En los últimos días el presidente Joe Biden se sumó, y sumó a Estados Unidos, a la campaña de suspensión de patentes para las vacunas contra el coronavirus.
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SUSCRIBITEEn los últimos días el presidente Joe Biden se sumó, y sumó a Estados Unidos, a la campaña de suspensión de patentes para las vacunas contra el coronavirus.
Bromas aparte que hablaban de Juan Domingo Biden, por el pedido que olía a “populismo” y “justicia social”, las motivaciones del gesto parecen menos humanitarias que geopolíticas.
Desde la OMS llegaron a saludar el “liderazgo moral” de EEUU con respecto a la pandemia, sin mencionar que ese país tiene acaparados 600 millones de vacunas para 300 millones de habitantes, mientras que hay países en el mundo para los que ya se advirtió que no habrá vacuna alguna.
El tinte humanitario del anuncio debería desteñirse hasta la transparencia con sólo este dato.
Ayer, el país, sus medios, sus redes sociales, sus dirigentes con el Presidente a la cabeza, saludaron con candor el mensaje de la Casa Blanca. Pero en el entrelineas del mensaje de Biden debe leerse que, cuando vacune a todos sus habitantes and your country esté libre del virus, intercederá ante la Organización Mundial de Comercio (OMC) para flexibilizar los ADPIC, Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio (Trips, por sus siglas en inglés), para que los estados tengan acceso a la fabricación de vacunas sin los derechos de propiedad.
Los acuerdos Trips se establecieron durante la fundación de la OMC en Doha, en 1994, y protegen la propiedad intelectual. A grandes rasgos, en ellos se establece que, ante una catástrofe de este orden, como la pandemia, los Estados pueden obligar a que las empresas, laboratorios en este caso, entreguen las patentes de medicamentos contra una indemnización en royalties. Este punto es clave también. Aquí ninguna corporación pierde.
La OMC se fundó dos años después de que el teórico japonorteamericano Francis Fukuyama escribiera “El fin de la Historia” (texto base del Consenso de Washington), y es el tribunal nacido para defender a las corporaciones privadas de los intereses de los países soberanos. Cuenta con 164 miembros que, ante la situación de hegemonía norteamericana de esos años, aceptaron formar parte, con gusto o no.
Estados Unidos ahora exhorta a que esos 164 miembros autoricen la flexibilización del acuerdo.
Si bien la decisión de Biden hizo bajar las acciones de laboratorios como Astrazéneca, Moderna, Jhonson y Jhonson y otros entre el 1 y el 6%, hay que recordar que cayeron después de haber subido entre el 30 y el 60% en el último cuatrimestre por la producción de vacunas.
De todas formas, la Federación Internacional de Fabricantes y Asociaciones Farmacéuticas (IFPMA) consideró “decepcionante” el apoyo expreso del presidente estadounidense a una suspensión de las patentes en las vacunas contra el COVID-19, y aseguraron que esta medida podría frenar la producción global.
El Wall Street Journal, en su editorial castiga a Sleepy joe: " El Robo de Patentes de Biden", titula. y en la bajada amplía: "El Presidente Biden se arrodilló genuflexo otra vez ante los progresistas, apoyando la exención de patentes para vacunas. Este robo de patentes no terminará bien para los EEUU y el mundo".
Pero más allá de las empresas, sus voceros, la salud mundial, y el buenismo norteamericano, sin ingenuidad y con un necesario escepticismo hay que inscribir la decisión norteamericana dentro de la geopolítica pura y dura.
La flexibilización de los derechos de propiedad intelectual sobre las vacunas parece más destinado a cortar las posibilidades de acuerdos entre distintos países del mundo con Rusia y China, claramente los líderes mundiales en la producción del fármaco. Para peor, Norteamérica ve cómo Cuba, pese a la némesis del bloqueo, trabaja en 4 vacunas muy avanzadas.
Estados Unidos se vio aventajado largamente por estos dos países de la ex órbita comunista en este logro científico, y rusos y chinos podrían utilizar este poder para obtener beneficios que irían más allá del rédito económico inmediato, extensos en los temas y en el tiempo, como acuerdos de cooperación comercial o incluso militar con naciones que Estados Unidos considera dentro de su éjido.
Es que son las corporaciones privadas con domicilio fiscal en USA las que han producido los fármacos, no el estado norteamericano que, pese a financiarlas con miles de millones de dólares para la investigación, no puede redimirlas de sesgo apátrida del capital.
Con la vacuna libre, la necesidad de Rusia y de China por parte del mundo occidental se reduce, tendencia que por ahora Estados Unidos no parece poder frenar de otra manera.
