La magaobra dejará el año próximo de ser un proyecto para convertirse en un hecho. Será seguramente la principal motivación para la gestión de Gioja, el horizonte ineludible. ¿Una razón para quedarse a cortar la cinta?
Por Sebastián Saharrea
Pocito tuvo la semana pasada uno de sus días para guardar en un cuadrito con la inauguración de un hospital. No cualquiera: un edificio que deslumbra, con aparatología que no está disponible siquiera en los más modernos centros privados y que obliga a rezar para que el personal esté a la altura y los pacientes también. A un costado estaba el vicegobernador Sergio Uñac, el intendente que consiguió el terreno y se embanderó con el proyecto, el mismo que recibió los elogios del ministro Balverdi y del propio gobernador Gioja. Los que lo conocen bien no dejaron de apuntar su felicidad, pero cierto rasgo de amargura por no haber podido ser él quien cortara la cinta de una obra clave para el departamento. Sí, fue el que militó como nadie por el edificio de salud que cambiará la ecuación de Pocito. Sí, recibió las palmadas en consecuencia. Sí, el actual intendente Aballay es la extensión de su brazo ejecutor. Pero no era él.
Agua Negra es proporcionalmente tan relevante para la provincia como el nuevo hospital para Pocito, o tal vez más. Y las sensaciones que atravesó el lunes pasado Sergio Uñac como invitado –preferencial, pero invitado al fin- a una fiesta de sensaciones ajenas, pueden aterrizar sobre Gioja si es que la obra comienza el año próximo y en los cinco años siguientes queda en situación de cortes de cintas. ¿Será ese un factor a tener en cuenta cuando el futuro político golpee la puerta?
Primero hay que sacar las cuentas. Con viento a favor, la obra se licitaría en el 2013 y comenzaría a fines de ese año o principios del 2014. Es una obra ciclópea, de una envergadura inédita para la provincia y posiblemente para región: 14 kilómetros de túnel de ida, y otros 14 de vuelta. Si el billete no falla -una auténtica lotería para el país pensar a 5 años vista, más aún con una obra binacional y hasta trinacional por la irrupción de Brasil-, las empresas no quiebran y los obreros no se resfrían, en 5 años estarán los trabajos a punto caramelo como para hacerse la ilusión inaugurarla. La cuenta da 2019.
Por cuerda separada, los tiempos políticos son los siguientes: el próximo recambio es en diciembre de 2015, y el mandato dura 4 años, es decir hasta diciembre de 2019. Justito como para suponer que el próximo gobernador será el que pueda inaugurar la obra estratégica más importante de la historia provincial, si se diera todo a favor.
¿Quién será ese futuro gobernador? Trazar suposiciones a seis años de distancia resulta una función más propia de la NASA, o de Hollywood y su ciencia ficción en todo caso. En cambio, pensar en el sucesor de Gioja ya parece algo más posible, especialmente porque ese partido se estará jugando a partir de un par de años más. Como mucho.
Hasta acá, hace falta puntualizar los aspectos legales. La última enmienda constitucional habilitó dos reelecciones –es decir tres gestiones- y Gioja ya transita por ésta última. Para considerar la posibilidad de un nuevo período haría falta una interpretación judicial sobre el momento desde el cual se computan los tres períodos habilitados por la reforma, y allí aparece una chance que deja con vida la posibilidad de que el actual mandatario decida ir por un período más. Pero para eso falta esa evaluación judicial, más otros ingredientes nada menores: la oportunidad política y la decisión personal.
Nadie de los alrededores disimula el contexto. Por eso, hay que hacer un esfuerzo grande para encontrar a algún funcionario que rechace de plano la posibilidad de un nuevo período, o no la contemple de manera elíptica en sus declaraciones, como para no quedar pegado al archivo. ¿Y qué dice Gioja? Absolutamente nada sobre el particular, aunque sí algunas frases sugerentes. Como que a los gobernantes los pone y los saca la gente con su voto, no las leyes. Claro que lo dijo respecto de una eventual movida de Cristina por su propia re-re.
Sobre ese escenario es importante analizar el impacto de Agua Negra sobre el futuro del gobernador. Primero que todo, porque con toda seguridad se convertirá en el estandarte del tiempo que le quede como funcionario. Sin acercarse siquiera a la presunción de que todo funciona de maravillas y no hay cosas por mejorar, cabe preguntarse cuánto es lo que efectivamente se puede ir a más desde el timón de la provincia: la respuesta, para Gioja y para cualquiera, es que una vez alcanzada la cima hay más chances de bajar que de seguir subiendo, y por lo tanto los tiempos pueden resultar ingratos.
Por eso una megaobra, que no sólo es eso sino el emprendimiento más faraónico, costoso, político y estratégico para la historia provincia, podrá ubicarse como motivación personal y política para un hombre que completará más de una década en el poder y que conserva un margen de aceptación sin parangón, pero al que no le haría ninguna gracia comerse esos ahorros.
Además de esa motivación especial, hay otro hecho ineludible que alienta la consideración de Agua Negra como orientador de los futuros pasos políticos de Gioja: en cualquiera de sus instancias, el avance de los procesos de licitación, adjudicación y construcción quemará las pestañas de más de uno. Demandará cada paso no sólo un master político para articular intereses y sobrepasar obstáculos, sino también pulso firme en la gestión. No será lo mismo, entonces, que todo ese proceso tenga o no de protagonista al gobernador sanjuanino.
Es ese un factor cuya relevancia irá creciendo con el tiempo en la política de entrecasa. Y que tendrá su gravitación en el momento en Gioja decida si genera un nuevo intento o entra a boxes y traspasa el testimonio. Si inclina la balanza para la primera de esas opciones, deberá tener en cuenta que no se trata de un camino de rosas sino más bien un recorrido plagado de incomodidades.
La primera es encontrar una línea argumental que lo saque de la presunción de que existen personas imprescindibles. La segunda, es cómo conjugar un verbo de rechazo natural. La reelección, una más, es un plato que suele caer indigesto, que genera rechazos automáticos se trate de quien se trate. Y por eso, habrá otros factores que saldrán a la cancha.
-Por ejemplo, la suerte de CFK. Si la presidenta decide avanzar con la reforma constitucional para su propia reforma, seguramente no estará el auditorio en condiciones de escuchar una vez más la palabra reelección. Ese eventual fastidio puede llegar a jugar un desgaste que vaya en contra de una eventual jugada local.
-Tampoco deberá entonces hacer flamear el gobierno local ninguna bandera reeleccionista. En esa hipótesis, se caen las chances de que los intendentes tengan posibilidad de filtrar en la agenda una enmienda para que los jefes comunales puedan tener una segunda reelección. Algo que, de ocurrir, debería consumarse a principios del año que comienza.
Y esperar. Si al fin y al cabo, a este juego siempre ganan los que tienen más paciencia.