un golpe silencioso

A 21 años del "Robo del Siglo sanjuanino", el atraco perfecto contra el Banco Galicia

La Policía nunca logró capturar a los cinco ladrones que protagonizaron el asalto ni tampoco la entidad bancaria recuperó los 2 millones y medio de dólares robados. Cuando la realidad supera a la ficción.
lunes, 3 de febrero de 2020 · 23:23

¿Quién iba a imaginar que, durante la calurosa siesta del verano sanjuanino, una banda de delincuentes daría el golpe perfecto en un banco de la ciudad y que ninguno de ellos, hasta hoy, pagaría por eso? Sólo una mente maestra pudo cranear el plan que 21 años después despierta la admiración de cualquiera que sueña con protagonizar semejante atraco: el robo al Banco Galicia en San Juan. 

A pocos días del violento asalto en el Banco Nación en provincia de Buenos Aires en el que un cajero murió de un disparo y luego del estreno de la película 'El Robo del Siglo', con ribetes de la historia que se anclan en la provincia, resulta inevitable recordar el episodio de similares características que tuvo lugar en la sucursal situada en la esquina de Gral. Acha y Rivadavia, cuyo botín fue de 2.600.000 de dólares, pues era la época del uno a uno.

Sin heridos, ni disfraces, cinco sujetos encarnaron un golpe silencioso que terminó con una fuga que no generó sospechas y que recién alertó a las autoridades cuando los responsables ya habían desaparecido de las inmediaciones. Más de 20 años después, las fuerzas que investigaron el hecho siguen sin tener una sola pista de quiénes fueron los ladrones que perpetraron la embestida.

El golpe, minuto a minuto

El 15 de enero de 1999 a las 14.40, en plena siesta sanjuanina y con un centro desolado, cuando la entidad ya había cerrado sus puertas para la atención al público y el camión blindado de la empresa Juncadella había descargado el dinero recaudado, un hombre que aparentaba ser cliente acusaba con insistencia inconvenientes con su tarjeta y el cajero automático y, por ello, uno de los empleados -que lo observaba a través del blindex- se acercó para ayudarlo. Abrió la puerta y fue entonces cuando se vio sorprendido por otros dos sujetos que ingresaron a la fuerza al local, a punta de pistola. 

Armados hasta los dientes -con escopetas Itaka y fusiles FAL-, los asaltantes amenazaron a los empleados mientras que los dos restantes custodiaban el ingreso: uno quedó en la zona de cajeros y el otro en la vereda. Enseguida, los ladrones -entre ellos quien simuló ser un cliente- encañonaron y redujeron al adicional de policía a cargo de la seguridad del lugar, Gabriel Ignacio Olivares, quien más tarde sería hallado culpable y condenado por la Justicia como cómplice del asalto. 

Según consta en los reportes policíacos, Olivares violó el reglamento de seguridad ya que debía permanecer en la garita de vigilancia pero al momento del asalto se encontraba en el salón al igual que el resto de los 14 trabajadores. Luego, se dirigieron hacia el sector de las cajas donde los empleados todavía realizaban el arqueo, los doblegaron y, con el tesorero como rehén, fueron conducidos hasta la bóveda, pues él era el único que tenía la clave para abrirla. 

La actuación del encargado fue determinante en el golpe, ya que pudo colocar una clave que daba aviso inmediato a la Policía y con ello la historia habría sido distinta. Sin embargo, prefirió usar una sin efecto secundario, posiblemente presionado por un arma que apuntaba su cabeza. 

Tal y como lo describe Omar Garade en su nota 'Un mundo perfecto', en dos grandes bolsos los ladrones cargaron 2.243.567 pesos y 231.267 dólares. De inmediato, fueron hasta el subsuelo y se llevaron la videograbadora que contenía el casete con las imágenes de las cámaras de vigilancia que habían captado todo lo sucedido.

Para los delincuentes, la prueba del delito era vital ya que habían actuado a cara descubierta, aunque más tarde un allegado a la banda confesaría que llevaban barbas y bigotes ficticios para confundir a sus víctimas, las que proporcionaron identikits poco provechosos. Además, se especula con que no eran sanjuaninos ya que -según señalaron los damnificados- cuando hablaron entre sí durante el asalto notaron un acento diferente y tal vez por ello dieron por descontado que no serían descubiertos.  

Para las 15, sin hacer uso de las armas de fuego que portaban los integrantes, la banda atravesaba las puertas del banco hacia afuera con el botín bajo el brazo. Sin ocasionar ningún revuelo, se esfumaron con pasividad. La versión oficial indica que lo hicieron en un automóvil Volkswagen Polo rojo que se encontraba estacionado sobre Gral. Acha, pero la que detalla el abogado que mantuvo contacto con los ladrones, Nasser Usair, imprime espectacularidad a lo ocurrido.

En su insólita confesión de los detalles del robo, el letrado que defendió a Olivares durante el proceso judicial -contratado por el líder de la banda- describe que el escape fue primero a pie y luego en camioneta. Según su relato, atravesaron en diagonal la Plaza 25 de Mayo -con todo el tiempo que eso significa-  y luego se subieron a una camioneta 4x4 con vidrios polarizados que los esperaba en calle Mendoza y se fugaron hacia el Sur.

