El jornalero que le pegaba a la mujer y murió a garrotazos en manos de su hijastro en La Chimbera
Clemente Ceballos era violento con su pareja y con sus hijastros. Un día de 1975 volvió a emborracharse, otra vez le pegó a la mujer y pagó con su vida.
El título de un diario decía: “A garrotazos fue muerto un hombre en 25 de Mayo”. El otro periódico presentaba el caso como “Mató al padrastro en defensa de su madre”. En las dos publicaciones no hay fotos de ese jornalero que se emborrachaba y maltrataba a su familia. Tampoco de su hijastro, que un día se hartó del padecimiento de su madre y de ellos mismos y puso fin, de una manera cruel, a esa historia de violencia dentro de su casa en la localidad veinticinqueña de La Chimbera.
Aquel hecho sucedió en la siesta del domingo 19 de enero de 1975 en un rancho situado en la intersección de las calles 9 y 22 de la localidad veinticinqueña de La Chimbera. Una casa en donde un jornalero llamado Clemente Antonio Ceballos infundía el miedo como una práctica normal y convertía las vidas de su mujer y sus hijastros en una miseria cotidiana.
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La familia vivía cerca de la intersección de las calles 22 y 9, en La Chimbera.
Hacía años que Urbana Argentina Molina, viuda de Ferreyra, había formado pareja con Clemente Ceballos, pero lo que alguna vez soñó como un proyecto de familia terminó en una relación violenta que los asfixiaba cada vez más. Los vecinos solían contar que el hombre de 37 años era un vividor, que trabajaba muy de vez en cuando, que les quitaba el dinero que su mujer y sus hijastros ganaban en la cosecha y que se la pasaba bebiendo. Pero, para colmo de males, en esas borracheras el changarín se ponía violento y buscaba cualquier excusa para pegarle a la pareja. En ocasiones, las palizas también las recibían sus hijastros.
Los días dentro de esa precaria construcción de caña y adobe estaban marcados por la resignación y el interminable temor que regresaba con cada borrachera de Clemente. Su carácter y su debilidad por el alcohol lo convertían en una persona inestable.
Día fatídico
Ese sábado 19 de enero, el changarín desayunó a media mañana, después montó su caballo alazán y partió al trote rumbo a Las Casuarinas. Nunca daba explicaciones de nada; el único consuelo por esas horas, que generaba su ausencia, era que volvía la tranquilidad al hogar, aunque la incertidumbre se mantenía.
Clemente retornó cerca de las 13. Venía tambaleando sobre la montura. Otra vez estaba ebrio y con cara de malhumorado. Urbana le sirvió la comida y almorzaron junto con los hijos de ella, casi en silencio, mientras él gruñía y hablaba solo, como queriendo provocar. Los chicos luego se levantaron de la mesa y caminaron al patio.
Bernardo Ferreyra, el hijo mayor de Urbana, también se marchó y buscó a su amigo y vecino Bonifacio Quiroga para ir a refrescarse en un canal impermeabilizado que corría a 100 metros de la casa. El joven de 19 años trató de abstraerse del mundo, y en especial de su padrastro, sumergiendo su cabeza en el agua, pero poco le duró la tranquilidad.
titular
Así titulaba el diario Tribuna.
Al rato escuchó los gritos de su madre y vio a uno de sus hermanos que corría hacia él gritándole: “Vení. Vení. El Ceballos le está pegando a la mamá”. Bernardo salió del agua y encaró hacia el rancho. No sabía con qué se encontraría. Él mismo había probado la brutalidad de ese hombre, pero su condición de hijo mayor lo obligaba a actuar y a defender a su madre.
Cuando Bernardo entró a la casa, Clemente Ceballos dejó de castigar a Urbana y lo miró de forma altanera. La mujer aprovechó para escapar con sus nenes más chicos, mientras su hijo mayor miraba desafiante a su concubino. Este seguía insultando y maldiciendo a la mujer, pero también dirigió sus puteadas contra el jovencito por entrometerse. Después lo empujó con la intención de echarlo y lo estampó contra la pared.
