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Una segunda oportunidad

De desocupados al empleo gracias a los talleres comunitarios

Son 4.000 las personas que lograron armar cooperativas de trabajo en San Juan. La mayor parte de los emprendimientos formados son textiles.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

El mate pasa de lado a lado mientras las mujeres del taller comunitario del barrio Los Cardos charlan y cosen prácticos conjuntos de polar que realizan gracias a los insumos y la maquinaria que recibieron gracias a este programa provincial. La experiencia de estas mujeres que trabajan en el centro de abordaje territorial Kevin Bórquez es la misma que experimentan más de 4.000 personas que se encuentran contenidas en este programa social que busca darles herramientas de trabajo a todas aquellas personas que están excluidas del mercado laboral.

Para armar un taller comunitario se debe armar un grupo de interesados en desarrollar un emprendimiento productivo. El ministerio de Desarrollo Humano colabora con la capacitación, el armado de un plan de negocios y la entrega de maquinaria e insumos para llevar adelante el proyecto. La mayor parte de los talleres comunitarios emplean entre 3 y 20 personas.

La rama más elegida es en primer término la textil, en todas sus variedades. Es por esta razón que las capacitaciones han estado fundamentalmente orientadas a este segmento de la economía. Hermenegildo Zampar es uno de los maestros de la costura que ha visitado la Provincia en múltiples oportunidades con el objetivo de enseñar a optimizar los materiales y crear una marca. Los diseños de los talleres comunitarios han interesado incluso al reconocido diseñador Benito Fernández, que año a año compra pompones de lana realizado en San Juan para sus colecciones.

Dos historias

La abuela del barrio Los Cardos


Doña Rosa Catalina Agüero vive en el conflictivo barrio Los Cardos. La mujer tiene 64 años y todos los jueves asiste al taller comunitario textil que funciona en el centro Kevin Bórquez. Aunque tiene problemas de tiroides, un marcapaso y diabetes, lo mismo decide levantarse y concurrir al taller, que les da trabajo a 20 mujeres de diferentes edades.

El taller se instaló hace un año en el barrio. Una profesora asiste todos los jueves al centro para enseñarles a las asistentes el arte de la costura. Además el ministerio de Desarrollo Humano también colabora dándole los materiales al taller para que las mujeres una vez aprendidos los saberes básicos puedan salir a la calle a vender sus creaciones. Rosa fue una de las primeras alumnas y goza de asistencia perfecta.

La mujer es conocida en el barrio por su solidaridad, por esa necesidad que tiene de darle una mano a la gente por más que ella no atraviese una situación económica holgada. La cadena de favores comenzó cuando al taller llegó polar para fabricar conjuntos deportivos de niños. La mujer fabricó cuatro, dos los vendió y dos los regaló a los vecinitos más pobres del vecindario. Con el dinero que obtuvo de los conjuntos vendidos, compró más polar y siguió donando más conjuntos para que los chicos “no pasen frío”, dijo.

Rosa tiene tres hijos y ahora el nuevo desafío que tiene es aprender a leer y a escribir. “Quisiera aprender a leer y a escribir, veo los diarios, las revistas pero no sé nada. Es algo que me gustaría hacer”, reveló la abuela de 6 nietos.

Con el espíritu de una mujer de 20 años, Rosa es la primera en llegar y la última en irse del taller los días jueves, el taller que le abrió la puerta a una invaluable cadena de favores.

El taller multitudinario

En una mesa hay guardapolvos de jardín, en otra hay muñecos de goma eva y cajitas de madera pintadas a mano y en otra mesa, manteles pintados a mano. Son verdaderas obras de arte confeccionadas por las 11 mujeres que asisten al taller comunitario que instaló Cecilia Cabrera en su casa del barrio Balcarce. La joven mamá decidió continuar el legado de su madre, quien tuvo la idea de instalar un taller textil del cual pudieran vivir varias mujeres de la zona que se encontraban desempleadas. Hoy trabajan a full y tienen muchos encargos en la agenda.

La sala de la casa de Cecilia se convirtió en el taller. Allí hay dos máquinas de coser instaladas, además de los materiales necesarios para confeccionar la gama de artículos que tienen para ofrecer a la clientela. Las once mujeres que asisten al taller saben que pueden ir en el horario que les resulte más conveniente y acompañadas de sus hijos si no tienen donde dejarlos.
“Acá todas podemos tener nuestro dinero gracias a lo que confeccionamos en el taller.

Manejamos nuestros horarios y vendemos casi todo lo que fabricamos ya sea de manera particular o en las ferias que organiza el ministerio de Desarrollo Humano”, contó Ceci.
Mientras unas pintan, las otras cosen y alguna ceba mates. Ese es el ritual que siguen las chicas. Aida Pelaytay es la asistente más grande del taller. La mujer además de ganar dinero gracias a los manteles pintados a mano que hace, contó que asistir al taller para ella es una terapia porque todas hablan de sus problemas y pasan momentos de relax.

Las mujeres arrancaron juntas y continúan trabajando en conjunto para darle una mejor vida a sus familias.

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