Empresarios: Alberto Cassab Aún

Un abogado entre pasas y heladeras

Aunque todo el mundo lo asocia con su firma Dismar, él se reconoce tradicionalmente atado a los parrales y a la historia de su abuelo paterno, creador de un imperio vitivinícola en Caucete.
miércoles, 30 de noviembre de 2011 · 17:18

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

El imperio sanjuanino de los electrodomésticos que le ganó la batalla a las grandes cadenas nacionales, es responsabilidad de un abogado cuya pasión son los parrales y las pasas: Alberto Cassab Ahún.
 
Este sanjuanino heredó de su padre la habilidad del comerciante y de su abuelo materno, el amor por la uva y el campo.
Su primer trabajo remunerado fue como abogado, profesión que ejerció del ‘70 al ’79. En ese lapso empezó a comprar fincas con parrales; y en el ’77, con su hermano, abrió el primer Dismar, un local de venta de electrodomésticos en el centro, hoy son cuatro los locales. En el ’85 abrió Dismotor, de venta de tractores y maquinarias agrícolas. Y en el ’89 fundó Cassab Ahún, firma dedicada a las pasas, que exporta las únicas pasas orgánicas de San Juan a Estados Unidos, Brasil, Taiwán, Malasia, Colombia y Canadá.
 
Todo empezó en Caucete. Cassab trabajaba como abogado al lado de su hermano que tenía un negocio de artículos para el hogar. “Yo veía como avanzaba su negocio, ese año cobré cuatro juicios lindos y con esa plata le propuse poner un negocio similar en la ciudad. Teníamos  un amigo, Álvarez, que trabajaba en Alonso y Bistué, y pusimos el primer Dismar al frente del negocio en calle General Acha. Eso era como una aventura, yo quería invertir ese dinero”, cuenta. Pero Alberto seguía como abogado y su hermano atendiendo en Caucete. Lo inesperado fue que de entrada Dismar empezó a vender una barbaridad, Cassab tuvo que dejar la profesión y con su hermano se vinieron a atender mejor el negocio a la Ciudad.

Ese primer local creció mucho en poco tiempo, ayudado por una serie de episodios que lo beneficiaron mucho: A poco de inaugurar, se abrió la importación y la gente pudo acceder a un  microondas, o un lavarropas automático. Este éxito se dispara cuando  larga la televisión color. “Fueron años que ganábamos plata a patadas, desgraciadamente ya no es el mismo negocio de antes. En la década del ‘90 se nos vinieron todas las cadenas de afuera, primero Frávega y empezaron a caer uno tras otro”, cuenta Cassab.

Luego recuerda que en el ‘80 había sólo una docena de casas del rubro: Comesa , Alonso y Bistué, Galaxia, Bustos Barragán, Casa Lara, Flores Illa, y Dismar, todos igual. Pero con la llegada de las grandes cadenas, casi todos ellos fueron cayendo, y en el área de la peatonal sólo quedó Dismar.  ¿Cómo lo logró? Cassab cuenta que cuando quisieron imitar el formato y la estética de las grandes cadenas, casi se funden. Por suerte entendieron a tiempo debían mantener el perfil sanjuanino para poder pasar el tsunami. “Optamos por ser nosotros mismos. Usted entra a Dismar y ve algo distinto al resto, porque Frávega o Galvarino son espectaculares en artículos para el hogar, pero nosotros tenemos casi ramos generales. Tenemos todo lo que tienen ellos y además tenemos equipos de gimnasia, muebles,  ornamentación”, dice.

El abogado reconoce que su local es más caro, pero porque tienen otros clientes, aquellos no bancarizados, los autónomos, los que compran a través de mutuales. “Como la financiación es nuestra y es de mayor riesgo, el precio es más caro”, señaló. Mientras que los trabajadores bancarizados y la clase media-alta, compran con tarjeta de crédito en las cadenas nacionales, donde le ofrecen mejores ventajas.
Su hermano y Álvarez le vendieron hace años su parte de los locales del centro, que son administrados con la ayuda de sus hijos. Y su hermano se quedó con Dismar Caucete.