Un joven enceguecido
En ese forcejeo, Bernardo sintió la impotencia guardada y el odio enfermizo que sentía contra su padrastro. El joven no hizo más que mirar a un costado y alzó un palo de chañar que tenían junto a la puerta. No lo pensó. Su bronca lo encegueció en esas milésimas de segundo y le lanzó un garrotazo en la cabeza a Clemente.
El jornalero dio unos pasos hacia un costado tratando de sujetarse hasta que se desplomó. Bernardo no permitió ni siquiera que intentara ponerse de pie. Apenas lo tuvo en el piso, le propinó un par de furiosos golpes directos en la cabeza y lo dejó moribundo.
Clemente solo largaba quejidos y una respiración dificultosa. El joven observó las heridas y la sangre sobre el rostro de su padrastro y entonces tiró el palo. El propio Bernardo les pidió a su mamá, a sus hermanos y a su amigo que no entraran a la casa y les dijo que iría a buscar a la Policía.
Ceballos fue internado la tarde del domingo 19 de enero de 1975 y murió en la madrugada del lunes 20 como consecuencia de las graves heridas que tenía en la zona del cráneo.
Minutos más tarde se presentó en la subcomisaría de Las Casuarinas y contó que había golpeado a su padrastro con un palo por defender a su madre. Les suplicó que llevaran la ambulancia. Al rato, Clemente Antonio Ceballos fue trasladado al Hospital César Aguilar. El changarín presentaba fractura y hundimiento de cráneo y no aguantó demasiado. En la madrugada del 20 de enero de 1975 falleció en una cama del nosocomio caucetero.
Los policías secuestraron ese garrote de madera de chañar y tomaron registro del lugar en el que se produjo el ataque. Todo coincidía tal cual lo había descripto Bernardo Ferreyra. Los testimonios de su madre, sus hermanos y su amigo se ajustaban al relato y la confesión del muchacho, de modo que su versión resultaba creíble. Los vecinos también fueron claves porque, a través de sus declaraciones, permitieron establecer que Clemente era un maltratador y constantemente golpeaba a Urbana y a sus hijos.
La sentencia
Las pruebas llevaron al juez del caso a sostener que el joven cometió el asesinato en estado de emoción violenta. Y esto lo plasmó luego en la sentencia: “Considero que, en el caso en cuestión, el elemento subjetivo se dio por cuanto el acusado, desde pequeño, viene presenciando una serie ininterrumpida de ataques violentos de los que fueron objeto su madre, sus hermanos y él mismo de parte de su padrastro, quien además explotaba a su familia”.
“La agresión que sufre su madre el día del hecho es la gota que colma su capacidad de padecimiento, desencadenándose los hechos y así es como luego, por defender a su madre, el acusado ataca a la víctima de forma desordenada y torpe, y en medio de una gran ofuscación”, señaló el dictamen del juez Arturo Velert Frau.
En relación al elemento objetivo destacó que “si bien el accionar de Ferreyra no es imitable, el mismo, en las circunstancias en que ocurrió, es explicable, comprensible, pudiendo llegar a comprender las circunstancias que le tocó vivir al acusado, persona, por otra parte, inculta y producto del ambiente en donde se desarrolla su vida, lugar donde los sentimientos primarios del ser humano, como es el amor por una madre, se exaltan de sobremanera”.
Con estos fundamentos, el juez del Quinto Juzgado en lo Penal ratificó la calificación del delito bajo la figura de homicidio en estado de emoción violenta y, el 3 de mayo de 1977, condenó a Bernardo Ferreyra a 2 años de prisión. Ese día, la pena se dio por cumplida y el joven volvió a reencontrarse con su madre y sus hermanos en La Chimbera.
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FUENTE: Sentencia del Quinto Juzgado en lo Penal del Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.