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Historias del Crimen

Un comerciante devenido en ladrón, el frustrado asalto al banco de Albardón y un policía asesinado

El 26 de julio de 1963, un comerciante de nombre Oscar Escudero intentó robar en la sucursal del Banco San Juan en Albardón. No logró consumar el atraco, mató a un agente y terminó preso.

Por Walter Vilca

El disfraz era burdo y poco creíble. Con un trozo de cuero se fabricó una barba con bigotes y unas patillas que pegó con cola en su rostro para cambiar su aspecto. También se puso una cinta adhesiva blanca en la nariz, a modo de curita. Lentes negros, una boina y una chalina que le cubrían la espalda para mostrarse como un parroquiano más.

Aquella madrugada del 26 de julio de 1963, Oscar Marcelo Escudero se preparó como quien se alista para su gran y última función. Lo tenía todo pensado, incluso si fallaba. En la habitación del Residencial Austria, donde estaba hospedado, dejó una carta de despedida dirigida a sus hijos. En ese papel les pedía perdón y les decía que no lo recordaran por lo que iba a hacer. En otra parte de la misiva trató de exculparse y repartió culpas: “Que la responsabilidad caiga sobre quienes me despojaron de todo y me negaron apoyo”.

EScudero, Tribuna
Oscar Escudero, el comerciante y empresario devenido en asaltante.

Oscar Escudero, el comerciante y empresario devenido en asaltante.

El comerciante abandonó el residencial de calle Sarmiento, casi 25 de Mayo, de la capital sanjuanina, y enfiló a pie hacia la zona de Concepción. A sus 45 años todavía lo acompañaba su estado físico, de modo que trepó la pared del frente del Taller Magrini y Caleatelli, en la calle Catamarca, y entró al galpón. Desde adentro abrió el portón y se robó el Fiat 1100 que el día anterior había sido dejado por Beatriz Barassi por un pequeño desperfecto.

El coche andaba a la perfección. Tomó en dirección a la avenida Rawson y continuó por la ruta nacional 40 rumbo a Albardón. En ese trayecto pensaba en su desventura y las vueltas de la vida, mientras un viento helado le quemaba la cara esa mañana de invierno. Recordó con pena sus años de oro, los del próspero empresario y socio de la conocida tienda sanjuanina “Escudero, Alonso y Bistué”. En ese efímero viaje a la nostalgia, los ojos también le brillaron al pensar en su desgraciado presente, los malos negocios, los cheques sin fondos que lo metieron en problemas con la Justicia y las deudas que lo apremiaban.

Banco, Tribuna
La vieja sucursal del Banco San Juan en Albardón. Foto de diario Tribuna.

La vieja sucursal del Banco San Juan en Albardón. Foto de diario Tribuna.

A poco de cruzar el puente de hierro de Albardón, sacudió la cabeza para volver en sí y dejar atrás aquel pasado. Debía continuar con el plan y no desconcertarse, se dijo. Así fue que entró al poblado y más tarde estacionó el Fiat en proximidades de la esquina de las calles Sarmiento y Tucumán. Escudero caminó y se paró frente a la puerta de la sucursal del Banco San Juan para dar comienzo a su propia función, y no precisamente artística.

Eran pasadas las 7.30 y no observó movimientos en la sede bancaria. Solo vio a un joven apostado cerca de la entrada, que todavía permanecía cerrada. “¿Sos policía?”, preguntó. Ese muchacho era Guillermo Valdez, quien respondió con un “no”, mientras movía la cabeza, extrañado por la consulta. “Entrá, entrá”, ordenó el comerciante al ocasional cliente. Pero este intentó abrir la puerta y constató que se encontraba cerrada. La sucursal aún no estaba habilitada a la atención al público.

Valdez
Un grupo de policías entrevistó después a Guillermo Váldez, el joven cliente que dio aviso a la Policía. Foto de Diario de Cuyo.

Un grupo de policías entrevistó después a Guillermo Váldez, el joven cliente que dio aviso a la Policía. Foto de Diario de Cuyo.

Escudero pegó la vuelta y se dirigió hasta el auto para aguardar un rato más. Valdez se quedó intrigado con él, así que lo siguió disimuladamente para ver qué hacía. En realidad, le había llamado la atención la apariencia de aquel hombre que cargaba un envoltorio de papel. Su rostro no parecía natural; la barba y el bigote no le resultaban reales. Los lentes y la cinta adhesiva despertaron sospecha en el muchacho, que regresó por su bicicleta y partió hacia la Comisaría 18ª.

En la seccional habló con el oficial de guardia Fredy Rodríguez y le contó el sospechoso encuentro con ese desconocido de barba, bigote, lentes negros y boina. “Me parece que es un ladrón y van a robar el banco”, expresó Valdez. El policía lo miró incrédulo, pero, para cerciorarse, ordenó a los agentes Antonio Florencio Flores y Eduardo Aguirre que partieran a la sede bancaria a constatar si estaba todo en orden. El último de los agentes debía hacer vigilancia en la casa crediticia a partir de las 8, así que se apresuró.

Aguirre
El agente Eduardo Aguirre, foto de Diario de Cuyo.

El agente Eduardo Aguirre, foto de Diario de Cuyo.

Los dos uniformados salieron a pie hacia allá, aunque íntimamente pensaban que era una falsa alarma. Para entonces ya habían abierto las puertas del banco. Escudero fue uno de los primeros en entrar y se dirigió a la gerencia. A la par ingresó un cliente, Antonio Almenzar, que encaró hacia atención al público.

