Bienvenido el intercambio de ideas y la explicitación de los posicionamientos y matices
sobre cómo avanzar en la construcción del programa político, económico, cultural, social y
latinoamericano.
El debate público es una fortaleza de todo proyecto político nacional y popular. Nunca es
una debilidad.
El concepto de unidad es estratégico y está sometido a una serie de tensiones y discusiones.
 ¿La palabra unidad toma su sentido de sí misma? ¿Es pura interioridad o tránsito absoluto
entre sus propias fronteras? ¿Toda la política argentina se resuelve dentro de ese término?
¿O el mismo requiere de un sentido que proviene desde afuera? Por ejemplo: de las
políticas que organizaron esa unidad. O de las políticas que deben organizarla en el futuro.
¿Queremos la unidad? Por supuesto que sí. Unidad como concepto estratégico. Pero, para
que ella sea posible, es necesario dotar de sentido esa palabra, dejar que aparezca lo que
ha estado y sigue estando por fuera de ella: las políticas que le dieron origen, la memoria
histórica que la habilita. Es necesario hacerse cargo de una superposición que despolitiza:
aquella que sustituye la discusión de las políticas que estructuraron la unidad por la
apelación solipsista a la palabra unidad.
La unidad no se mantiene porque se la nombre: se mantiene si continúan activas las
políticas que le dieron origen. Es desde el exterior de sí misma que la palabra unidad toma
sentido. Hay unidad porque hay otra cosa que justifica que la unidad exista: esa otra cosa
son las políticas que la estructuraron. La negación de ese exterior constitutivo de la unidad
despolitiza la discusión de las tensiones de la unidad.
Las crisis suelen resolverse con la apelación a lo obvio: la unidad política requiere de
permanente debate político. Ello es lo que falta y a eso convocamos.
En este sentido, un grupo de compañeros y compañeras proponen, en un reciente
documento, una discusión en la que el gobierno del Frente de Todos parece no tener ni
origen ni sujeto. Por un lado, la palabra unidad flota en un vacío autosuficiente: como si ella
no hubiera sido consecuencia de acuerdos entre diversos sectores políticos. Por el otro, el
sujeto al que debieran dirigirse las políticas públicas, la base electoral del Frente de Todos,
es apenas nombrado en un par de párrafos rápidos. Ni la memoria colectiva, ni los
trabajadores, ni la base social del Frente de Todos son protagonistas. Apenas alguna
referencia lejana a mantener la “unidad para construir la transformación material
progresiva sobre la cual se despliegue el día a día de los trabajadores y sus familias”.
Los términos “Macri, macrismo, Juntos por el Cambio, sistema financiero, precarización,
concentración, desigualdad” no son utilizados en el documento. No hay oponente concreto:

en el mundo del consenso, y en las formas suaves del lenguaje, no hay lugar para
oposiciones fuertes ni desarrollo de conflictos. Hay un lenguaje de la política encapsulado.
Mientras tanto, la política gubernamental ha llegado a su punto más trágico: la preparación
de escenarios de anuncios donde no se realizan anuncios. Es la práctica fallida de anticipar
políticas que no se concretan: el mismo gobierno genera las expectativas y la defraudación
de las expectativas. Es el instante cruel donde la moderación se transforma en impotencia.
Deciden bajarle la intensidad a la política y, como efecto no deseado, suprimen a la política.
Proponen ir despacio pero terminan inmóviles. Pretenden hablar suave pero se vuelven
inaudibles. Todo lo que se presenta moderado termina siendo débil y sin capacidad
transformadora. Es necesario recordarlo: los gobiernos no se evalúan por sus intenciones,
sino por sus eficacias.
Cuando se pretende hablarle a todos, se termina hablándole a nadie. Cuando se pretende
no pelearse con nadie, se termina peleado con todos. Si no se está dispuesto a representar
en forma primaria a la base política, se termina representando a nadie. El conflicto existe:
no asumirlo, lejos de ampliar la sustentación, diluye a los que no lo protagonizan en la nada
política.
El problema de la unidad se resuelve reponiendo el origen y el sujeto destinatario de la
unidad. No se soluciona con una apelación a la reducción de la intensidad (es decir, a la
moderación). El problema más importante no es de velocidad ni de magnitud: es de
orientación de las políticas.
