Por Carla Acosta/ Fotos Ricardo López
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Las sierras y su verde iluminan su despertar y su atardecer cuando sale a entrenar. La geografía del lugar se asemeja bastante a su querido Valle Fértil, pero Carlos Paz es otro mundo. La ciudad cordobesa es su casa y trampolín para alcanzar sus sueños desde hace un año: vive en la casa de su entrenador, Darío Núñez, el mismo que llevó a Viviana Chávez a los Juegos Olímpicos, junto a otros 11 pibes que buscan a través del deporte un mejor futuro. Recorre todo el país conquistando podios y récords y, a sus 18 años, también se permite ilusionarse con las olimpiadas. "Me miro hoy y me acuerdo de los días en los que no comía", dice a corazón abierto Rodrigo Burgoa, el protagonista de una historia de superación y coraje.
Nació en la Villa San Agustín y desde los 8 meses de vida creció bajo el ala de su abuela Martina Acosta. Por diferentes circunstancias, de las que prefiere hacer silencio, no vivía con su mamá pero igual estaba en contacto con ella y sus 7 hermanos. Ya cumplidos los 10 años se fue a vivir a Quimilo, un pueblito ubicado a unos 11 kilómetros de la villa cabecera del Valle, en el medio de la nada. Allí la ganadería era el sustento de vida de su familia, también el suyo.
“Vivía en una zona montañosa. Allí, con mi abuela, cuidábamos cabras. También estudiaba en una escuela rural (Betsabé Pelliza de Espinosa, en Baldes del Norte). Gracias a Dios pudimos salir adelante, con poco era feliz. A veces teníamos para comer, a veces no. Pero con un desayuno y mi abuela al lado ya era feliz”, explica.
Pero así de joven y sin la contención necesaria, nunca dio brazo a torcer. Sabía que las oportunidades no iban a tardar en llegar, que aquel destino torcido iba a cambiar. "No quería repetir la historia de mi infancia y empecé a practicar deporte", apunta.
Fue así que el atletismo llegó como una salvación y un cable a tierra. Dice que el atleta Germán Elizondo fue quien lo incentivó a correr y que a los pocos meses de entrenamiento participó en un campeonato argentino. Salió quinto, pero el solo hecho de haber cruzado por primera vez las líneas limítrofes de San Juan para llegar a Buenos Aires fue sin dudas el premio mayor.
“Fue un cambio importante, nunca pensé que iba a conocer otra provincia. Fueron muchos nervios al principio, estaba perdido en una ciudad tan grande. Sorprendido también, ver los trenes y ver tanta gente fue un boom. Cuando empecé a correr afuera me di cuenta que hay otra vida afuera del Valle”, señala.

Hoy Rodrigo se da el gusto de correr en todo el país, como así también festejar y subir a los podios que se propone. El año pasado fue su gran despegue con la coronación en la Maratón Internacional de la Pedrera, San Luis, y el tricampeonato argentino de pista. Además fue el `Deportista del Año´ (premios que otorga Diario de Cuyo) en atletismo. Este año volvió con todo, consagrándose en la Salomón 10K, tras diez meses de inactividad por una fascitis plantar. Dice que la lesión cambió por completo sus planes, donde tenía como objetivo el Mundial, pero no se deja vencer y apuesta a un año cargado de éxitos con el Campeonato Argentino como principal meta.
Rodrigo Burgoa no se detiene, corre a una velocidad que sólo sus sueños lo pueden alcanzar. Claro, sin olvidar sus raíces y su sangre. “Me emociona bastante todo lo que he podido superarme”, cierra el chico “cenicienta”.