La veta viñatera
Alberto asegura que la raíz de todo su amor al campo es su abuelo materno, Abraham Ahún, que tenía fincas y bodega en Caucete. De su padre heredó la facilidad para vender, ya que José Cassab era comerciante. “ A mí me gusta todo lo que hago, me gusta mucho el comercio, pero tengo más pasión por la vitivinicultura porque es la creación de uno. A lo largo de mi vida hice muchas hectáreas de parrales. Cuando una caja de pasas sale de la planta, sé lo que es ese producto nacido de la obra de uno, con la gente, la familia, los empleados, colaboradores. Y el orgullo de que de San Juan sale un producto que llega a Estados Unidos y es una pasa que se come un norteamericano. Eso tiene más valor que vender un televisor hecho por los chinos, que es buen negocio, pero no todo es plata. La satisfacción de la pasa es como un hijo, una caja de pasas es una creación nuestra, es fruto de algo que nosotros hicimos”, dice orgulloso.

El abuelo libanés
“De mi abuelo poco recuerdo, tenía 9 años cuando murió. Pero en su casa se hablaba de fincas y vinos y en Caucete llegó a ser muy fuerte. Se iba en tren y vendía vino en toneles a todo el norte del país”, cuenta.
Don Abraham salió del Líbano en 1900 con otros dos hermanos, pero él se fue a Virginia, Estado Unidos y sus hermanos a San Juan.  Allá le llegaban las cartas de su sangre que le decían “venite que acá es la maravilla”. “Claro, venían de pasar hambre en el Líbano, una pobreza espantosa, y acá era otra cosa”, señala Alberto. En 1913 llegó don Abraham de EEUU directo a Caucete, el impacto fue fuerte. Es que mientras allá compraban la ropa y tenían auto, lavarropa y heladera, y calles asfaltadas, acá no había nada de eso.  “Cuando llegaron mi abuela lloraba, no podía ni comprar una camisa, tenía que hacerla, le decía a mi abuelo  ‘¿dónde me has traído?’, pero después aprendió a amar esa tierra”, cuenta.
 
Con la cabeza abierta por la cultura absorbida en el Norte, Abraham se convirtió rápidamente en fuente de consulta permanente de la zona. En Caucete abrió  “el Derby”,  la confitería que por muchos años fue el centro social del departamento, todos los eventos se hacían ahí. Tenía también  salón para jugar cartas, heladería y salón de baile. Pero además tenía un frigorífico y hacía hielo para vender. A eso sumó los camiones para la venta de hielo y vino. “Yo heredé eso y estoy muy diversificado, la gente me conoció como abogado y vendedor de artículos del hogar y cuando salí haciendo pasas decían: ‘¿y este?’; pero no conocían mi historia. Soy una fotocopia de mi abuelo, él era un visionario pero un hombre de bajo perfil”, señala Cassab.

Cuando Abraham enfermó, la familia administró mal sus bienes y perdieron mucho. Luego de su muerte, a la mamá de Alberto le tocó una pequeña finca de 10 hectáreas. Ahí pasó muchos años hasta que se fue a estudiar a Córdoba. “Cuando volvía a pasear, me repartía entre la finca y ayudar a mi padre que era mayorista de mercería y perfumería y visitaba sus clientes para venderles.  Era muy buen comerciante, yo lo veía, pero no tenía ambición, muy diferente de mi abuelo. Mi papá se conformaba con muy poco, era muy correcto, la mejor herencia que me dejó es hacer las cosas con honestidad. No me las estoy dando, pueden hablar de nosotros, pero nunca le van a decir que Cassab lo estafó, eso me lo enseñó mi papá”, asevera Alberto.

El abogado-empresario dice que su único cable a tierra es el campo, caminar y natación en verano. “También me desenchufa viajar con mi señora”, agrega.
Hace poco Alberto tuvo un problema en el hueso de la pierna, pero no quiere ni mencionarlo. “Tengo un espíritu especial, siempre soy optimista, le meto para delante. Vengo todos los días a trabajar, aunque me recomendaron andar poco y descansar más”, cierra.

 

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