trascendente declaración

La trastienda de un día histórico: Primer Gobernador que declaró sobre torturas

Gioja se presentó el martes a declarar en la Justicia sobre sus días como preso político de la dictadura. No hay antecedentes de un gobernador en esa particular situación en el marco de los juicios de lesa humanidad de la Argentina.
martes, 3 de julio de 2012 · 11:51


Por Miriam Walter
mwalter@tiempodesanjuan.com

Dicen los que lo conocen bien que José Luis Gioja lo pensó mucho, que algo muy en su interior le hacía dudar si ir a ventilar frente a un estrado sus intimidades mejor guardadas durante más de 30 años, si someterse a preguntas de un tribunal, si dejar su historia de vida en boca de todos.  Dicen que primero pensó que no era buena idea pero que luego, algo que sólo él conoce lo hizo cambiar de opinión y después de varias semanas de deliberación, finalmente apareció el martes como testigo, marcando un hito político en la investigación de los crímenes de lesa humanidad en el país. Así, el sanjuanino fue el primer gobernador en funciones en sentarse a declarar en los juicios sobre la dictadura.
Este tipo de procesos en la Argentina recién se dispararon en 2005, luego de que  las leyes de “Obediencia Debida” y “Punto Final”, que limitaron las investigaciones sobre el rol de las fuerzas armadas durante el último gobierno militar en el país, fueron declaradas nulas por el Congreso durante la gestión de Néstor Kirchner. En esta historia reciente de búsqueda de verdad y justicia, los antecedentes de gobernadores involucrados directamente con los juicios de crímenes de lesa humanidad son pocos, y el caso del mandatario sanjuanino sentado como testigo es inédito en el país.
El precedente más cercano al de Gioja es el del radical Manuel Saiz, quien cuando era gobernador de Río Negro, a principios de julio del año pasado, incorporó una declaración suya en el juicio por delitos de lesa humanidad en Viedma, en la causa de Daniel Avalos y Carlos Lima. Pero la declaración de Saiz fue por escrito, brindando su testimonio  porque en los ’70 asesoraba legalmente al gremio UOCRA de Sierra Grande y había visto allanamientos y detenciones relacionados con las víctimas.
Por otro lado, este mes se conoció que el Tribunal Oral Federal de Misiones que juzga a policías y a un ex médico de la Jefatura de esa provincia por crímenes de lesa humanidad, dictaminó que el gobernador kirchnerista Maurice Closs tiene que remitir documentación que consigne qué pasó con archivos que supuestamente mandó a incinerar su antecesor Carlos Rovira, cuando el ahora titular de la Cámara de Diputados, aparentemente decidió borrar gran parte de la historia policial de mano dura, en tiempos de la dictadura.
También puede citarse como precedente la declaración del justicialista Jorge Busti, el 8 de junio pasado, pero si bien se hizo presente ante el Tribunal Federal de Entre Ríos, él es ex gobernador, no estaba en funciones como Gioja cuando fue a declarar como testigo en el proceso. Busti fue citado por la querella en el juicio contra el ex ministro del Interior, Albano Harguindeguy, como directo observador de los acontecimientos de la época, aunque su nombre no figura entre las víctimas de la megacausa entrerriana En ese entonces, Busti era intendente de Concordia.
El caso de Gioja fue distinto, porque su testimonio fue en calidad de víctima de la represión en San Juan. Por su investidura, podría haber presentado un  escrito, pero sorprendió con su presencia en el edificio del Rectorado, donde se hacen desde noviembre del año pasado las audiencias en el marco de la megacausa por delitos de lesa humanidad en la Provincia.
Declaró durante 3 horas, contando los tormentos que vivió desde que fue detenido porque era titular del Instituto Provincial de la Vivienda en marzo de 1976, hasta que quedó en libertad en enero de 1977. Estuvo alojado en la Central de Policía, en la ex Legislatura (contigua al Estadio Aldo Cantoni) y en el Penal de Chimbas.
Gioja contó de sus sesiones de picana, de golpes, de insultos, de su desazón por no saber de su familia y de su familia por buscarlo a él, de las persecuciones que sufrió incluso luego de ser puesto en libertad y de cosas horribles que vio en los lugares donde fue preso político en los ’70. Se quebró cuando habló de su esposa. Pocas veces lo había relatado, sólo en sus círculos más cercanos. Y públicamente recién lo hizo por primera vez con detalles en una nota para Tiempo de San Juan publicada en noviembre del año pasado.
Ante el Tribunal que preside Héctor Cortéz, Gioja –a quien trataron todo el tiempo como “ingeniero” y nunca como “gobernador” contestó preguntas de él, de la querella y del fiscal, mientras que la defensa de los ex militares acusados, entre ellos quien es señalado como el jefe de la represión en San Juan, Jorge Olivera, objetó que no sabían que el mandatario se presentaría y no interrogaron.
Al terminar su declaración, Gioja dijo “viva la libertad y viva la democracia”. Al salir dijo “me he sacado una mochila de encima” y le pidió a la prensa que no le haga preguntas, mostrándose sensibilizado. Esa mañana, el Gobernador tenía agendada una licitación de escuelas que estaba terminando cuando él salió de declarar. No fue.

