Hay un ejemplo extremo por estos días: Chaco. Jorge Capitanich ha llegado hasta a pedir perdón a la gente por quien eligió para sucederlo y que lo está haciendo quedar muy mal. Especialmente con el kirchnerismo, que convocó al exitoso gobernador chaqueño como cara mediática visible a nivel nacional, y su vice Vacileff Ivanoff lo terminó desconociendo y abrochando acuerdos con Sergio Massa. Ahora, Capitanich, el que dejó su banco por un rato en manos de su compañero, parece haberse quedado sin el pan y sin la torta: se le hace difícil renunciar a la Jefatura de Gabinete y volver a su provincia para defender territorio, y se le hace más difícil aún disciplinar a su vice, con quien mantiene tiroteos incomprensibles que apagan la estrella de uno de los "gobernas” fuertes del kirchnerismo.
No pidió perdón pero casi Néstor Kirchner por haber elegido a Julio Cobos para integrar fórmula con su esposa CFK y el mendocino terminó votando contra su propia tropa política en aquel célebre desempate de madrugada. Tampoco era sucesor, pero el vice sucede durante la gestión. Lo mismo ocurre con Weretilnek, el actual mandatario rionegrino que fue seleccionado por el peronista Carlos Soria como vice y heredó el mando luego del crimen del gobernador a manos de su esposa: el "sucesor” político acaba de abrochar también con Massa y pelearse a muerte con el PJ de Pichetto.
Puede salir mal en varios formatos: ocurre en ocasiones en que los vices se transfoman en una sombra desde la gestión (los casos de Cobos, Vacileff Ivanoff, Juan Carlos Rojas con Jorge Escobar en la historia provincial), o puede ocurrir cuando los mandatarios eligen sucesor para ir a las urnas, lo respaldan, lo acompañan, y se terminan desconociendo. En este apartado también hay naufragios célebres a todo nivel, y allí radica la dificultad de los que buscan a ese sujeto que respete la relación fundacional líder-heredero. El más presente en San Juan es lo que sucede en el municipio de San Martín, donde Cristian Andino eligió Pablo Santibáñez como su sucesor hace 3 años y ahora ambos no se pueden ni ver: el ex le reprocha al actual no haber respetado cierto acuerdo tácito, y encima figura arriba en las encuestas muy por encima del actual. Un caso en el que el recuerdo pesa más que la actualidad.
Si bien sobresalen en la memoria los casos en que terminó mal, puede también que salga bien. Es el caso de San Luis, donde primero el Adolfo dejó la provincia en manos de su hermano Alberto, con la salvedad explícita de que el vínculo filial no es un impedimento para las traiciones y los desplantes. Y luego el Alberto confió en el contador, Claudio Poggi: el vínculo no se resintió y los Rodríguez Saá siguen siendo la referencia política puntana sin discusión. En el panorama local hay casos similares: los albardoneros Abarca –marido y mujer-, que han sabido pasarse la posta sin revuelos sonoros más que los que pudieron escucharse de la puerta para adentro, o los pocitanos Uñac, que luego de dos mandatos de Sergio y otro más del papá Coco delegaron en Fabio Aballay y pudieron avanzar sin desconocerse.
El punto es qué se busca y qué se ofrece cuando se presenta esta necesidad. Si las limitantes del líder son legales, entonces las exigencias de lealtad son más estrictas y cualquier movimiento de autonomía (planes propios por fuera de la línea del líder, colaboradores de confianza propios) puede ser considerada una deslealtad: quien ocupa el sillón está allí porque otro no puede.
Si el desencadenante es político o del tipo ciclo cumplido, entonces las condiciones pueden ser un poco más laxas. Importa, y mucho, cuánto de vuelo propio se está dispuesto a ensayar y a permitir. El punto acá es cuándo al heredero le crecen alas, cuestión relativa a los ciclos y las maduraciones de difícil manejo. Mucho menos con la palabra lealtad en el medio.