De paso, les pediríamos a quienes defienden ese concepto que expliciten qué significa
“moderación” en el contexto de la carta y en el debate público. ¿Moderación no entraña
eventualmente otros rumbos? ¿No es una cuestión de grado, sino de sentido?
No parece que sea útil apelar a unidades de medida: definirnos según las cantidades de
moderación o de intensidad que portamos. Sería como reponer ciertas derivas positivistas.
O trasladar la trágica práctica de los hisopados al campo de la política: esta vez para detectar
cuanto virus kirchnerista (y, por lo tanto, cuanta actitud “extrema e irracional”)
acumulamos cada uno de nosotros. Lo cual supondría trasladar al interior del Frente de
Todos las prácticas estigmatizantes utilizadas por el macrismo contra Cristina Fernández de
Kirchner y el Kirchnerismo: Juntos por el Cambio ha construido su identidad,
supuestamente racional e institucional, en contraste con otra irracional y violenta, la de los
partidarios y partidarias de la actual Vicepresidenta.
Trasladar ese criterio de legitimación política desde afuera hacia adentro del Frente de
Todos estaría más en línea con la eliminación del adversario que con el compromiso de
ampliar el debate político. Las crisis se superan muchas veces con redundancia: las
diferencias políticas se resuelven con más política. A eso convocamos a los compañeros y
compañeras que, lo sabemos, están plenamente comprometidos con la ampliación de la
discusión pública.
 Decíamos más arriba que el problema del documento con el cual estamos dialogando, a
nuestro juicio, es que, en sus páginas, no resulta nítido ni el origen de la unidad ni el sujeto
destinatario de sus políticas. En ese sentido, la ausencia absoluta del nombre “Macri” es
una especie de auto denuncia.
El ex presidente neoliberal le entregó el gobierno al Presidente Alberto Fernández con una
economía 4% más chica de como la recibió, con una caída de 20 puntos de los salarios reales
y con sendas crisis externas y de endeudamiento (público y privado) mutuamente
reforzadas. Tampoco es cierto que entregó un país sin déficit fiscal: sólo cambió la
composición de ese déficit a través del incremento del pago de intereses de su creciente
endeudamiento. En paralelo, el gobierno macrista avanzó con la colonización y la
cooptación de las herramientas de poder del Estado, sobre todo en materia de política
económica.
Ni en aquel momento, apenas asumió el nuevo gobierno del Frente de Todos, ni ahora en
el documento con el que dialogamos, ha aparecido la decisión de describir con nitidez las
ruinas que dejó este nuevo experimento neoliberal. Hay, por lo tanto, una doble renuncia
al origen: a la constitución de la frontera con el macrismo, por un lado, y a la defensa del
lazo representativo con los sectores afectados por el proyecto neoliberal, por el otro. Esa
doble renuncia es una sola: la nitidez del proyecto propio requiere de una clara
diferenciación con el programa neoliberal.
La debilidad de la diferenciación discursiva de ambos proyectos se extendió al diseño de la
política: en el último trimestre de 2020, con la centralización de la estrategia económica
entorno a los lineamientos del FMI (focalización de la política fiscal y contracción
monetaria), comenzó un camino de ajuste relativo. Esta política económica se extendió
hasta las elecciones PASO de 2021. Sólo comenzó a corregirse en el último trimestre de este
año. Por supuesto que la crisis global producida por la pandemia sanitaria explica parte de
la debacle electoral en las elecciones legislativas de 2021, pero no es el único factor: a ello
hay que sumarle las políticas de ajuste implementadas por nuestro propio gobierno.
La clase trabajadora, por ejemplo, perdió en la puja distributiva y se produjo una nítida
transferencia de recursos del trabajo hacia el capital, con especial énfasis desde finales de
2020. Si comparamos el salario real promedio de los trabajadores registrados del bienio
2018 – 2019, con el mismo valor promedio del periodo 2020 – 2021 la caída fue del 8%. Este
atraso del salario explica que el excedente empresario haya captado más de 3 puntos del
PBI adicionales respecto del Gobierno de Macri. Desde finales de 2020 el excedente
empresario se recuperó en términos reales, mientras la masa de salarios perdió valor real.
