Historias del Crimen

Denuncias, rivalidades e infidelidad como cóctel de un brutal crimen en Pedernal

Todo pasó en marzo de 2013. Un trabajador rural despechado, su mujer infiel y dos jóvenes peones de finca se complotaron para asesinar a un productor ganadero. Le tendieron una trampa y lo atacaron a golpes hasta matarlo, después tiraron su cuerpo y su auto por un barranco.
domingo, 4 de noviembre de 2018 · 11:10

Por Walter Vilca

Pueblo chico, infierno grande. Nada raro en una localidad tan pequeña como Pedernal en donde en marzo de 2013 si dio una historia fatal atravesada por una denuncia por cuatrerismo, odios guardados, una infidelidad y un desenlace sangriento. En otras palabras, una novela siniestra para un productor ganadero que salió de noche con la excusa de hacer una llamada por celular, pero que en realidad fue encontrarse con su amante y a la mañana siguiente apareció muerto, molido a golpes y a cuchillazos, dentro de su coche en el fondo de un barranco.

Ellos pensaron que podían hacer pasar el crimen como un accidente. Y en principio, los policías de Los Berros se la creyeron. Ese jueves 14 de marzo de 2013, las primeras informaciones telefónicas de los uniformados a la por entonces jueza de Paz de Sarmiento, Alejandra Dománico, daban cuenta de un siniestro vial. Hablaban de un auto que había caído por un precipicio de 20 metros, muy cerca del viejo Dique Las Crucecitas y al costado de la ruta 153, en las afueras de Pedernal, Sarmiento. Informaban de la presencia del cadáver de un hombre en su interior, pero no reparaban nada raro. Lo que no notaban o de lo que no se percataban aún eran ciertos detalles que cualquier hubiese despertado sospechas, como que el cuerpo de la víctima estaba atravesado en el asiento trasero, que tenía parte de la cabeza destrozada y que había manchas de sangre en la parte exterior del rodado.

Un accidente que no fue

La jueza empezó a tomar nota y pidió más precisiones, hasta que concluyó que podían estar frente a un hecho doloso. Más todavía cuando confirmaron que el fallecido era Néstor Onofre Moreno (50), un productor ganadero de esa zona que había desaparecido la noche anterior después de que saliera de su casa diciendo que iba a hablar por celular. Era común que, ante la falta de señal, los vecinos de Pedernal concurrieran a ese paraje ubicado en la parte alta para comunicarse.

Anoticiado de la situación, el también por entonces juez de instrucción Maximiliano Blejman se trasladó al lugar con los peritos de Criminalística y otra comisión policial. Las lesiones en el cuerpo revelaban que Moreno había sido asesinado y luego tirado al barranco con su auto. La médica forense María Beatríz Vázquez, que concretó la autopsia en la Morgue Judicial, contabilizó 13 heridas de importancia, además de más de una decena de cortes menores. En ese examen constató dos grandes heridas producidas con un hierro y un hacha en el costado izquierdo del cuello y el cráneo, incluso le partieron una oreja. En el rostro y también en el cuero cabelludo presentaba 9 cuchillazos y otras dos heridas corto punzantes en las manos derecha e izquierdo. Esto último demostraba que el fallecido intentó defenderse o cubrirse. Por otro lado, detectaron 15 excoriaciones o raspones en la espalda, el abdomen y el pecho como consecuencia de la misma pelea y el arrastre. La víctima no era una persona fácil de domar, pues medía 1.80 metro de altura y pesaba 120 kilos.

Mientras se conocían precisiones sobre el brutal asesinato, los investigadores empezaron a indagar sobre la vida de Moreno y aparecieron pistas de dónde podría venir ese ataque con olor a venganza. Como en todo pueblo chico, todo se sabe. Y así afloraron versiones de un romance clandestino del fallecido y de un enfrentamiento que éste mantenía con otras personas a raíz de una denuncia por cuatrerismo.

El trasfondo

Esas dos pistas, que al fin y al cabo ponían de relieve posibles motivos para atentar contra Moreno, conducían a las mismas personas. Una de ellas era Nelson Daniel Chaparro, un peón de una finca vecina que -según los vecinos de la zona- se la tenía jurada a Moreno. Es que su mujer, María Cristina Gómez, era la amante del productor ganadero y mucha gente del pueblo lo sabía. Había otra razón: un mes antes, Moreno había acusado en la Policía a Chaparro y sus dos laderos, los jóvenes trabajadores rurales Andrés Alejandro Rosselot y Eduardo Pedro Bautista Giménez, de sustraer y faenar dos caballos de su propiedad. La denuncia derivo en que los patrones de Chaparro, molestos por el escándalo con sus vecinos, castigaran a éste pasándolo de encargado de finca a simple peón, mientras que a Rosselot y Giménez directamente los echaron. Entonces, los tres tenían motivos suficientes para odiar a la víctima.