El identikit de los ladrones que dieron el gran golpe

Sin rastros y un escondite de película

Si bien la Policía dio marcha a un operativo cerrojo en todo el territorio sanjuanino tras el atraco, nunca logró dar con el Polo rojo o la 4x4 con vidrios polarizados, claro en ese entonces no existían las cámaras de CISEM en la ciudad que pudieran monitorear el recorrido del vehículo en el que huyeron. Ya sea que se hayan dirigido para el Norte o el Sur, daba igual porque nadie en los alrededores advirtió lo que sucedía en el interior de la sucursal. Tampoco habían quedado los registros fílmicos, por lo que fue iniciar una investigación de cero.

"Llegaron y escaparon en auto color rojo. Un auto muy fácil de identificar. El Polo nunca fue encontrado. Ni lo tiraron por ahí o lo incendiaron. Solo desapareció, con cinco asaltantes como pasajeros y 2.600.000 dólares como botín", sostiene Garade en su nota. 

Acorde a lo que contó Usair, cuatro de los asaltantes continuaron camino hacia el Sur inmediatamente después del robo con destino a la provincia de Mendoza, mientras que el líder de la banda se quedó en San Juan con la camioneta y el bolso con los 2,6 millones de dólares, pues sacarlos de la provincia resultaba peligroso.  

Del mismo modo en que obraría el ideólogo del robo al Banco Río Fernando Araujo siete años más tarde, quien se guardó en la precordillera sanjuanina para no ser atrapado, -según detalló Usair- el cerebro se escondió en las profundidades de una finca en Pocito. Allí, en un galpón, ocultó la camioneta durante un año y enterró el dinero para mayor seguridad. Tal y como aseveró el abogado, se dedicó a custodiar su tesoro día y noche e incluso llegó a vestirse como obrero para disimular su estadía y fingir que realizaba trabajos. Sin precisar una fecha exacta, contó que se marchó hacia Mendoza por un camino alternativo que se origina en Los Berros y nunca más regresó. 

El café de la victoria

Según aseveró Usair, un día después del gran golpe -el 16 de enero por la mañana-, nada más y nada menos que el jefe de la banda que lo propició insólitamente se sentó en el café situado frente a la sucursal, mientras decenas de policías rodeaban el banco. Lo había contactado a través de un conocido en común de Buenos Aires y por teléfono quedaron en reunirse casualmente en ese lugar.

Lo que el abogado desconocía hasta ese momento era que le hervidero de policías de Criminalística y de la Brigada de Investigaciones que entraban y salían de la entidad crediticia se debía al plan brillante de su cita. “Me llamó a mi estudio con el nombre clave que me habían dado y me pidió que nos juntáramos. Yo propuse que lo hiciéramos en el café que estaba por calle General Acha, frente al banco. Yo estaba sentado y apareció el tipo", detalló.   

Mientras mantenían un típico encuentro entre profesional y cliente -y el líder de la banda le presentaba sus requerimientos-, del otro lado de la calle removían cielo y tierra para dar con los autores del atraco. Es decir que al mismo tiempo que los investigadores se preguntaban cómo rayos hicieron para no dejar una sola huella, a unos escasos metros se hallaba el máximo responsable como espectador de lujo tomando un café, que de seguro tuvo sabor a victoria. 

Esa, según sostuvo, fue la primera de una serie de citas que se dieron en los días sucesivos hasta que el ladrón decidió cortar el contacto directo por precaución. "Me dijo que desde ese momento no íbamos a hablar más por teléfono porque me iban a intervenir mi celular y mis teléfonos. Que el contacto local iba a ser con otra persona".

El único tras las rejas y el otro sospechoso

Olivares, encargado de la seguridad de la institución bancaria, fue el único detenido por el robo luego de que los investigadores descubrieran que estaba detrás de una operación inmobiliaria un año después del asalto. Su hermano intentaba comprar una casa por 60 mil pesos, una cifra a la que si se le aplica la inflación de los últimos 20 años incrementaría considerablemente. Como no pudo explicar la procedencia del dinero, fue imputado y enjuiciado en 2001. 

A pesar de haber recibido 7 años de prisión como condena, nunca ofreció información valiosa que pudiera ayudar a los pesquisas a dar con los autores materiales. En este punto, Usair lo representó durante el proceso judicial por pedido del mismísimo ideólogo del robo para tener los detalles de la investigación de primera mano. “El líder de la banda a mí me dijo, textualmente, ése -por el policía- no tiene nada que ver con nosotros. Sin embargo, me pidió que asumiera su defensa, así se aseguraban conocer por dónde iba la investigación”, agregó.

En 2004, los abogados querellantes en la causa que representaban al banco posaron la mirada sobre un delincuente que ya cumplía condena en el Penal de Chimbas por asaltar la sede del Banco San Juan del shopping Del Bono. Se trataba de un ex empleado bancario, Leonardo Acosta, quien había sido detenido en el 2000 por ese hecho. Según el fiscal, cuatro testigos claves identificaron a Acosta como el líder de la banda que entró al Galicía.

Sin embargo, el defensor del acusado aseguró que los testigos lo identificaron en forma vaga y que nunca fueron concretos con sus apreciaciones. Dos años más tarde, quedó en libertad y, aunque terminó procesado por el atraco en el Galicia, el juicio nunca se llevó adelante.

 

 

 

  

 

 

 

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