Marcos Gelabert se ha convertido en un emblema de San Martín. Se ganó ese mote por su esfuerzo y dedicación, también por su rol frente al hincha y al vestuario verdinegro. Llegó a San Juan en 2014 y desde entonces se fue transformando, junto a Luis Ardente, en un referente nato. Lo demostró en noviembre pasado cuando frente a las cámaras, en un polémico partido ante Central, expresó a viva voz "si quieren mandarnos al descenso que me lo digan". También esta tarde en Concepción cuando le tocó convertirse en un heroico nueve para darle la victoria a San Martín frente a Talleres, aunque no alcanzó para seguir en Primera.
Lo cierto es que Gelabert es el jugador que todos quieren en su equipo. Tiene 37 años y en el club ya lo llaman "viejo", sin embargo todos lo siguen y lo respetan. Así se notó cuando tras un pase de Francisco Mattia abrió el marcador y dejó viva la ilusión de conservar la categoría. Todos corrieron a abrazarlo, se festejó quizás más porque fue "su" gol. Lo mismo ocurrió en el segundo tanto, cuando se filtró en el área de Talleres y definió de cabeza como si fuese un artillero de experiencia. Y se lo dedicó a Forestello, besando la camiseta.
Pero hubo más que goles. Metió, corrió y dejó el alma. Apeló a su viveza para confundir más de una vez al árbitro y zafar de una segunda amarilla que lo hubiese dejado fuera de la cancha en el partido más importante de la historia de San Martín. A pesar del cansancio y de que las piernas ya le pasaban facturas, no despegó sus ojos de la pelota y mucho menos dejó de intentar sorprender una vez más al arquero Herrera.
Fue quizás su mejor partido, vaya injusticia cuando le tocó descender a la B Nacional. Ahora habrá que ver qué pasará con su futuro. Dicen que se queda y que juega un año más, obviamente con el objetivo de volver a la categoría, para luego seguir vinculado al fútbol y a San Martín pero desde afuera del campo de juego. El jugador habló de "replantearse" su carrera, pero está claro que en el Pueblo Viejo necesitan del Pampa y de otros más como él.