Semanario Tiempo de San Juan

Dos festejos

Las elecciones del pasado domingo dejaron ensañanzas para todos: ganadores y perdedores. Tiempo de San juan revisa la historia, analiza los resultados, las acciones, reacciones y conductas que dejó la jornada cívica.
sábado, 29 de octubre de 2011 · 12:03
Por Sebastián Saharrea

ssaharrea@tiempodesanjuan.com

A la frondosa biblioteca de no almorzarse la cena o de no comerse el guiso antes de cazar la liebre, Gioja  acaba de agregar una sentencia de esas que sirven para la vida y también para dar explicaciones en la política: nadie está del todo muerto, ni del todo vivo.

Nada más lúcido que eso, especialmente en estos tiempos políticos tapizados de estrellatos efímeros o de muertos sepultados que hoy gozan de excelente salud. Y nada más ajustado para definir lo que ocurrió el mismo domingo ante nuestras narices: dos festejos, el de los que ganaron por un campo y el de los perdieron pero obtuvieron mucho más de lo que pensaban.
 
Un ganador rotundo, con record histórico de votos  y con varias y surtidas razones para andar de caravana hasta la madrugada, pero que se quedó con el gusto a fósforo por haber desenganchado varios vagones a su expreso arrasador. Paradógico: sacó Gioja más votos que nunca nadie pudo sacar jamás, ni en cantidad ni en porcentaje, pero conquistó con esos votos mucho menos espacio político que hace 4 años, cuando obtuvo 6 puntos menos pero se quedó con todos los municipios.

Y un perdedor anunciado, que ya un tiempo atrás había mandado a archivo el sueño de ganar el cargo mayor al menos por esta vez, y que se había propuesto como módico objetivo el de la subsistencia. Que firmaba cualquier contrato previo que le garantizara un municipio para encontrar cobijo hasta que pasara el huracán, pero el huracán pasó y no resultó todo lo arrasador que esperaban. Y que se encontró un esquema de poder que, lejos de calificarlo como sobreviviente, lo puso con rótulo de expectante.

Los dos cosecharon el domingo pasado una importante dosis de moralejas. Vamos por partes:
El oficialismo ha demostrado que dispone de un líder todopoderoso en materia electoral, pero demasiado solo. Que desde aquel magro 38% con que consiguió calzarse la banda gubernamental provincial en 2003 no ha hecho otra cosa que crecer, y que probablemente no haya encontrado todavía su punto más alto. Incluso, el 68% que captó el domingo pasado haya quedado desinflado frente al 72% que le auguraban las encuestas, y haya empañado otras lecturas. Como que se trató de un récord en democracia pasado por encima a un mito como es don Federico Cantoni en su elección de 1931 en que lo votaron casi todas las mujeres, que ejercían el voto por primera vez. O como que lo holgado del resultado haya desalentado a una franja que lo pensaba votar y se dejó arrastrar por candidatos a intendente opositores –arrastre invertido-, o que directamente no fue.

Pero lo que si dudas ha dibujado una mueca en medio del festejo fue la revelación con que se encontró el domingo: le cuesta a Gioja encontrar acompañantes en las cimas de los marcadores electorales. Él arrastra y muchos aprovechan, pero esta vez hubo algunos que se descolgaron de la línea de flote y terminaron hundidos.

Casi todos los candidatos en los departamentos tuvieron un menor rendimiento que el gobernador, lo que quiere decir que fueron cortados, voluntariamente o con alguna ayudita en el medio.  Salvo dos:  Mauro Marinero en Iglesia y Wbalberto Allende en 9 de Julio, quienes lograron más votos que Gioja, con lo que el cortado fue el gobernador. Será ese un dato que no querrán andar diciendo en voz alta.

Del resto, todos sacaron menos que Gioja. Con un dato adicional, doloroso en el oficialismo: la caída de cuatro intendentes –Angaco, Santa Lucía, Ullum y Zonda- y otro que pegó en el palo y salió –Valle Fértil- por haber sido cortados hasta en 20 puntos, y con Gioja midiendo aún allí por las nubes. La frase que más se escuchó en los rincones del PJ tenía lógica: hay que hacer fuerza para perder, con Gioja midiendo 70 puntos.