Escudero se asomó por la puerta de la gerencia y observó a Luis Tello, sentado leyendo unos papeles. El comerciante abrió la bolsa de papel, sacó el revólver Colt calibre 38 y se le acercó al directivo bancario. “No te movás. Rápido, dame la plata”, ordenó. El gerente no entendía lo que pasaba con esa persona que le hablaba, pero luego abrió grandes los ojos y se puso de pie cuando le vio el arma de fuego.

Tribuna, auto
El auto que había sustraído Escudero. Foto de diario Tribuna.

El auto que había sustraído Escudero. Foto de diario Tribuna.

El asaltante sacó a Tello con el revólver apoyado en su espalda y juntos buscaron a Antonio Castillo, el encargado de la tesorería. “No se muevan. No quiero matar a nadie”, dijo amenazante. El tesorero no lo tomó en serio o confió en que podía manejar la situación y respondió: “Mirá, acá no hay plata”, a la vez que abrió una caja fuerte para mostrarle que no había un peso.

Esto último enfureció a Escudero, que le respondió con un duro golpe en el hombro y ordenó que fuera a abrir la bóveda principal del banco. Y para demostrarles que hablaba en serio, encañonó a Castillo y a Tello en sus cabezas. Segundos después, el gerente y el tesorero cruzaron el salón principal del banco con las manos arriba, con el comerciante devenido en asaltante por detrás y apuntándoles con el revólver. Los otros siete empleados del banco y el cliente, Almenzar, quedaron boquiabiertos con la escena. “Nadie se mueve. No quiero matar a nadie”, repitió Escudero.

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Frente a la bóveda, Castillo fingió no saber cuál era la llave con tal de hacer tiempo. A todo eso, los empleados que estaban junto a la ventana empezaron a hacer señas a los pasajeros de un colectivo que justo se había detenido en la parada de la esquina para avisarles que los estaban asaltando. Un policía que viajaba en el micro se percató del pedido de auxilio que venía del interior del banco y ordenó al chofer que detuviera la marcha. Para entonces ya habían llegado los agentes Aguirre y Flores. Este último permaneció en la puerta. El otro entró y los empleados le indicaron que el ladrón estaba con el gerente y el tesorero en una oficina.

Arma, Cuyo
El arma, los lentes y las demás cosas que llevaba el ladrón. Foto de diario Tribuna.

El arma, los lentes y las demás cosas que llevaba el ladrón. Foto de diario Tribuna.

Aguirre se paró en la puerta de esa oficina y le gritó a Escudero: “Bajá el arma, te tengo encañonado”. El comerciante apenas se dio vuelta, le largó un tiro que no llegó a dar en el blanco. El agente reaccionó rápido y se le tiró encima para tratar de arrebatarle el revólver. Por detrás apareció Flores, que escuchó el disparo y entró a ayudar a su compañero.

Flores agarró por atrás a Escudero, que peleaba con el otro agente y no soltaba el revólver. En ese instante se escuchó el segundo balazo, que impactó en el pecho del policía Aguirre y lo dejó tendido. Pero no todo quedó allí. El comerciante se envalentonó, apuntó hacia atrás y efectuó un tercer disparo contra el uniformado que lo sujetaba por la espalda. Sin embargo, este no lo soltó y ambos cayeron.

Agente Flores
El agente Flores se salvó de milagro y no resultó herido. Foto del diario Tribuna.

El agente Flores se salvó de milagro y no resultó herido. Foto del diario Tribuna.

La pelea continuó en el piso hasta que intervino Almenzar, quien corrió a colaborar con Flores y le lanzó un par de patadas a Escudero. “¡No hagas macanas! ¡Soltá el revólver!” En ese preciso instante, el comerciante entendió que estaba perdido y no tenía escapatoria. “¡Qué barbaridad! ¡Yo no quería hacer esto!”, exclamó casi suplicando. Segundos después empezó a recibir golpes de todos lados hasta que lo pusieron boca abajo y lo esposaron.

Esa fría mañana del 26 de julio de 1963, Albardón estuvo en el centro de la escena provincial. Aguirre fue trasladado de urgencia a la guardia del Hospital Guillermo Rawson, pero no pudieron salvarlo. La herida de bala en la zona del tórax provocó su deceso en cuestión de minutos. El que vivió un verdadero milagro fue Flores, que solamente sufrió una lesión superficial como consecuencia del impacto del proyectil, que no ingresó en su pecho. La ropa que llevaba el policía y la corta distancia hicieron que la bala no tomara fuerza. De hecho, cuando el policía se levantó la campera y las demás prendas, el plomo cayó al piso.

Escudero, Cuyo

Las fotos de los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo registraron el momento en que el comerciante devenido en ladrón era trasladado a la comisaría con el rostro ensangrentado producto de la paliza. Lo único que Escudero alegó en su defensa fue que estaba quebrado económicamente y por esa razón se propuso robar el banco, pero el plan siempre fue no lastimar a nadie.

Escudero fue acusado de hurto de automotor, robo en grado de tentativa, desobediencia a la autoridad, en concurso ideal con los delitos de homicidio simple y homicidio en grado de tentativa. El comerciante quedó alojado en la cárcel pública y recién fue juzgado en 1968. En su defensa dijo que estaba arrepentido. El 25 de marzo de ese año, el juez Wilson Vaca lo declaró culpable y lo condenó a la pena de 12 años de prisión.

FUENTE: Sentencia del Segundo Juzgado del Crimen del Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.

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