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Historias del Crimen

El fallido robo que terminó con el asesinato de una anciana en Villa del Carril

Una noche de marzo de 2009, tres jóvenes entraron a robar a la casa de dos ancianos en Villa del Carril, Capital. La dueña de casa terminó golpeada y asfixiada, y no robaron nada.

Por Walter Vilca

Estaban cebados por el alcohol y la urgencia de obtener dinero para seguir tomando. Mientras charlaban y se pasaban el vaso, uno de los jóvenes tiró la idea: “Ché, está bueno entrar a robarles a estos viejos, viven solos”. Sería fácil, aseguró, y propuso un plan. Este consistía en treparse al techo y meterse a la casa por el fondo. Los abuelos ni se despertarían, especularon. Pero lo que parecía sencillo se les fue de las manos y el robo terminó en una golpiza feroz y en un asesinato.

Aquel crimen ocurrió la madrugada del lunes 30 de marzo de 2009 en una vivienda de calle Elcano, en Villa del Carril, Capital. Pero la historia comenzó la tarde noche del domingo 29 de marzo, con un grupo de jóvenes que, como muchas otras veces, se dieron cita en la esquina de esa calle y Pedro de Valdivia, y abrieron unos vinos.

Ancianos juntos
Irene Ochoa y Vicente Castillo en una fiesta familiar. Foto publicada en Diario de Cuyo.

Irene Ochoa y Vicente Castillo en una fiesta familiar. Foto publicada en Diario de Cuyo.

Entre ellos estaban Nelson Mauricio Fonzalida, Dimas Paul Valdez y otros muchachos. A metros de allí vivían Irene Andrea Ochoa, de 85 años, y su pareja, Vicente Edmundo Castillo, de 80, dos jubilados muy queridos por los vecinos. La mujer mayor tenía más de seis décadas en el barrio y era íntima amiga de la abuela de Fonzalida, a quien conocía desde que nació.

Entre vino y vino, los jóvenes fueron perdiendo la noción del tiempo. El calor hacía difícil pasar el trago, así que cada tanto Fonzalida se cruzaba hasta la casa de doña Irene y le pedía hielo para refrescar los vasos. La mujer lo apreciaba y no le iba a negar el favor.

A la medianoche, el alcohol ya había hecho efecto en el grupo de amigos, pero el vino se había terminado. Fue entonces cuando, en voz baja, uno de ellos deslizó la idea de que los abuelos guardaban plata de la jubilación y que podían entrar a la casa. Los abuelos estaban solos y, si no hacían ruido, no tenían por qué despertarse. Nadie se opuso. El plan se tejió en ese instante: la acción consistía en entrar a la vivienda por la puerta del fondo, manotear la plata que encontraran y escapar.

Frente de la casa
La casa de la calle Elcano, a poco de conocerse del hallazgo del cadáver de la anciana. Foto de Diario de Cuyo.

La casa de la calle Elcano, a poco de conocerse del hallazgo del cadáver de la anciana. Foto de Diario de Cuyo.

Los mentores, o los que se prendieron en la idea, fueron Nelson Fonzalida, Dimas Valdez y otro joven cuyo nombre nunca se supo. En los primeros minutos del lunes 30 de marzo de 2009, el trío caminó hasta la casa de los ancianos y puso en marcha su plan criminal.

Los tres treparon un árbol, alcanzaron el techo de la casa de Irene y bajaron por los fondos de la vivienda. La puerta que comunicaba el patio con el interior estaba entreabierta, así que entraron sigilosamente. Fonzalida hizo la punta; después lo siguió Valdez. Más atrás, también en las penumbras, iba el hasta hoy desconocido.

Don Vicente roncaba, pero Irene escuchó un ruido que venía del fondo y se levantó en la oscuridad. La mujer caminó asustada hacia la parte trasera de la casa y prendió la luz. Ahí pegó el grito cuando se encontró de frente con los tres jóvenes ladrones. Fonzalida forcejeó con ella y, con sus manos, le tapó la boca y la nariz para que no gritara más. Tan fuerte fue la presión que la anciana perdió su prótesis dental. Después vino lo más cruel: los golpes y la propia fuerza aplicada sobre las vías respiratorias de la abuela hicieron que esta se desplomara. Irene quedó tendida en un pasillo, boca abajo y sin aliento.

Irene Andrea
Doña Irene Ochoa, la víctima fatal de aquel frustrado robo. Foto publicada en Diario de Cuyo.

Doña Irene Ochoa, la víctima fatal de aquel frustrado robo. Foto publicada en Diario de Cuyo.

Casi a la par, Vicente Castillo luchaba por su vida. Los ruidos y el grito de Irene lo sacudieron en la cama, pero no tuvo tiempo de ponerse de pie. Valdez se le tiró encima y le puso una almohada sobre la cabeza para inmovilizarlo. “Me apretaban la cabeza con algo blando, me faltaba el aire”, declararía después.

El joven lo insultaba y amenazaba, exigiendo que entregara la plata. Mientras tanto, el tercer ladrón revisó los roperos y los otros muebles en busca de un dinero que no encontró. Como mucho, logró agarrar cien pesos, pero ya no había vuelta atrás. El horror se había apoderado de la casa.