Al otro día del hallazgo del cadáver, el juez Blejman ordenó el arresto de los tres sospechosos para hacerse algunas preguntas. No eran delincuentes avezados, de modo que no tardaron en quebrarse al verse apremiados. El primero en hablar fue Chaparro, quien para despegarse apuntó contra Rosselot y Giménez, que en aquel momento tenían 20 y 23 años. El hombre de 51 años relató que los dos jóvenes le confesaron que ellos habían matado a Moreno como venganza por los despidos en su trabajo.

Si se quiere, la versión tenía sentido y encajaba en la trama, pero Chaparro nada decía de su rencor a Moreno y que el papel de “cornudo” lo ponía primero en la lista de enemigos contra el productor ganadero. Esto saltó después, porque otro que se incriminó fue Rosselot, que en una curiosa declaración intentó zafar diciendo que fue testigo presencial del crimen y sólo ayudó a empujar el auto, pero el que mató al ganadero fue Giménez.

Quedaba claro que la autoría del crimen estaba entre esos tres hombres y María Gómez, la amante de la víctima, que sabía de lo sucedido. Otra prueba los vinculaba: a 300 metros de la casa de Chaparro, encontraron una bolsa con prendas de vestir pertenecientes a ellos manchadas con sangre, el cuchillo y el hierro que supuestamente utilizaron para perpetrar el homicidio.

La revelación

Ya sin muchas salidas, a los días Rosselot y Giménez volvieron a declarar ante el juez y ahí revelaron la verdadera conspiración del brutal asesinato. En sus declaraciones confesaron que Chaparro, su mujer María Gómez y ellos dos se reunieron el miércoles 13 de marzo en horas de la tarde y planearon el crimen. Cada uno cumplió un rol específico. La mujer actuó de anzuelo, dado que llamó por celular a Moreno y lo citó a otro de sus encuentros amorosos en el lugar llamado “Los Indios”, muy cerca del dique Las Crucecitas. Los tres hombres serían los encargados de emboscarlo.

Y así se dio. Moreno se marchó solo en su Renault Megane con el pretexto de hablar por teléfono y minutos antes de las 23 llegó al paraje “Los Indios” para verse con María Gómez. Él iba con la idea de tener sexo, de hecho bajó una colcha, pero ni bien caminó al encuentro de la mujer fue sorprendido por la espalda. Fue un ataque traicionero, una lucha desigual. Eran al menos tres contra uno. Se supone que hubo trompadas para reducirlo, pero después le largaron cuchillazos por todas partes. En el medio, otro de los atacantes le pegó con una barreta de hierro y un tercero le largó un hachazo en la cabeza. Moreno atinó a poner sus manos, pero nada frenó tan cruenta agresión.

Una vez que lo vieron indefenso y moribundo sobre la tierra, los criminales cargaron su cuerpo en el asiento trasero del Renault Megane. Solapados en ese sitio inhóspito y en medio de la oscuridad de la noche, entre los cuatro luego empujaron el auto hacia el precipicio y lo lanzaron por ese barranco. Quizás pensando que nadie los descubriría y que el crimen podía pasar como un accidente.

La ausencia de Moreno esa noche preocupó a su familia. A las 7 de la mañana del jueves 14 de marzo de 2013, un primo del productor ganadero divisó el auto en el fondo del barranco. Adentro estaba el cadáver.

En junio de ese año, el juez del Cuarto Juzgado de Instrucción dictó el auto de procesamiento y la prisión preventiva para Nelson Daniel Chaparro, Eduardo Pedro Bautista Giménez y Andrés Alejandro Rosselot por el delito de homicidio agravado por alevosía, ensañamiento y concurso premeditado de dos o más personas. La misma calificación, pero como partícipe principal, recayó sobre María Cristina Gómez (39), la mujer de Chaparro y amante del fallecido.

A dos años del tremendo asesinato, los cuatro acusados fueron llevados a juicio en la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional. Los jueces Ricardo Conte Grand, Eduardo Gil y Eugenio Barbera dieron su veredicto el 27 de marzo de 2015. No hubo chances para el hombre despechado, su mujer y a la vez amante de la víctima, ni para sus dos cómplices, por más que esbozaron un pedido de perdón al momento de decir sus últimas palabras. La condena fue unánime y a todos por igual: prisión perpetua por ser coautores del delito de homicidio, agravado por la alevosía y por el número de personas.

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