Y luego vino el gesto del Jefe. El de poner la cara en la tele y decir que pudo haberse equivocado en la designación de algunos candidatos,  un pasaje que hasta resultó piadoso con aquellos aspirantes que desperdiciaron semejante ventaja y pusieron incómodo al gobierno con derrotas territoriales imposibles.

La pregunta es, ¿se equivocó en la elección o no había demasiadas opciones más? Al menos, ninguno de los departamentos perdidos entregó la certeza de que algún fuera de serie no había sido tenido en cuenta. En cambio, sí sobrevoló la sensación de que la interna en cada distrito se cobró un alto precio. Es lo que se notó en Santa Lucía, con el intendente muy por debajo del diputado en un pliegue del voto que muy rara vez resulta cortado. ¿Guillotina?, ¿conspiración?, ¿operación?. Nada ilegal, por un lado, sí extremadamente llamativo.

Y en Zonda aparece imposible que Gioja mida alto y encima pierdan junto al Bloquismo, que supo ser gobierno y es patria chica del Chango Sancassani. Con el plus de Villalobo, concejal e ídolo –en el orden que quiera-, guillotinado sin piedad por las hordas de la tijera.

Tal vez Gioja se muestre impotente ante un resultado irreversible, aún ante su más grande éxito político. Pero ya nada puede hacer para cambiarlo. Sí tiene, en cambio, un puñado de cambios a disposición si es que quiere dar un puñetazo en la mesa: los de su equipo de colaboradores, el gabinete, entre quienes no abundan tampoco los que enriquecieron la campaña con algún aporte.

¿Serán los ministros quienes paguen los platos rotos, los que pongan el cuerpo a las intensas ganas del gobernador de cambiar algo que remedie ese error confesado de haber elegido mal? Es probable que, ante este nuevo tablero, la dimensión de los cambios en el gabinete crezca.
Al fin y al cabo, los ministros son tan producto de su elección como los candidatos.

Por el lado de Basualdo, el polo opuesto. El hombre había guardado con naftalina para otra primavera sus sueños de llegar algún día al máximo sillón del poder provincial, cuando lo sorprendió una noticia que no esperaba. Y era así,  no lo esperaba.

Y se encontró en el recuento del domingo a la noche con que no sólo había una buena en Santa Lucía –de donde sí esperaba algo- sino de tres distritos más. Bingo, habrá cantado, porque la cosecha no es poca si se contabiliza que fue obtenida con una votación general del 20%, y más si se cuenta que en la vereda de enfrente el gobernador hizo récord. Encima, 6 diputados proporcionales, dos más que en 2007 cuando sacó menos votos.

Además del número, tuvo otros dos motivos para descorchar. Uno, que la obtención de Santa Lucía no es poca cosa porque se trata de un municipio de los grandes. Que les permitirá establecer desde allí una cabecera de playa para proyectarse en próximos turnos, con el beneficio de que el municipio dispone de un poder de fuego y una envergadura nada despreciable.

Otro, que con Marcelo Orrego ha nacido una figura de recambio nada despreciable para el basualdismo, necesitado como casi todos pero ya al límite de la supervivencia de alguien que pueda tomar la posta del propio Basualdo. No había nacido hasta ahora –y muchos que tenían esa aspiración se han quejado diciendo que no los dejaron- una figura de recambio con las posibilidades de Orrego: de discurso simple, entrador, joven y de un futuro promisorio.

Todo ganancia desde esa óptica para Basualdo. Poder dejar en manos confiables un partido al que siempre trató con cariño pero al que siempre le faltó contención y contenido. Para lo primero podrá servir Orrego, mientras se gana tiempo para resolver el dilema de fondo, el de elaborar un discurso político a tono.

Fue tanta la euforia que no hizo ni falta hacer mímica para concretar lo que venía cantado de antemano: la renuncia de Guillermo Baigorrí y de Adriana Marino a la senaduría, que le dejaron el terreno libre a Roberto para seguir ocupando el sillón que más le gusta, la banca en el Senado.

Se podía haber supuesto que habría una demora prudencial, y hasta que Baigorrí llegaría a sentarse unos días. Pero no. Las ganas de dejar todo resuelto de antemano pudieron más que todo. Además del festejo, claro, que a veces nubla la vista.

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