A menos que uno piense que existen urgencias espirituales que no pueden demorarse un segundo entre que un acusado solicite el servicio y se desocupe de los supuestos agravios, la presencia de un reconocido sacerdote estuvo dedicada a entregar alguna lectura: ¿qué quiso decir su presencia en el corralito del acusado?
Tiene el episodio innumerables maneras de analizarlo y digerirlo, y una de ellas es acreditar el éxito a la estrategia movilizadora de la defensa del juez Carlos Macchi ejercida por Guillermo Toranzo: el acting desbordó la capacidad de imaginación de quienes esperaban una vuelta de campana. Fue más allá de lo que cualquiera hubiese podido razonablemente anticipar, no sólo por sus dificultades logísticas sino por lo insólito de ver sentado en el banquillo de los acusados en tamaño escándalo a un “asesor espiritual”.
Lo extraño no fue el intento de Toranzo-Macchi por conmover la escena en la que, a primera vista, aparece complicado por sus acciones como juez que lo tienen en la mira en este escándalo de las expropiaciones: a él, cualquier evento que signifique sacudir el mantel parece dejarlo conforme. Lo curioso –por así llamarlo- es que un sacerdote haya aceptado colocar su imagen en el lugar más incómodo y conociendo la repercusión que ocasionaría como de hecho ocurrió.
Apenas un aprendiz puede decodificar las implicancias de un pastor sentado en el lugar del acusado, en una especie de aporte espiritual delivery, a domicilio, puerta a puerta, y encima en público. Y descontando que cualquiera podrá anticipar el peso y las dimensiones de semejante presencia en respaldo –aunque sea espiritual- para un acusado de haber formado parte de una formidable maquinaria para arrancar cientos de millones de las arcas públicas con fallos inflados, la pregunta para no dejar sin análisis es qué quiso decir la defensa, qué quiso decir el cura.
Arreciaron las interpretaciones en el recinto, y aún no se apagan. La primera y más divulgada, relacionada con la matriz política y social. Suponen vincular a Macchi con el esquema de poder de las décadas pasadas, de fuerte predominio partidario y ascendencia religiosa. Desde esa óptica, quienes ensayaron el análisis supusieron el siguiente mapa: que del lado de los denunciantes estaba sentada la chusma sin clase, mientras en el banquillo habían osado colocar a un emergente del status quo. En especial, tratándose del sacerdote que se trató: Antonio Andrade, un religioso que hoy no reviste en espacios de alta repercusión, que está destinado a la capilla del cementerio, pero que exhibe una larga historia de buenas relaciones en términos sociales.
Si bien algo rebuscado, el análisis no pierde de vista un cambio de matriz que de hecho se está comenzando a producir en la integración de los tribunales y del plantel de trabajadores judiciales, excepción hecha de la Corte que no registra recambios desde hace décadas. Más precisamente, desde hace 17 años.
Otra manera de entender la insólita presencia del sacerdote en el recinto del jury es como una inocentada. Y tiene que ver con el origen de la llegada de Andrada, ocurrida como consecuencia de una raspada entre Toranzo y la posición ejercida por el fiscal Guillermo De Sanctis.
Desde el principio del jury, Toranzo objetó la presencia del abogado Rubén Pontoriero en el recinto junto a De Sanctis, argumentando que la querella de la causa penal no podía formar parte del juicio político. Pero De Sanctis respondió que no se trataba del querellante técnicamente, sino de un asesor contratado por la querella. Entonces, Toranzo solicitó al tribunal el mismo trato, lo que le fue concedido, y sí fue como aterrizó el “nuevo asesor” de Macchi. Pero en lugar de ser un asesor técnico, fue un asesor espiritual. Detalles.
Si se quisiera seguir el hilo de esta lectura, se podrá concluir con que la chicana montada por la defensa de Macchi tuvo por destino visibilizar con un gesto ampuloso lo que supone como cierta inequidad en el jury, lo que luego podrá servirle como argumento para golpear las puertas de la Corte bajo el supuesto argumento de alteración en el debido proceso. En tal caso, sigue flotando la misma pregunta respecto del concurso de un sacerdote en un proceso de destitución tan complicado y de alto impacto político y social en la provincia.
¿Inocentada del religioso, pérdida de capacidad para calibrar el nivel del escándalo, o sencillamente ajustarse a la letra inmaculada de no negar un servicio espiritual en ningún lugar ni condición? La generosa difusión del escándalo y los tiempos que corren no dan para demasiado optimismo si uno quisiera suscribir la hipótesis más naif. En especial, tratándose de un sacerdote acostumbrado a medir el pulso a partir del olfato.
A partir de allí, todo lo que pudo haberse argumentado sobre su presencia no sale de lo obvio, aunque hay algunos pasajes de la argumentación de Monseñor Alfonso Delgado que son dignos de mayor análisis. Que no representa a la Iglesia Católica la presencia de Andrade en el recinto del acusado, resulta evidente. Que no puede en ningún caso rechazar un pedido de asistencia espiritual, también.
Lo llamativo es haberlo producido en público y en un terreno pantanoso. La alusión de Delgado poniendo el acento en ese aspecto, es decir en el hecho de haber ofrecido esa contención en pleno escenario por donde circula el escándalo, es un pasaje que no habrá que dejar pasar por alto. Tampoco su decisión de salir a brindar explicaciones: es señal de su preocupación y de su descontento que, para no ir en contra de sus propias palabras, decidió no hacer público sino deslizar como tácita amonestación. También, de poner freno a ciertos ímpetus internos, que también existen y se presentan en diversos formatos.
La pregunta que corresponde formularse, entonces, es la siguiente: ¿fue razonable la presencia del cura en el recinto? Por todos estos motivos, de ninguna manera. Por la dimensión del escándalo en que entró a jugar, por las infinitas lecturas que depara una presencia semejante, por la inminencia de no ser tomado con seriedad, por la chicana que representa, por la imagen de la institución religiosa.
Tomando el guante del fiscal Eduardo Mallea, una repregunta inquietante: ¿iría Andrade o cualquier otro sacerdote a prestar sostén espiritual in situ a un acusado por un crimen o una violación?
martes 28 de abril 2026





