A los 24 años no se piensa en la muerte. Por lo menos no como algo posible dentro del espacio cotidiano y seguro. La muerte le ocurre a otros. Ekaterina Karaglanova, que se llevaba la vida por delante sin temores, no se la vio venir.
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SUSCRIBITEA los 24 años no se piensa en la muerte. Por lo menos no como algo posible dentro del espacio cotidiano y seguro. La muerte le ocurre a otros. Ekaterina Karaglanova, que se llevaba la vida por delante sin temores, no se la vio venir.
Bellísima, siempre producida para sus fotos, Ekaterina era una influencer top que transitaba con miles de likes su segunda década de vida. Además, y con mucho esfuerzo, se había recibido de médica hacía pocos meses. Jamás podría haber pensado que ese cuerpo que cuidaba tanto iba a terminar adentro de la valija que estaba empezando a armar para irse a Amsterdam a festejar su cumpleaños número 25.
Pero antes de este final, hubo una historia. Ekaterina Karaglanova se llamaba en realidad Ekaterina Semochkina y había nacido en Rusia, el 30 de julio de 1994, en una familia educada de clase media. Estudió medicina siguiendo los pasos de su padre, se había graduado recientemente en la Pirogov Russian National Research Medical University y era, hasta su asesinato, residente en un colegio médico en Moscú.
Pero sus estudios no eran incompatibles con su costado más mundano. También sacaba provecho de sus dotes físicas y solía participar en concursos de belleza. Hacía poco tiempo había ganado una competencia para ser Miss Moscú. Ekaterina era, además, una blogger e influencer exitosa. En sus redes sociales decía que siempre había querido estudiar medicina, desde la secundaria. Contaba que los tres primeros años de universidad habían sido tan duros que había resultado una “cuestión de supervivencia” sobrellevar la carrera.
Ekaterina estudiaba y trabajaba a la vez, tenía poco tiempo libre. Había pasado por las residencias de dermatología y oncología, pero todavía estaba decidiendo su especialidad. Aunque todos creían que sería una excelente dermatóloga. El día en que le dieron el diploma escribió, feliz: “¡Lo logré! Después de seis años, que no fueron fáciles de transitar, y de una batalla llena de obstáculos”.
Su ascenso como estrella de la web fue rápido. Subía fotos y videos de sus viajes permanentemente. Además de la cuenta en Instagram, tenía un blog de viajes con miles de suscriptores. Ella, entre otras cosas, decía en la redes : “Hola Moscú! Nuestro corto, pero muy divertido viaje a Corfú ha llegado a su fin (...) no me gustan las vacaciones largas. Viajo a menudo, pero en cada país paso de 3 a 5 días. El viaje más largo que hice jamás fue a Israel, con mi familia cuando tenía 14 años. Todo un mes (...) Los viajes cortos siguen siendo los más brillantes (...) Nada se mezcla en la cabeza como muchos piensan (...)”.
Sus fans le encontraban un gran parecido a Audrey Hepburn. Ekaterina se reía. Le gustaba parecerse a la mítica actriz y sacaba provecho de ello.
Los casi 90 mil seguidores que tenía al momento del femicidio no entendieron por qué, de pronto y sin previo aviso, había dejado de subir posteos. Había desaparecido del mundo virtual desde hacía varios días. Se enterarían de lo ocurrido poco después por los portales de noticias.
Su último post había sido el 22 de julio, en la isla griega de Corfú. Sobre una reposera blanca y con fondo de pileta, Ekaterina posaba arrodillada con un vestido de encaje negro sobre un maillot, también negro. En su mano, una copa con un trago.
Fuente: Infobae