Este año y el próximo habrán cientos de dilemas de este tipo. El primero, el de CFK, tiene que ver con un freno constitucional y una búsqueda consecuente de cómo hacer más perdurable el Modelo K. Que nació, hay que remarcar, señalado por otros liderazgos: cuando Duhalde –hoy enemigo acérrimo- lo marcó como su sucesor en 2003 y apenas dos años después rompieron por los lugares en las listas de diputados. Hoy, en la búsqueda de permanecer, hay opciones variadas: los sucesores políticos que se postulan como más afines (Urribarri, Randazzo, Aníbal) son los que tienen menos chances, y los más distantes (Scioli) aparecen mejor plantados. En todos los casos, el gran enigma es el día después si alguno de ellos gana, con mayor desconfianza –lógica- sobre el bonaerense.
Lo mismo ocurre en San Juan con el gobernador Gioja. Que aún no decide si buscará o no una nueva gestión, y mira de reojo la lista de posibles sucesores. Hay surtido: más y menos confianza, más o menos chances, pero siempre con la idea de mantener el esquema ya sea estando adentro o afuera. Tendrá una decisión salpimentada por todos estos condimentos.
En los departamentos, aparecen los desparramos. Porque hay líderes del territorio que no tienen chances de volver a postularse y tratarán por todos los medios de mantener influencia y punch a pesar de no comandar los departamentos. ¿La solución? Fieles juramentados que además sean capaces y a los que no se les niegue el sello propio. Difícil equilibrio.
Una chance, sin que sea la única, es acompañar boleta, poner el cuerpo y traccionar, con el beneficio posterior de reclamar paternidad sobre el ciclo político. Los intendentes que lo hagan, no sólo podrán proclamarse padres del modelo saliente sino protagonistas del entrante. Hay varios que lo piensan. Uno de ellos es 9 de Julio, donde Wbalberto Allende mide muy bien, pero su delfín Matamoras pelea cabeza a cabeza. Otro es Sarmiento, donde Alberto Hensel es el intendente con mejores números de aceptación, pero debe acompañar a su candidato Cacho Martín para que no se caiga. En ninguno de los casos es excluyente: tanto Wbalberto como Hensel pueden ser convocados a funciones superiores –a nivel provincial- porque lideran el ranking de los intendentes más exitosos.
Otro asunto es el iglesiano Mauro Marinero, que en lugar de plantearse la posibilidad de ir como diputado piensa que podría ser mejor ir como concejal: traccionaría igual su nombre en la boleta, pero le serviría para no soltar la llave del cofre minero si se queda como presidente del Concejo. Más si el intendentes su hermano Marcelo o Gustavo Deguer, en quien confía a ciegas. Con un fantasma en el horizonte: que se desate una furia interna en el bloquismo, con el diputado Espejo encabezando a los anti-Mauro.
Y otro es Jáchal, donde el intendente Barifusa también se tiene que ir, y tiene en la mano una decisión importante: a cuáles de sus colaboradores señalar. Aparecen en pelotón, no hay nada dicho. Y allí es probable que aparezcan los intereses de la conducción provincial: si conviene o no atraer a Franklin Sánchez, que no es del palo de Barifusa.
Donde la elección del sucesor salió del lado de la culata es al intendente de Calingasta, Robert Garcés. Beneficiario exclusivo del aluvión de obra pública en el río (con el anuncio de Tambolar ya van por el cuarto dique, dos de ellos terminados) y secundario de la actividad minera (es el tercer departamento después de Iglesia y Jáchal), no consiguió hacer germinar una sucesión propia. Por el contrario: su más enconado adversario interno –el ex secretario Castañeda- es el que le lleva un campo de ventaja. Y no parece que pueda haber un dedo salvador a la distancia: Castañeda también responde a Gioja. Pero ni los datos duros convencen al mandatario, que a pesar de la distancia a la que aparecen los suyos juramenta que dará batalla.
Y batalla habrá surtida en el campo departamental, donde los salientes buscarán un sucesor que ofrezca garantías, si es que es posible en política que alguien ofrezca alguna certeza de algo.