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Análisis

El desafío de De Vido y la obra pública en San Juan

El ministro nacional dijo que el único que garantiza el avance del túnel es “el actual modelo”. La respuesta, dentro de cinco años. Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan
Si lograra el oficialismo despojarse de cierto mesianismo latente, estará introduciendo un excelente punto de partida para un debate político sobre el modelo a seguir para preservar el ritmo de la obra pública en San Juan. En el que tiene todas las de ganar.
Lo del mesianismo tiene relación con cierta instigación al fantasma de "nosotros o el abismo” que sobrevuela en cada modo de presentación. Fuera de eso, la frase del ministro Julio De Vido en San Juan -hace un par de semanas y esta semana nuevamente en ambas visitas a la provincia- obliga a reflexionar sobre el fondo de una cuestión absolutamente relevante no sólo para la maquinaria constructora sanjuanina sino para la espina dorsal de la economía provincial. "El único modelo que garantiza la realización de Agua Negra y las rutas es éste”, disparó el ministro y activó un debate central.
Con razón o no, se verá más adelante y será conclusión de cada lector, la frase apuntó a la médula espinal del futuro provincial y eso es siempre para celebrar. Intenta correr la perspectiva de los modales más o menos "dialoguistas” con los que se salda cualquier discusión política de estos tiempos, para forzar al ciudadano a reflexionar sobre de qué modo se garantiza mejor el ritmo de las obras y la inyección de recursos públicos en ese engranaje.
Sin prescindir de la educación en el trato, se asiste hoy a la entronización de la convocatoria al "diálogo y la concordia” como latiguillo todo terreno para ofrecer presuntas soluciones a todos los males de este mundo. ¿Qué hacer con (aquí el formulario deja línea punteada para ser llenado por cada interesado)? Convocar al diálogo, respuesta universal.
No por universal y empleada hasta el hartazgo dejará de ser hueca y recurrente: se sabe, cada conflicto tiene su lógica y su necesidad de medidas concretas. ¿Cómo garantizar la obra pública y toda su cadena de beneficios derivados?, es una pregunta de esas que no admite sólo la generosidad dialoguista sino una clara perspectiva de decisión política. Allí estaría el mérito de quien pudiera hacer de eso un debate central, a riesgo de que algún día resulte demasiado tarde.
Si consiguiera De Vido que el debate en San Juan circulara por esos carriles estaría haciendo un gran favor a los sanjuaninos en general, beneficiarios todos de los recursos inyectados a lo largo de varios años: debatir sobre cómo garantizar su continuidad debe ser un asunto central, más allá de hacerlo "dialogando” que es una exigencia para la especie humana.
Sobre todo, porque la obra pública no es una cuestión voluntarista. No alcanza con quererla simplemente, si así fuera el planeta entero estaría tapizado de las obras de infraestructura necesarias que alguien alguna vez sencillamente soñó. Hace falta querer, sí, y también poder. Y poder hacerlas, implica como primera medida disponer de los fondos materiales.
Allí está donde De Vido podría sacar ventajas: el futuro que proyecta cuando sostiene que el único garante es el modelo K tiene apoyatura en su propio pasado. Ante semejante paquete en su terreno, ¿qué pueden oponerle sus adversarios políticos? Algunos, los que vienen acarreando algún pasado en gestión, más miserias que realizaciones. Otros, los más nuevitos, la ilusión de un futuro aún mejor que este pasado reciente. Igual, este tablero de debate sobre este punto central aún no amenaza con configurarse, y por lo tanto los oficialismos (nacional y provincial) todavía no tienen motivos para descorchar.
La lógica de la frase de De Vido es agregarle realismo al dulce fraseo de las buenas intenciones. A la distancia, lo mismo que hizo de manera inexplicablemente torpe Alex Freire con Aníbal Pachano en los chispazos con los remedios del sida, donde quiso decirle que para hacer salud pública hace falta dinero más allá de las buenas intenciones y quedó enredado en una frase confusa e hiriente sobre la muerte, que luego facturó luego Tinelli a caballo de sus propios intereses personales.
