-Usted ya es un habitué de San Juan…
-Yo le diría que me gustaría ir con más frecuencia. Soy un aspirante a habitué, atraído por la vida pictórica que tiene San Juan que es una maravilla. El Museo de Bellas Artes es un muy buen motivo para visitar San Juan, más allá de los vínculos personales que tengo con amigos allá.
-¿Usted cómo definiría a los sanjuaninos?
-No podría hacerlo. Sólo podría responder con una anécdota deliciosa de un escritor mayor que fue Jorge Luis Borges, cuando le preguntaron qué opina de los franceses y él respondió “no los conozco a todos”. Creo que es conveniente no tener una visión general de lo que es el perfil de una cultura. Los matices son los que importan y desmienten las posibilidades de una universalidad plena. Lo que yo sé de San Juan es poco pero me conmueve y me invita permanentemente al acercamiento.
-Desde la perspectiva histórica, afuera nos identifica mucho la personalidad de Sarmiento…
-Desde ya, pero fundamentalmente no como pasado, sino como deuda. Sarmiento no está en el pasado sino en el porvenir de los argentinos. A medida que nosotros nos acerquemos a sus ideales, ganaremos la contemporaneidad que él tiene. Nosotros no somos los que habitamos el futuro con nuestra expectativa, él ha sabido diseñar un futuro que todavía no hemos alcanzado.
-La educación termina siendo siempre una materia pendiente de cualquier nación…
-Es cierto, porque tendemos a confundir la información que podemos dar acerca de un campo determinado con la educación. La educación, creo yo, es ese atributo excepcional que tienen a veces los ciudadanos que consiste en la capacidad de advertir la relación que hay entre lo que sabe y lo que ignora, y la posibilidad de darse cuenta hasta qué punto el discernimiento de los dilemas de un país exige algo más que aptitud especializada.
-¿Y qué requiere?
-Fundamentalmente, capacidad de advertir por dónde pasan los desafíos fundamentales de una Nación para ganar actualidad. Los países se atrasan a medida que pierden el sentido de pensar los problemas que deben enfrentar para ganar modernidad. Argentina es un país que tiene problemas graves pero no tiene problemas interesantes, que son la capacidad de superar viejos problemas, y nuestro país tiene un gran apego a los viejos problemas.
-¿Y cuáles son esos desafíos a los que no se le está prestando atención, según su óptica?
-Yo diría que el Gobierno está tratando de sobrevivir pero no está trabajando por el afianzamiento del país republicano en el que las generaciones venideras deberían vivir. Entonces, podemos decir que la Argentina debería afianzar su apego al orden constitucional, el afianzamiento de los tres poderes en la autonomía, proyectos socioeconómicos orientados hacia el desarrollo y la inversión, tanto en el plano económico como en el jurídico, es indispensable encontrar reglas claras que permitan proyectos de mediano y largo plazo que no se agoten en la mera coyuntura. Y una visión de la política que pase por algo más que por la capacidad de generar encantos o frustraciones en el electorado. Un gran político es alguien que enseña a pensar en lo que no se ha pensado y esa gente no abunda entre nosotros.
-Usted habla de transformaciones permanentes…
-Creo que la democracia populista es un proyecto senil entre nosotros y recurre a recursos que en el país ya fueron experimentados sin suerte. La República no es una experiencia que hemos llevado a cabo y fracasó. Rara vez la Argentina se ha ajustado a un esquema republicano, es toda una tarea por realizar. Mientras la disyuntiva sea la democracia populista y la democracia republicana, la Argentina seguirá viviendo más cerca del siglo XIX que del XXI.
-¿Por qué cree que, según usted, no se da ese debate?
-No se da porque la estructura sociopolítica del país no lo permite. Argentina es un país sin federalismo, con escasa integración regional, una dependencia feroz del gobierno central, Buenos Aires sigue ejerciendo sobre las provincias un despotismo brutal a través del gobierno central, todo eso contribuye a que tengamos problemas repetidos. La monotonía parece ser el ejercicio dominante de la política en el país.
