Vayamos a la película. Los Bowen, una familia tipo del siglo
XXI, se mudan a los suburbios acorralados por la crisis. Eric está desempleado
y Amy, su mujer, es una escritora frustrada que trabaja en casa. Tienen tres
chicos, Kendra, la adolescente conectada al mundo a través de su telefonito,
Griffin, un niño temeroso pero perceptivo, y Madison, la temeraria y
extrovertida pequeñita de la casa.
Esta Poltergeist podría ser un drama típico de la familia
venida a menos por el desempleo, o las dificultades de comunicación entre padres
e hijos, pero aquí el drama de la vida cotidiana es sepultado por otro mayor,
la aparición de fuerzas sobrenaturales. Conocemos la historia, conocemos la
casa, e igual nos vamos a asustar. Pero la agresividad sobrenatural pierde
impacto frente a la naturalización de la agresión real, con otras raíces.
Kenan, y casi todos los directores del género, salvan el
problema a través de la identificación con la vulnerabilidad de sus
protagonistas. Adolescentes o niños, abiertos a nuevas experiencias, con padres
enceguecidos hasta que arranca la tragedia: la más pequeña de la casa es
secuestrada y la familia, junto a un equipo de parapsicólogos y un presentador
de TV deberán urdir un plan para rescatarla.
Un placar claustrofóbico y tenebroso, un ático infernal y
pantallas que transmiten el más allá diseñan este mapa hogareño del terror.
Cambia la tele por el plasma, el tubo por el celular. Allí esta la niña de
espaldas al TV con sus palmas sobre la pantalla charlando con los espíritus.
Profesionalización del suspenso. Médiums, y cierta redención para espíritus
olvidados.
"Poltergeist, juegos diabólicos"
Buena
Terror. EE.UU. 2015, SAM 13 R, 94’. De Gil Kenan. Con Sam Rockwell, Rosemarie DeWitt,
Jared Harris. Salas: Hoyts Abasto, Village Pilar