Como en la salud –o en la educación, en la seguridad o en todo estímulo de la economía, desde los viñateros hasta la industria automotriz- para realizar obra pública de manera consolidada hace falta dinero. Y mucho. Algo de razón tiene la fórmula, o mucha, lo que pasa es que deberá mejorar los modales para presentarla en el debate político.
Para corroborar la íntima relación de la obra pública con el dinero no hace falta más que recorrer la historia reciente. Por citar sólo un par de emblemas, como los diques paralizados en tiempos de ajuste de fondos en la etapa de los 90 y principios del 2000, incluyendo lamentables riñas políticas por el botín. Evidente contraste con el paisaje actual, con los dos diques casi concluidos (Caracoles-Punta Negra) y otro más ya iniciado (Tambolar).
 El caso del centro cívico, abandonado a su suerte y concluido en tiempo récord. O rutas, escuelas, hospitales y viviendas, los fuertes del envión de obra pública inédito en la historia en la última década. La diferencia entre aquel ayer y este hoy no fueron las ganas de avanzar, sencillamente la disponibilidad de fondos. Y los recursos no nacen de un repollo, ni son producto del voluntarismo de nadie: son la consecuencia de una serie bastante generosa de parámetros entre los que figura a la cabeza la recaudación nacional de impuestos como IVA y Ganancias (que algunos sectores políticos intentan derogar), la decisión de volcar esos recursos en la obra pública del interior, y de este lado (la provincia) el permanente tironeo de manga para acercar esos recursos y materializarlos en cemento.
Un cuento muy bonito que a la distancia suele parecer de color rosa, pero que está teñido de oportunismos y de obstáculos a saltar. Por eso, bienvenida la llegada de este debate de fondo, si es que se acepta que la buena o mala suerte del futuro depende íntimamente de mantener este clima de envión en inversión pública para mover la maquinaria económica.
En especial, en un momento en que aparecen expresiones políticas que de cara a las elecciones del año próximo proyectan congraciarse con un sector del electorado incómodo con la presión impositiva y adelantan la derogación del pago de Ganancias a un sector y de las retenciones a la exportación a otro. Generando de ese modo un agujero en lo que se está financiado por esos ingresos públicos. Lisa y llanamente, sano debate político en el que cada uno sabrá cómo posicionarse de acuerdo a su convicción. 
En este tablero es donde puede sentirse más fuerte De Vido de cara al futuro. Bajo una lógica razonable, que es la de sobrevolar con la pregunta sobre quién más puede garantizar el avance en la obra más importante de la historia de San Juan, como es el túnel por Agua Negra, que no sean los mismos que fueron consiguiendo los fondos y concretando las obras más emblemáticas de los últimos años.
Son nada menos que 1.600 millones de dólares que hace falta traccionar a fuerza de inocularles a los chinos y los brasileños la semillita del interés estratégico para ellos. El dinero, en formato de garantía, ya está en el presupuesto argentino. No es poca cosa, deberá igual conocer el ciudadano que no son cosas que consiguen con facilidad.
Mismo caso para Pascua-Lama, el gigante binacional que no entra en la órbita de De Vido pero en cuya gestión el ministro de Infraestructura aparece como personaje central. Nada menos que por su contacto con los mismo chinos –corporaciones que son públicas, pero con lógica capitalista-, y su dominio aceitado de esos contactos que en San Juan aterrizan por el lado del ministro del rubro, José Pepe Strada.
En ese punto radica la confianza de De Vido sobre el modelo K y su espejo en las obras de San Juan. Pero para materializarlo, deberá nada menos que llevar el debate político a esos terrenos y sacarlo de la esquizofrenia cotidiana de hoy. No es poco trabajo, y menos aún con un requisito adicional muy importante: ni suponer ni mucho menos sostener eso de que son los únicos en condiciones de garantizar la continuidad de las obras, esa relación de "yo o el abismo” tan deplorable.
Pasarán las elecciones, ganará la continuidad o el cambio y allí se sabrá si De Vido tenía razón. La lástima será que habrá una alternativa imposible de comprobar: la que pierda el año próximo. El tiempo dirá si hubo cambio, si fue para mejor, o si dan ganas de balearse en un rincón como dice el tango. Habrá que releer estas líneas dentro de cinco años.


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