Volvemos al inicio, entonces: ¿Unidad para que política? ¿Unidad que garantice la
transferencia de recursos desde los trabajadores hacia el capital? ¿Unidad que rompa el
contrato electoral y en la que los trabajadores resultan perjudicados? Queda claro: no

estamos ante un problema de moderación o intensidad. El problema es de orientación de
las políticas.
Paradójicamente, la unidad a la que convoca el gobierno, en el marco de estas políticas
regresivas, puede profundizar la crisis de la otra unidad: la de la base electoral del Frente
de Todos. La unidad por arriba puede continuar desorganizando la unidad por abajo. Por
eso, no se puede pensar la unidad desvinculada de las políticas que esa unidad expresa en
términos de políticas públicas.
En este sentido, insistimos, en las dimensiones de representación electoral y social, la
“Unidad” del Frente de Todos ya se rompió en noviembre de 2021 cuando más de cuatro
millones de electores que lo acompañaron en el año 2019, ya no lo hicieron en las elecciones
de medio mandato. Reconstruirla es el objetivo.
Lo afirmó de modo muy contundente Néstor Kirchner: “Todos hablan del consenso, de
todos juntos. Sí, todos juntos pero ¿Para qué? ¿Todos juntos para hacer un acuerdo de
espaldas a la gente para mantener la burocracia política? No. Todos juntos para transformar
la Argentina, para renunciar a privilegios, para construir lo que nuestro país necesita.
¿Todos juntos para decir que hay que renunciar a principios que son fundamentales para
construir este país, todos juntos para bajar banderas? No. Todos juntos para sostener
banderas, para sostener principios, para sostener las utopías que creyeron toda la vida y
que sostuvieron nuestro inmortal conductor Perón y la inmortal Evita que era la llama viva
del cambio permanente. Para eso todos juntos”.
En el mismo sentido, la apelación a las dificultades para iniciar o profundizar políticas de
carácter popular debido a la “adversa correlación de fuerzas” tiene su correlato en la
implementación de políticas públicas tibias o en anuncios que señalan líneas de acción para
“poner en caja” a los sectores económico-sociales del poder real y del privilegio pero que,
debido a la “adversa” correlación de fuerzas, son abandonadas o simplemente reducidos a
meros anuncios. Las propias políticas que, en su despliegue, abren conflictos, retroceden
ante esos conflictos: por lo cual, las políticas de transformación son sustituidas por la
impotencia ante la transformación.
La correlación de fuerzas no es una foto: es una construcción social, un devenir dinámico y
endógeno. No es un dato exógeno de una ecuación a “resolver”. Un elemento central en la
constitución de la correlación de fuerzas son las propias acciones y posicionamientos.
Analizar esa correlación de fuerzas sin incorporar como modificarlas es un mecanismo
conservador que inmoviliza. Las políticas públicas rupturistas de un orden injusto e
insustentable no son ni irracionales ni infecundas; son las que mejoran la vida de nuestro
pueblo, fortalecen la base material de nuestra economía y expanden los grados de libertad
de la Patria.
La obligación de la política nacional y popular es expandir el campo de lo posible y no, a
partir de la definición de lo posible, sostener el status quo.
Hay muchos ejemplos latinoamericanos que demuestran que las correlaciones de fuerzas
económicas, sociales y políticas no son un “hecho natural”, fijo y establecido para siempre.
Mencionemos sólo el del compañero Néstor Kirchner: asumió el gobierno con el menor
porcentual de votos de la historia argentina y una “correlación de fuerzas” mínima a su
favor. La respuesta popular a cada una de las medidas de gobierno fueron construyendo
una nueva correlación de fuerzas que habilitó un período de 12 años de continuidad del
gobierno nacional-popular y la concreción de decenas de políticas que mejoraron
ostensiblemente los niveles de vida de nuestro pueblo y ampliaron derechos como nunca
antes, desde el gobierno del primer peronismo con Perón y Evita.
Esta perspectiva de una “correlación de fuerzas negativas” que condicionan las
posibilidades de llevar a cabo medidas de profundización de un modelo nacional-popular,
se transforma así en una puerta de justificación que –con sus más y sus menos- favorece el
statu quo, lo que en nuestras sociedades significa el mantenimiento de la inequidad, la
desigualdad y el incremento de la pobreza.
Y de allí surge la idea de que, lo que debe primar en el Frente de Todos a cargo del gobierno,
es la moderación en la toma de definiciones políticas.