-Yo tampoco veo del lado de la oposición una propuesta válida para hacer ese trabajo de avance…
-Cuando está comprometida la consistencia de la República, tanto el oficialismo como la oposición han contribuido a sembrar esa inconsistencia. La Argentina es un país en el cual el juego de las alternancias políticas es muy reciente y ahora vuelve a correr el riesgo de verse comprometido, si bien el resultado electoral indicaría que el Gobierno no tiene porvenir en ese orden. La verdad es que hemos oscilado permanentemente entre la demagogia y el golpismo, y ni el oficialismo ni la oposición se han ocupado de complementarse en el sostenimiento de un modelo de país donde la alternancia remita a un centro que implique valores comunes, preservados tanto por la izquierda como por la derecha.
-¿Usted analiza las PASO como una experiencia drástica para el Gobierno Nacional?
-Yo creo que no sólo para el Gobierno Nacional, creo que las PASO han sido también una evidencia muy interesante si pensamos en lo que propuso UNEN en términos de poner a sus candidatos a consideración del electorado. Ha sido una elección muy interesante para todos los partidos que han elegido a dedo a sus candidatos. En ese sentido, creo que UNEN dio un ejemplo de civismo formidable.
-Creo que UNEN tiene muchas barreras todavía por franquear respecto de la unidad verdadera ¿no?
-Y sí, mire es el drama tradicional de Argentina. Si no hay federalismo tampoco puede haber una gran y consistente unidad. Pero digamos que la Argentina puede iniciar un proyecto de resarcimiento republicano y si hay continuidad de propósitos en políticas de Estado, en dos décadas, digamos, el país podría estar reencausado.
-¿Usted cree que va a cambiar algo el resultado en las generales respecto de las primarias tanto para el oficialismo como para la oposición?
-Yo diría que no. Es difícil asegurarlo, el Gobierno va a hacer un gran esfuerzo por revertir esos resultados, pero me parece que ya es tarde para el Gobierno y aún es muy temprano para la oposición.
-¿Cómo ve la guerra discursiva entre oficialismo y oposición a través de los medios de comunicación?
-Es una guerra de acusaciones y de presentación de pruebas, sobre todo de la oposición acerca de las perversiones llevadas adelante por muchos de los integrantes del oficialismo. Es una guerra por la supervivencia. Me parece que debemos entender muy bien que la oposición ha encontrado a través del periodismo y, en especial a través de la figura de Jorge Lanata, la posibilidad de desplegar una función fundamental en la democracia que es cuestionar la palabra hegemónica. Lanata lleva adelante una labor que le será reconocida en la misma medida que la democracia del país pudiera llegar a afianzarse. Hoy está enfrentando al Gobierno con sus contradicciones, mañana lo hará con cualquier gobierno que pretenda monopolizar el poder.
-¿Le reconoce algo a la gestión kirchnerista?
-Muchas cosas, espléndidas cosas. Este Gobierno ha contribuido en aspectos parciales en cosas que son muy dignas de reconocimiento. Los gobiernos malos no son gobiernos que no hacen cosas buenas sino que ponen sus mejores realizaciones al servicio de un proyecto hegemónico e intolerante. Este Gobierno ha llevado al campo de la cultura y de la justicia social algunas iniciativas que no pueden ser desconocidas y deben ser sostenidas por las gestiones venideras.
-¿Conoce la gestión de Gioja? ¿Tiene alguna opinión?
-Yo tengo alguna información sobre lo que ocurre en la provincia de San Juan y tengo la impresión de que es un gobierno con realizaciones y contradicciones muy marcadas. Lo veo a Pino Solanas discutir vehementemente con Gioja y también lo he visto a Gioja defenderse con vehemencia. De manera que si queremos distinguir los rasgos de los gobiernos provinciales, lo primero que tenemos que analizar es la patética dependencia que todos ellos tienen del Gobierno central.





