San Agustín, el potrero sanjuanino que resiste entre escombros
En una zona humilde y populosa de Chimbas, más de 100 chicos entrenan en un baldío donde años atrás funcionaba una calera. Sin arcos y a pulmón, el club no cobra cuotas y funciona como un espacio de contención. “El señor que nos prestaba ya puso a la venta el terreno”, contó Rubén, fundador de la institución, que juega en la liga sanjuanina a puro esfuerzo mientras sueñan con una sede propia.
La tierra se levanta en el baldío de 25 de Mayo y Cipolletti cada vez que la pelota -un poco desinflada- vuelve a rodar entre los pies de un grupo de niños. No hay líneas que marquen la cancha ni redes que contengan los zapatazos. Tampoco hay tribunas. Apenas un terreno abierto, rodeado de basura y escombros, donde el viento arrastra polvo y el sol cae de lleno sobre la tarde chimbera. Al fondo, como una postal detenida en el tiempo, se mantiene en pie la estructura de una vieja calera que funcionó allí años atrás. Hoy es es solo un pedazo de metal, testigo silencioso de un presente que se construye con lo poco que hay.
En ese espacio que para muchos no es más que un pedazo de tierra, para otros se levanta algo mucho más profundo. Las zapatillas gastadas no frenan a los chicos, que corren igual, que juegan igual. Porque no se viene a mirar, se viene a ser parte. Y en medio de esa escena aparece Rubén Castillo, el alma del Deportivo San Agustín, que llega en bicicleta con un carrito cargado de camisetas, pelotas y lo poco que alcanza para armar cada entrenamiento. A su lado, colaboradores como Alberto Molina repiten la rutina. No hay utilería ni vestuarios, pero sí organización y, sobre todo, compromiso y pasión.
“Para nosotros este lugar es fundamental. Primero, agradecerle al dueño porque es un terreno privado que nos presta hace años. Nosotros no tenemos dónde entrenar, no tenemos cancha propia, no tenemos cómo contener a todos los chicos en un mismo lugar”, cuenta Rubén, mientras observa cómo los más pequeños se agrupan detrás de la pelota.
La escena, sin embargo, no siempre es completa. A veces, el espacio no alcanza y el club se desparrama por distintos puntos del departamento Chimbas. “Hay días que entrenamos acá y otros grupos se van a la Plaza de los Abrazos o al barrio La Amistad. Después se van sumando los más grandes. Nos vamos acomodando como podemos”, explica Rubén. Así, entre idas y vueltas, logran sostener una estructura que incluye desde niños de cinco años hasta jóvenes de 17, además de la Cuarta y Primera División.
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El esfuerzo es constante y se multiplica cuando llega el momento de jugar por los puntos. San Agustín no puede ser local en ese terreno. Las exigencias de la Liga Sanjuanina obligan a contar con un campo cerrado y ciertas comodidades que están lejos de esta realidad. Por eso, cada fin de semana implica alquilar canchas. “Jugamos en Defensores de los Andes con inferiores y en Centenario Olímpico con Cuarta y Primera. Nos damos una mano entre clubes, pero igual todo cuesta”, dice Rubén.
Ni siquiera los arcos forman parte del paisaje cotidiano. “No los tenemos fijos. Hay un juego de arcos que guardamos en la casa de un vecino. Cuando sabemos que toca fútbol, los traemos y armamos todo. También les enseñamos posiciones, movimientos, lo que podemos desde lo didáctico. Es mucho esfuerzo, pero los chicos entienden”, agrega.
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El club, que comenzó a gestarse en 2004 y logró su personería jurídica en 2014, hoy contiene a cerca de 200 deportistas entre escuelita, inferiores, Primera, fútbol femenino y hasta mami hockey. Detrás, una comisión de unas 15 personas empuja el día a día junto a los padres, que también hacen su parte en un contexto donde cada aporte cuenta.
“Sabemos el esfuerzo que hacen las familias y la confianza que nos tienen. No es fácil mandar a un chico si no podés acompañarlo. Y nosotros tampoco podemos ofrecer grandes cosas, más que este espacio. Pero tratamos de que no pierdan el entrenamiento”, señala Rubén. Sin cuotas ni ingresos fijos, el club se sostiene con rifas, ventas de comida y el aporte de quienes forman parte. “Si tuviéramos un lugar propio, aunque sea chico, podríamos cobrar una entrada, comprar equipamiento, ayudar más. Pero hoy no tenemos esa posibilidad”, lamenta.
Como si el escenario no fuera ya complejo, una nueva preocupación se asoma. En el predio apareció un cartel de venta que pone en duda la continuidad de todo. “Cuando se venda, nos tenemos que ir. Estamos muy agradecidos porque nos prestaron el lugar todos estos años, pero sabemos que esto puede terminar en cualquier momento”, reconoce.
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Aun así, el objetivo sigue siendo claro. “Sería un sueño que alguien pudiera comprar este terreno para el club o que nos den un espacio, un comodato por varios años. No por mí, sino por los que vienen. Yo soy fundador y presidente, pero esto tiene que seguir. No puede desaparecer el día que yo no esté”, afirma.
Mientras tanto, la pelota sigue rodando sobre la tierra. El polvo vuelve a levantarse y los chicos corren detrás de ella como si no existiera nada más alrededor. Y quizá, por un rato, así sea: en medio de los escombros, el fútbol se convierte en refugio.