Entre los grandes éxitos del presidente Macri dedicados casi con exclusividad a San Juan figura el naufragio del megaproyecto del túnel Agua Negra que su gestión recibió envuelta con moño de la gestión anterior y que tuvo a su exclusiva responsabilidad durante más de 3 años y medio: no logró siquiera avanzar al llamado a licitación, un paso que en diciembre de 2015 –cuando Macri recibió el testimonio de la marcha del país- era cuestión de días.
Macri es ahora postulante a la reelección, en tándem oficial con el peronista Miguel Pichetto. Y su propuesta hacia Agua Negra parece seguir siendo la misma que en la presente gestión: payanear el proyecto y tolerar insólitas dilaciones junto a su colega chileno y amigo personal, Sebastián Piñera, quien tampoco aparece demasiado interesado en un proyecto que ha demandado largas décadas de preparación.
Y que justo cuando estuvo el pan en la puerta del horno tropezó con dos presidentes a ambos lados absolutamente intransigentes con su concreción, como atestiguan los pasos para atrás que dieron ambos respecto de un proyecto que encontraron casi servido.
La llegada de Alberto Fernández a San Juan esta semana como paso inicial de su campaña presidencial en el interior del país, dejó afiladas frases sobre la intrascendencia de las gestiones nacionales de Argentina y Chile sobre este punto. Y como se trata de un postulante con chances de tomar las riendas del país, ha depositado a Agua Negra en la campaña nacional, con especial impacto en los sanjuaninos.
No son un secreto para nadie a esta altura –se ha debatido generosamente durante años- las poderosas chances de desarrollo que ofrece el megaproyecto enclavado en la cordillera, tanto en su etapa de construcción –prevista para unos 10 años- como desde el momento en que se encuentre terminado. Dicho esto sólo por la obligación de mantener el optimismo por encima de todo.
Será en consecuencia también un factor razonablemente a tener en cuenta para los habitantes de ambas regiones al momento de votar, el grado de respaldo que ofrecieron los gobiernos centralizados de ambos países en su avance o freno. Sin márgenes de sistema o de estilo: Chile es un país unitario por definición que toma decisiones en la Moneda, y Argentina es un país proclamado como federal que en realidad funciona como unitario, igual que en Chile, y toma estas decisiones en la Rosada.
El agravante es que Agua Negra estuvo a punto caramelo, por primera vez en acuerdos en los ejecutivos de ambos países, hasta la llegada simultánea de Macri y Piñera. Ahora se vuelve a las urnas casi 4 años después, primero con Macri en persona intentando su reelección en octubre. Por eso resulta sano que Agua Negra se convierta es un eje de campaña, aunque debe permitirse aquí un nuevo margen al escepticismo: una eventual derrota de Macri no despejaría del todo los nubarrones del desinterés político porque Piñera tiene mandato hasta marzo del 2022.
El alcance de la inoperancia de ambos gobiernos nacionales alcanza a ser definido por la parábola de los últimos años. En el verano de 2016, apenas unos meses después del festejado ascenso al poder de la Rosada, Macri mandó a su entonces ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay a celebrar en San Juan el anuncio de la obtención del financiamiento de la obra del túnel por parte del BID, que en ese momento se comprometió a aportar los 1.600 millones de dólares necesarios. Por gestión exclusiva de la administración provincial de Sergio Uñac, vale acotar.
A partir de allí, ya con estudios técnicos concluidos y presupuesto asegurado, resultó notorio cómo la gestión nacional de Macri pisó la pelota y comenzó a dilatar los tiempos sin argumento oficial. Primero circuló la versión de que la Nación pretendía modificar el esquema de negocios, luego que le resultaba muy caro, luego que revisarían los procesos. Largos intrígulis sólo a nivel versiones, jamás explicados de manera oficialmente. Finalmente, fuera por lo que fuera, los avances de décadas quedaron paralizados y hasta la Ebitan (Ente Binacional por el Tunel de Agua Negra, integrado por funcionarios de ambos lados) dejó de juntarse.
En el medio, los desplantes del ministro de Transporte de la Nación Guillermo Dietrich, quien hasta bordeó la insolencia en alguno de sus viajes a San Juan esquivando el tema Agua Negra, continuando camino a Mendoza (gestionada por su socio político Alfredo Cornejo) para anunciar allí apoyo nacional a otro paso fronterizo a Chile por la provincia vecina.
Del lado chileno mucho se hizo también para fomentar este estado de incertidumbre, siempre también por el lado de las habladurías y nunca con comunicaciones serias y públicas, como corresponde. Se pasó así de las versiones sobre supuestas fallas geológicas en la zona, nunca convenientemente explicadas, a causas presuntas presupuestarias que extraoficialmente encarecían el proyecto pero sin mostrar estudios serios al respecto. Todo un festival de dimes y diretes, de versiones soltadas al viento, en consecuencia imposibles de revertir o neutralizar para los defensores del proyecto.
Hubo incluso alguna brisa de entusiasmo que bajó de Chile -donde hay legisladores de la IV Región furiosos con el presidente Piñera por lo que consideran su falta de compromiso en el proyecto- indicando que podría recobrar fuerza con el desplazamiento del ministro Fontaine, el principal obstáculo que se vino verificando. Una verdadera inocentada pensar que un subalterno pueda resultar una piedra en el camino, si fuera que el propio Piñera estuviera verdaderamente comprometido con el avance.
Hasta llegar a esta semana en que otra versión lanzada por Diario de Cuyo y apoyada en fuentes del macrismo indicaron que la pretensión del gobierno nacional es archivar por completo el paso de Agua Negra para activar eventualmente otro, por La Chapetona. Así nomás, sin anestesia, tirar a la basura décadas de estudios, de idas y vueltas, de reuniones, de presupuestos, de preocupaciones, de reflotar el ánimo.
¿Y esta gente pretende de esta manera mandar a archivo no sólo el esfuerzo sino las ilusiones de cientos de miles de argentinos y chilenos? Pregunta inquietante que no obtuvo respuesta desde ninguna de las esferas involucradas, más que una tímida desmentida en off de dirigentes macristas sanjuaninos que no quisieron salir en público porque “no están autorizados”. ¿Y quién es el que está autorizado? Semejante versión requiere mínimamente que alguien con algún aroma a seriedad ponga las cosas en claro.
En el medio del revoleo de versiones, el gobierno provincial optó por la razonabilidad. Ratificó que el único proyecto en el que está trabajando es el de Agua Negra, que tantos desvelos y contratiempos le obligó a remontar por otro lado. No se escuchó en algo similar al gobierno nacional, dueño de la llave de la continuidad, por desgracia.
El jueves llegó Alberto Fernández a la provincia, en el primer capítulo de sus viajes al interior. Anoticiado del dilema, lo más picante que se le escuchó -más allá de las correspondientes frases de ocasión- fue que si gana como presidente de la Nación trabajará para que “no todos miremos al puerto de Buenos Aires”. “Agua Negra es un proyecto central para el equilibrio de la Argentina, para que haya otro canal de acceso al Pacífico”.
Tan porteño como Fernández es el actual presidente Macri, que va por la reelección. Dos porteños de hecho, se impone que sean sometidos a comprender el país fuera de la General Paz. Será bueno también escuchar a Macri cuando llegue en campaña en San Juan no sólo qué dice sobre el futuro de la obra más importante de la historia de los sanjuaninos, sino qué explicación da a la parálisis.
Tan bueno, como que los sanjuaninos tengan en cuenta estas parábolas y compromiso de cada uno de los que le piden el voto al momento de la campaña presidencial. Antes de que se convierta en un concurso de Miss Simpatía.