Historias del Crimen

El sanjuanino que mató a la mujer de 23 cuchillazos y la culpó a ella, hasta el último día del juicio

Fue el estremecedor caso de una joven que se casó con 14 años, que tuvo 5 hijos y fue asesinada por su esposo en un residencial de Diagonal Don Bosco, en Trinidad, una mañana de 1970. El hombre responsabilizó del crimen a la propia chica, por supuestas infidelidades.
domingo, 13 de junio de 2021 · 10:07

A quién creerle. A él, que siempre señaló a su mujer como una infiel y despreocupada por sus hijos. A ella nadie la escuchó. Porque una mañana de enero de 1970, la pareja volvió a discutir en la casa que compartían en Trinidad y el hombre la silenció para siempre propinándole 23 cuchillazos.

Mirando el caso después de casi 50 años, bien podría calificarse aquel hecho como un alevoso femicidio. O no. Muchas detalles y entretelones quedaron sepultados en esta dramática historia de versiones a medias y de muchas víctimas. La principal, Lidia Renée Mattar, la joven que murió desangrada por el furioso ataque de su esposo. Sus cinco pequeños hijos, que perdieron a su madre y padecieron las consecuencias de la tragedia familiar. Y también por qué no, Froilán Nicolás Herrera. Ese papá y esposo que, enceguecido por su despecho y su carácter violento, asesinó a la mujer que decía amar.

 

La víctima. Lidia, la joven asesinada. Foto publicada en Diario de Cuyo.

 

En los registros periodísticos y judiciales en torno al caso, Froilán Herrera aparece como el responsable secundario de todo. Casi como la víctima que fue llevado a cometer este crimen. Poco se dice sobre todo lo que quizás sufrió Lidia durante los 12 años de convivencia con este hombre.

Si era casi una niña cuando lo conoció y supuestamente se enamoró de él. Tenía tan sólo 14 años en el momento que contrajo matrimonio con Herrera, de 24 años. Ambos se casaron en diciembre de 1957. El, empleado público. Y ella, ama de casa y con la responsabilidad de cuidar a sus hijos. A los 25 años, ya era madre de cinco niños.

Sólo ellos saben cómo era la vida de ambos y sus desencuentros. Pero al parecer andaban mal de hace tiempo. Estuvieron viviendo unos años en el barrio Capitán Lazo en Rawson. Por lo que contaba Herrera, los problemas eran continuos y todo empeoró cuando se enteró que Lidia lo engañaba con un vecino. Eso provocó la separación en 1969.

 

El asesino. Froilán Herrera. Foto publicada en Diario de Cuyo.

 

Herrera llevó a sus hijos más chicos con su mamá, en La Rioja, y se quedó con el mayor. A Lidia la dejó sola. Él aseguraba a todos que ella era despreocupada, que desaparecía durante días y no atendía a los niños. Igual la buscaba para reconciliarse.

A los meses volvieron a encontrarse e intentaron rehacer su vida juntos. Para ello alquilaron una casona en la Diagonal Don Bosco, en Trinidad, donde habilitaron habitaciones y abrieron un residencial. Pero nada cambió, las discusiones y peleas se sucedían a menudo. En ocasiones, Lidia pasaba la noche a un inquilinato en Villa Marini en Santa Lucía.

Herrera no se dio por vencido y la buscó otra vez. Pidió que volviera y le propuso que se mudaran del todo a La Rioja para empezar de nuevo. Lidia supuestamente aceptó y regresó al residencial de Don Bosco. Allí estuvieron un par de días hasta que llegó la fatídica mañana del 22 de enero de 1970.

 

Foto publicada en Diario de Cuyo.

 

Amanecía y la pareja se levantó temprano. Una chica de apellido Tobares, que esa noche se hospedó en el residencial, relató que se despertó por los gritos y la discusión del matrimonio. Contó que no salió de su pieza por miedo, pero escuchó que Lidia decía que iba a marcharse y después empezaron los gritos producto de los golpes que le daba Froilán. Describió que oyó corridas y las súplicas de la joven mujer que para ese momento era atacada a cuchillazos por su marido. Todo indica que el hombre agarró un cuchillo tipo carnicero y la persiguió dentro de la casa hasta matarla.