Valdez tiró de la cama a Vicente Castillo y lo dejó malherido y en shock. El abuelo era diabético y terminó boca abajo, inconsciente y con una colcha arriba. En otra parte de la casa estaba Irene, tirada en un pasillo y ya muerta. Eso fue lo que dejaron a su paso Fonzalida, Valdez y su cómplice, que escaparon por el fondo y el techo amparados por el silencio y la oscuridad de esa madrugada.

Vicente Castillo
Vicente Castillo mientras era atendido por los médicos en su casa. Foto de Diario de Cuyo.

Vicente Castillo mientras era atendido por los médicos en su casa. Foto de Diario de Cuyo.

A la mañana siguiente, una nieta de Irene pasó por la casa y tocó el timbre, pero nadie salió a atender. La chica regresó cerca del mediodía y se encontró con el mismo panorama. Todo estaba cerrado y los vecinos no habían visto salir a la pareja de ancianos. Llamó al teléfono fijo, pero tampoco obtuvo respuesta. Otros familiares insistieron con otras llamadas y no hubo caso.

Un sobrino nieto regresó alrededor de las 14 del lunes 30 de marzo de 2009 y tocó la puerta insistentemente. En un instante creyó escuchar una voz. Al segundo se dio cuenta de que eran los gritos ahogados del abuelo de 80 años: “Hemos tenido problemas con ladrones”, alcanzó a oír. El mismo muchacho pidió permiso al vecino y cruzó la medianera trasera para entrar a los fondos de la casa de sus abuelos. Lo primero que vio fue a Irene Ochoa boca abajo en el pasillo, inmóvil y sin signos vitales. Más adentro, en la habitación, encontró a Castillo aturdido, ensangrentado y sin poder levantarse del piso.

El anciano sobrevivió, pero presentaba golpes en la cara y en la cabeza. El médico legista le detectó cuatro arañazos entre los omóplatos y raspones en muñeca y rodilla, según la causa judicial. Irene Ochoa no tuvo chances. La autopsia reveló múltiples hematomas en rostro y cráneo, fracturas en dos costillas y lesiones en los pulmones. La causa de muerte fue asfixia por sofocación, certificó la forense.

Nelson Fonzalida
Nelson Fonzalida, el autor del asesinato. Foto de Diario de Cuyo.

Nelson Fonzalida, el autor del asesinato. Foto de Diario de Cuyo.

La Policía constató que el portón del frente seguía cerrado con candado, mientras que la puerta trasera estaba abierta y las luces interiores encendidas. Tres huellas marcaron el caso desde aquella mañana: la prótesis dental de Irene en el patio, la puerta entreabierta y los rastros de los ladrones asesinos.

Las capturas de Fonzalida y Valdez se produjeron ese mismo lunes 30 de marzo en Rawson. Es que los dos jóvenes habían sido vistos esa noche bebiendo en la esquina. Además, una vecina contó a los policías que observó que uno de ellos hasta fue a pedirle hielo a doña Irene.

Los exámenes médicos revelaron que Fonzalida tenía unos rasguños recientes. Ese dato fue determinante en la investigación. El equipo forense tomó restos de las uñas de la abuela asesinada y realizó un cotejo de ADN con muestras extraídas al joven. El estudio científico fue contundente: encontraron una coincidencia con su perfil genético. La probabilidad de error fue de 1 en 1,795 billones, según el informe.

Dimas Valdez
Dimas Valdez, acompañado por un policía, tras la sentencia. Foto de Diario de Cuyo.

Dimas Valdez, acompañado por un policía, tras la sentencia. Foto de Diario de Cuyo.

Fonzalida y Valdez se cerraron en que no tenían nada que ver con el robo y asesinato, pero esa negativa no duró por mucho tiempo. Las pruebas los arrinconaron. Luego admitieron que entraron a robar a la casa, pero aseguraron que ellos no mataron a la abuela ni golpearon al anciano. Reconocieron que forcejearon.

Durante la investigación, Fonzalida confesó que sujetó a Ochoa y le tapó la boca “para que no gritara”, pero que después cayeron al piso y ahí la dejó. Su defensa sostuvo que fue un accidente, que las lesiones que tenía la víctima fueron producto de la caída y que se asfixió porque quedó en decúbito ventral. Por su parte, Valdez reconoció haber reducido a Castillo y sostuvo que “solo íbamos a robar”. En el expediente quedó flotando la sombra del tercero que nunca fue identificado.

En marzo de 2011, los jueces Eugenio Barbera, Alfredo Conte Grand y Héctor Fili, de la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional, condenaron a Nelson Mauricio Fonzalida y a Dimas Paul Valdez a 15 años de prisión como coautores de homicidio en ocasión de robo. Ninguno contaba con antecedentes penales. De acuerdo con el cómputo de pena, en septiembre de 2016 cumplieron la mitad de la condena, en 2019 empezaron a salir con libertad condicional y en marzo de 2024 se la dieron por cumplida.

FUENTE: Sentencia de la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional del Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de Diario de Cuyo, hemeroteca de la Biblioteca Franklin y Archivo General de la Provincia de San Juan, y testimonios de policías que trabajaron en el caso.

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