Historias del crimen

La agónica muerte de “El Negrito” en las ciénagas de Bermejo

Tenía apenas 6 años y una mañana de noviembre de 1987 se alejó de su casa en aquel pequeño poblado caucetero. Sin imaginarlo emprendió un camino en el campo del cual nunca regresó. Por Walter Vilca
domingo, 25 de agosto de 2019 · 13:21

Todavía parece retumbar el triste y desesperado llanto de ese niño en la inmensidad de los campos de Bermejo. El alarido se perdía ahogado en la soledad del silencio, como en las leyendas de las almas en penas o de los duendes en las historias relatadas por los abuelos y curtidos baqueanos. Pero hubo quien lo escuchó a lo lejos. Un joven puestero que caminaba por entre las sierras sintió aquel extraño lamento y de inmediato lo relacionó a esos cuentos de antaño, entonces prefirió seguir su camino y alejarse cuanto antes mientras arriaba sus burros. No lo sabía, pero aquel desgarrador quejido eran los ruegos de “El Negrito” que caminaba sin rumbo esa tarde de noviembre de 1987 hacia lo que sería su trágica muerte.

No fue obra de un sádico criminal, tampoco se puede culpar a nadie, sólo a la impiadosa naturaleza y a la mala suerte de ese chico llamado José Demetrio Yacanto, al que todos conocieron como “El Negrito” por su desdichada historia que hoy es como uno de los tantos relatos populares que rondan Bermejo.

Aún deben estar preguntándose cómo fue se perdió. Era solo un niño de 6 años que la mañana del 7 de noviembre de 1987 jugaba cerca de su casa, un rancho situado próximo a las vías del antiguo ferrocarril Belgrano que atravesaba ese pueblito caucetero. Graciela Nievas viuda de Yacanto y sus otros diez hijos se percataron que no estaba en horas del mediodía cuando lo buscaron para el almuerzo. Preguntaron en los vecinos, en los parientes y nada. Todos se conocían y era difícil que alguien se extraviara en ese pequeño caserío ubicado a 100 kilómetros de la capital sanjuanina.

Un camino sin retorno

La incertidumbre se transformó en preocupación en cuestión de horas a medida de que “El Negrito” no aparecía. El sentido común hizo suponer que podía haber tomado hacia el campo y el sólo pensar en esa posibilidad ya generaba angustia. Un baqueano amigo de la familia se internó en ese terreno casi desértico hasta que al cabo de un rato encontró casi por casualidad unos rastros del niño. Una mala señal. Las pisadas seguían en dirección a las ciénagas del Río San Juan, un peligroso laberinto de pantanos pocas veces visto que se había formado con la reciente creciente y que se extendía por cerca de 3 kilómetros a cada margen, según las crónicas periodísticas de aquellos años.

La noche cayó como un preludio de esa larga vigilia que empezó ese sábado y que congregó a todo un pueblo que rezó para que “El Negrito” regresaba sano y salvo. Tan chico y estaba librado a su suerte en el tenebroso desierto, apenas si andaba con lo puesto y lo único que llevaba consigo era una caña con la que jugaba a ser un espadachín o un bravío jinete.

En la mañana del domingo arribaron al pueblo los policías de la Seccional 9na de Caucete y un escuadrón del GERAS (Grupo Especial de Rescate y Acciones de Seguridad), que se encomendaron a un complicado operativo a campo abierto y con pocos rastros. La tarea fue difícil, debían rastrillar ese extenso y duro paisaje en el que sólo se veían algunos algarrobos, retamos y unos pocos arbustos que estremecían bajo el agobiante calor del verano que se avecinaba.

Tarde o temprano llegó a oídos de los rescatistas la versión de ese joven puestero, que relató la curiosa anécdota vivida el sábado a la tarde sobre el desgarrador llanto de un niño en medio del campo y muy a lo lejos. Ahí supieron que se trataba de “El Negrito”, que seguramente vagaba perdido y aterrado buscando la salida de ese infierno o a alguien que se apiadara de él. Imposible no imaginar a ese pequeño en su penoso derrotero. Indefenso, sin comida ni abrigo librando su agónica batalla contra la indomable naturaleza, entre insectos, animales salvajes y esos charcos de agua que se asemejaban a una trampa mortal para cualquiera que intentara desafiarla.

De la esperanza al dolor

Las pistas guiaban hacia las ciénagas del Río San Juan. Y no se equivocaron. El lunes encontraron la caña que presumiblemente llevaba el niño de 6 años. Para entonces el operativo era cuestión de estado. Llegaron más policías. El grupo de aventura Travesías Huarpes recorría el desierto arriba de sus motos y el personal de la Dirección Provincial de Aeronáutica surcaba el cielo en dos avionetas tratando de divisar a “El Negrito”. Los efectivos del GERAS rastrillaban los pantanos en bote.

El transcurrir de los días alargó la angustia. La ilusión de encontrarlo con vida igual se mantenía en pie. Los habitantes de Bermejo y la familia de “El Negrito” junto a la Cruz Roja levantaron un campamento para colaborar con los rescatistas, aguardando en todo momento el milagro.  Fueron las jornadas más tristes que se recuerden en Bermejo. Sin esperarlo, fue algo así como duelo que ya se veía venir por las noches y amaneceres que pasaban y desmoronaban poco a poco las esperanzas.

Así llegó la tarde del jueves 12 de noviembre, un día que nadie olvidara. Rubén Díaz y Luis Quiroga, dos vecinos del pueblo que se sumaron al rastrillaje, tuvieron la dolorosa tarea de confirmar lo que muchos temían. Ambos dieron con el cadáver de “El Negrito” en la ciénaga. Llevaba varios días de muerto, parte de su cuerpo estaba sumergido en un gran charco de agua y boca abajo como si se hubiese desplomado del cansancio de tanto caminar. Con mucho pesar, los policías del grupo GERAS envolvieron los restos del niño en una manta, lo ataron con cuerdas y lo trasladaron al pueblo en un lastimoso e improvisado cortejo fúnebre. Esa tarde muchos lloraron, y los que no, casi no pudieron articular palabras ante el desconsuelo.

Como las leyendas trágicas, la historia de “El Negrito” perdura en el recuerdo de ese pueblo caucetero que en su cementerio erigió una modesta tumba en memoria del niño que no pudo vencer a la ruda naturaleza.  Su familia nunca lo olvidó, cada 16 de marzo deposita un ramo de flores en ese lugar para que el pequeño descanse de ese largo camino del que no pudo salir.

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