Lo que dijo
“En algún momento me dejan tirado. El efecto de la picana a uno lo relaja, lo deja de cama. Y alguien me dijo ‘que entre Rosa Palacio’, mi mujer (se quiebra). Ahí pegué un grito, cómo habrá sido el grito que pegué que me llevaron de vuelta abajo. Y ahí me quedó en la cabeza que mi mujer estaba ahí. Por suerte después no estaba. Me acuerdo cuando estaba subiendo las escaleras escuchaba alaridos cuando nos picaneaban a nosotros nos ponían una estopa en la boca….”

“Cuando uno  está vendado se te adormecen las partes. Ellos no te soltaban nunca, hasta para orinar ellos te bajan la bragueta. Yo soy un creyente. Era el instinto animal que me hacía que prevalecieran las ganas de vivir. La segunda vez que me llevaron a interrogatorio me acuerdo de esto: había alguien que tomaba café y sentía el ruidito de la cucharita mientras me decía ‘Flaco Gioja vos creés que no le pedimos perdón a Dios por lo que hacemos acá’. Cuando me tocaban yo pegaba unos gritos en demasía porque me parecía que eso menguaba lo que me podían hacer”.

"Cuando fui a la Justicia Federal no podía ver a nadie y lo vi a mi viejo. Yo me acuerdo que estaba en el camión, y me acuerdo que venía un amigo por la vereda y cuando yo lo intenté saludar se pegó la vuelta. No debe haber sido un buen momento para él. A los dos o tres meses (de estar en el Penal)  lo más importante que me pasó fue que me dejaron ver a mi mujer y a mi hijo Gastón, me acuerdo que estaba grande, fue un momento muy lindo”.

“En ningún interrogatorio vi a nadie en ningún acto de tortura, nunca nadie me contó que había visto a nadie porque era siempre que decían 'contra la pared' y después capucha y manos atrás. Amalaya hubiera visto. Además, era inseguro mirar. A Olivera lo vi una vez en el pasillo por la mirilla de la celda. Sabía que era él porque los muchachos de la universidad lo conocían”.

“Había sesiones complicadas, de pegar en el estómago, en la parte de atrás de los riñones, el que venía contaba después lo que le había pasado. De no creer que los humanos podamos hacer estas cosas (…) es muy triste ver por la ventana de una celda llover, uno quiere disfrutar la lluvia (…) Cuando salí me fui con mi señora y mi hijo a comprar un helado al Soppelsa de la calle Mendoza, a 40 grados, viendo pasar la gente, eso es la libertad”.

“Intuyo que eran 2 ó 3 que estaban, me dan aparentemente un arma y alguno me gritaba de frente  ‘pegáte un tiro’ y yo tiré el arma lejos y dije que no, que Dios me había dado la vida… Yo acababa de tener mi primer hijo que nació en diciembre de 1975 yo pensaba que tenía que  vivir por mi hijo y por mi familia. Esto era lo que uno aguantaba en la primera sesión (de tortura)”.

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