La escena no fue televisada ni transmitida en directo, pero quienes lograron acceder este lunes al tribunal federal de Manhattan describieron una audiencia cargada de gestos, silencios incómodos y momentos de tensión. Allí, ante el juez Alvin Hellerstein, Nicolás Maduro se declaró “no culpable” de los graves cargos que enfrenta en Estados Unidos.
Pasado el mediodía, el exmandatario venezolano ingresó a la sala escoltado por agentes federales. Caminó erguido, sin apresurarse, con la mirada fija al frente. Antes de aparecer, el sonido de las cadenas en sus tobillos anticipó su llegada. No llevaba esposas en las manos, pero sí grilletes visibles en los pies.
Vestía una camisa azul sobre otra naranja fluorescente -típica de los uniformes carcelarios-, pantalón caqui y calzado penitenciario. Al llegar a la mesa de la defensa, se giró hacia el público y lanzó un saludo inesperado: “Happy New Year”. La frase, pronunciada con una leve sonrisa, rompió por segundos la rigidez del recinto y provocó murmullos entre periodistas y asistentes.
Durante buena parte de la audiencia, Maduro se mostró concentrado. Frente a él dispuso un cuaderno de hojas amarillas y una copia del expediente judicial. Tomó notas, subrayó pasajes y escribió observaciones breves, con la cabeza inclinada sobre el escritorio, mientras escuchaba la traducción simultánea a través de auriculares.
Minutos después ingresó Cilia Flores. Avanzó con paso más lento, también escoltada por agentes federales. Llevaba el cabello recogido y vestía un uniforme carcelario similar al de su esposo. Dos apósitos en el rostro -uno en la sien y otro en la frente- llamaron la atención. Evitó mirar a la galería y se mantuvo en silencio.
El juez Alvin Hellerstein, de 92 años, abrió la audiencia con un comentario irónico sobre su estatura y el tamaño del estrado, un gesto que alivió brevemente el clima antes de dar paso al trámite formal. Al enumerar los cargos -conspiración para el narcotráfico, narcoterrorismo y delitos vinculados a armas- Maduro negó suavemente con la cabeza.
Cuando se le pidió confirmar su identidad, respondió con su nombre completo, pero agregó una declaración fuera de protocolo: afirmó ser el presidente constitucional de Venezuela y dijo estar “secuestrado” desde su detención. El magistrado lo interrumpió de inmediato y le recordó que habría un momento procesal adecuado para exponer esos argumentos. Ante la reiteración de la pregunta, Maduro se limitó a confirmar su identidad.
Con los nudillos apoyados sobre la mesa y, por momentos, las manos entrelazadas en gesto de oración, declaró: “Soy inocente. No soy culpable”. Uno de sus abogados reaccionó de inmediato con un gesto de desaprobación, buscando frenar nuevas intervenciones espontáneas.
Luego fue el turno de Flores, quien se identificó como primera dama de Venezuela y, con voz baja, afirmó: “No culpable. Completamente inocente”. A diferencia de su esposo, no hizo comentarios adicionales y permaneció inmóvil durante el resto de la audiencia.
Más adelante, Maduro volvió a pedir la palabra para consultar si podría conservar las notas tomadas durante la sesión. La fiscalía indicó que coordinaría con las autoridades penitenciarias ese pedido.
Ninguno de los acusados solicitó libertad bajo fianza en esta instancia, aunque la defensa dejó abierta esa posibilidad para más adelante. Sí reclamaron atención médica, especialmente en el caso de Flores, cuyos abogados denunciaron lesiones sufridas durante su detención y pidieron estudios médicos por una posible fractura de costillas.
El clima se tensó hacia el final cuando un hombre, desde la galería, gritó que Maduro debía pagar por sus crímenes. El juez ordenó su inmediata expulsión. Mientras era retirado, el exmandatario se giró y respondió a los gritos: “¡Soy un presidente secuestrado! ¡Un prisionero de guerra!”.
Al retirarse de la sala, Maduro guardó un bolígrafo dentro de su cuaderno, pero un alguacil federal se lo quitó antes de que abandonara el recinto. El juez Hellerstein fijó la próxima audiencia para el 17 de marzo y dio por concluida la sesión, que se extendió por unos 40 minutos.
Sin cámaras ni transmisión oficial, la audiencia dejó una impresión difícil de asimilar para muchos de los presentes.