Otra testigo fue Dora Salomé Sánchez, la empleada de limpieza. Esta mujer aseguró que sintió los desgarradores alaridos de Lidia y sus pedidos de auxilio. Que entró a la casa, que vio a la chica de rodillas, con el cuerpo ensangrentado, y a su lado a Froilán con un cuchillo en una mano. “Salvame Dora… Salvame”, rogó la víctima cuando la vio, explicó. El hombre repetía: “Viste lo que me obligaste a hacer”, mientras ella pedía que dejara de acuchillar a su esposa, según relató la testigo.

Dora Sánchez salió a buscar a la Policía. Entre tanto, Herrera se cambió de ropa y encaró hacia la Central de Policía, donde se entregó y puso en manos de los uniformados el arma homicida. Un cuchillo con una hoja metálica de 33 centímetros. Más tarde, los policías arribaron al residencial de Diagonal Don Bosco y encontraron el cadáver de Lidia Mattar. El médico legista que examinó el cuerpo contabilizó un total de 23 heridas corto punzantes. Los puntazos mortales fueron en la zona del tórax. También tenía lesiones en las manos, lo que daba a entender que la víctima intentó cubrirse.

 

El juicio. Herrera junto a su abogado defensor. Foto publicada en Diario de Cuyo.

 

Los uniformados que tomaron contacto de Herrera señalaron que éste se encontraba shockeado y perdido. En su declaración trató de justificarse. Aseguró que sólo quería que sus hijos tuvieran una madre y que él siempre procuró recomponer la relación, pero Lidia estaba empecinada en desentenderse de la familia. La responsabilizó de lo sucedido. Trató de hacerla ver como una mujer infiel y llegó a decir que todo se desencadenó esa mañana a raíz de que ella le expresó que los niños más pequeños no eran sus hijos. Que eso lo enloqueció. Pero claro, era su versión. Eso no lo salvó de la detención y de la acusación de homicidio agravado por el vínculo.

El juicio oral y público realizado entre fines de octubre y los primeros días de noviembre de 1971, fue la oportunidad para que la defensa desplegara toda su estrategia en pos de reforzar la teoría de que la mala era Lidia. El fiscal Jorge Furque, en cambio, no puso en tela de juicio la vida de la víctima y achacó a Herrera su accionar desproporcionado y demencial. Así fue que buscó remarcar las pruebas que respaldaran el asesinato y pidió la pena de prisión perpetua para el acusado.

 

El último día del juicio. Foto de diario Tribuna.

 

La defensa directamente victimizó a Herrera. Entre otros testigos, llevó a un hombre que reconoció haber sido el amante de Lidia y a un compadre del acusado que afirmó que la joven concurría asiduamente a un bar o se juntaba con otros hombres. Además, hizo comparecer a un psicólogo y docente de la Universidad Católica de Cuyo que asistió al acusado. Este profesional aseguró que Herrera padecía signos de epilepsia y era posible que, al momento del asesinato, no comprendiera la criminalidad de sus actos.

Esto inclinó la balanza en favor de Froilán Herrera. Los medios se ocuparon en resaltar todos esos datos, que ponían más en cuestionamiento a la víctima que al asesino. Los jueces Carlos Graffigna Latino, Alejandro Martín y José Hidalgo valoraron las pruebas y los testimonios y fueron para ese lado. El 2 de noviembre de 1971 dieron su veredicto. En su dictamen declararon culpable a Froilán Herrera por el delito homicidio agravado por el vínculo, pero en circunstancias extraordinaria de atenuación. Es decir, dieron por acreditado que actuó fuera de sus cabales y por una situación no desea. La pena fue 8 años de cárcel.

Leyenda

 

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