Concepto por demás riesgoso el de la moderación para cualquier gobierno popular
latinoamericano. En primera instancia, porque todos los gobiernos de carácter nacional-
popular deben enfrentarse cotidianamente con elites que aplican todo el tiempo la lógica
de la desmesura política. La experiencia histórica de este siglo XXI en América Latina nos
indica claramente que precisamente aquellos gobiernos nacional-populares que aplicaron
medidas que iban en contra de la lógica “moderada”, fueron no sólo los que más cambios
positivos lograron, sino los que mayor apoyo popular tuvieron: Néstor y Cristina, el
comandante Hugo Chávez, los dos mandatos de Lula Da Silva, Rafael Correa, los gobiernos
de Evo Morales. Y, por el contrario, en aquellos momentos que eligieron o adoptaron
medidas moderadas, fueron blanco de los denominados golpes blandos (alianza entre el
Poder Judicial, empresarial, político y mediático) o perdieron el voto popular.
¿Es posible negociar con el poder real y las derechas desde la búsqueda de consensos
basados en la idea de una moderación “compartida”? No pareciera ser el caso en estos dos
años de experiencia de gobierno de nuestro Frente de Todos: la respuesta a propuestas
políticas moderadas (acuerdos de precios, control cambiario, congelamiento de las
retenciones, por ejemplo) y, aún, a políticas imprescindibles –por ejemplo las políticas de
cuidado y vacunación durante la pandemia global – contaron con la oposición brutal y
desmedida de la oposición de derechas.
¿Cuáles fueron los consensos logrados de este modo? ¿Cuál es, entonces, la mejor
estrategia para enfrentar en el contexto latinoamericano a las fuerzas de las derechas?
La lógica de la moderación y la correlación de fuerzas negativa nos lleva a una paradoja
circular: si los gobiernos toman medidas “moderadas”, entonces ganarían en
gobernabilidad frente al poder real. El problema es que la moderación deja a los dos
sectores en pugna –el poder real y los sectores populares- en situación de descontento: las
elites de derecha y el establishment leen la moderación como debilidad de los gobiernos
populares y, en vez reducir la presión política, la incrementan. A la vez, los movimientos
sociales, los partidos políticos y los sectores populares sienten y viven –en el caso de los
más vulnerables- la situación de que la vida cotidiana no les ha mejorado sustancialmente
desde la llegada de un gobierno popular al poder.
Cuando en el año 2019 la compañera Cristina ideó y convocó a la construcción de un Frente
de Todos como herramienta electoral para derrotar al más crudo neoliberalismo, se dirigió
a todas las fuerzas del campo nacional-popular. La razón de ser de ese Frente de Todos no
era, claramente, sólo derrotar al Macrismo sino reponer e incrementar las políticas de
derechos e inclusión de los 12 años de gobiernos nacional-populares movilizando al pueblo
y nunca moderando sus demandas o “mandando desensillar hasta que aclare”.
Por otra parte, como señala bien Darío Capelli “Parafraseando a León Rozitchner: cuando el
pueblo no se mueve, el fascismo se alista para il sorpasso y es –entonces- cuando la
dirigencia progresista más debe intensificar la convocatoria a la movilización y radicalizar
los mecanismos de participación democrática. Si en verdad se percibiera un impasse, como
pareciera que el documento “La unidad del campo popular en tiempos difíciles” sugiere,
sería pues un acto irresponsable, casi al borde de lesa Patria, dejarle un campo orgánico al
fascismo al apostar por la moderación política. No es que, porque el fascismo amenaza, hay
que poner paños fríos en la frente del Pueblo, sino a la inversa: un Pueblo desmotivado es
la ocasión para que el fascismo crezca.
La discusión, desde nuestro punto de vista, es sobre la orientación de las políticas públicas
que deben expresar la unidad de las fuerzas que integran el Frente de Todos.
Como dijo alguien en estos días: “Las diferencias que tenemos entre quienes debatimos
cuál es la mejor manera de resolver este problema son infinitamente menores de las
diferencias con quienes generaron este problema”.
Se sale con más política y no con más encierro.
Se sale compartiendo con el pueblo el conocimiento de las dificultades, enfrentándolas y
no eludiéndolas.
Se sale entre todos y todas.

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