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Las 4 horas en que San Juan estuvo aislada: el hallazgo de vivir colgado de un cable

¿Cómo sería una ciudad, un país, todos desconectados de todo, sin celulares y sin Internet? La respuesta se pudo vivir en estas horas. Caos, hasta en los lugares más insospechados. Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Sebastián Saharrea

Ni un llamado, ni un ring tone, ni un mensaje, nada de mails, chats ni diarios por internet. Hasta el extremo que se vivió en un café frente a Tribunales en tono risueño, por supuesto: mozo, un café por favor; imposible, no tengo sistema.

Estas horas en que San Juan estuvo aislado del mundo pudo haber sido una probeta de ensayo para comprobar el fenomenal impacto de los avances tecnológicos sobre la vida cotidiana de la gente, hasta una regresión a no hace mucho tiempo atrás, que a las generaciones más caminadas puede parecerle una eternidad y a las más nuevas, directamente imposible de imaginar: hace apenas una década, 10 años, la vida diaria de la gente era prácticamente como en las horas que pasaron y que tanto incomodidad generó, sin computadoras conectadas con line las 24 horas ni el imperio del celular dominando cada acción. Ninguno existía de manera masiva.

Esta regresión sanjuanina permite reflexionar también sobre un extremo generalmente desapercibido: lo dependiente que alcanzamos a quedar de una conexión que físicamente representa apenas un par de cables. De que esos cablecitos permanezcan en su lugar, depende toda la actividad económica y social de toda la provincia. Asombroso, increíble, pero así se acaba de poder comprobar.

Tanto para las acciones que requieren de una computadora conectada a la web o de un celular, como para las cosas que no deberían estar tan relacionadas. Por supuesto que con internet y celulares caídos, resultó imposible todo trámite telefónico o informático. Como también, cualquier necesidad de logística para un trámite manual. Por ejemplo: “me demoro un ratito, pasá vos a buscar a los chicos”, “avisale a Pepe que se apure porque me voy”, cosas así.

Pero la parálisis afectó, para muchos asombrosamente, a la actividad que en apariencia no debería quedar tan afectada. Los bancos por ejemplo, donde en toda la mañana la actividad fue prácticamente nula por falta de internet y de sistema. Muy lejos, a siglos de distancia, quedaron aquellos bancos en los que los trámites eran manuales, depósitos, pagos, alguna transferencia que usaban el telex.

Otro párrafo para el comercio, en los papeles no demasiado afectado por el parate informático y de celulares pero en los hechos casi absolutamente dependiente. El desconcierto fue tal que no sólo afectó a las operaciones telefónicas, la relación con proveedores, sino también al flujo de clientes desorientados.

Hasta el tránsito sufrió. A media mañana, los chicos que manejan el estacionamiento medido en la Capital fueron llamados para dejen la calle ante la falta de sistema. Sólo faltó que cayeran en la volteada los semáforos, algo que no ocurrió.

Relaciones interpesonales, momentáneamente rotas, suspendidas, paralizadas. En estas horas de caos, nadie encontró a nadie, ni para invitarla a tomar un café, ni para decirle que la quiere, ni siquiera para controlarla de cerca. Otro uso, el persecutorio en el contacto personal, que los celulares han agilizado al extremo de convertirlo en paisaje de todos los días, y que en estas horas estuvo congelado y significó un regreso a las fuentes. A los tiempos en que uno volvía a la casa y contaba lo que había vivido, y no como ahora que ya se sabe todo por el intercambio al minuto de mensajitos.

Descoordinación total, en todos los órdenes de la actividad cotidiana, fue el denominador común en estas horas de desorientación. El que tenía que venir, no vino y tampoco pudo avisar, el que tenía que ir  no encontró, y todo se hizo eterno. Otra revelación, cómo acortan los tiempos los celulares. Lo que pasa cuando no se avisa, se multiplicó por todos lados: nadie pudo avisar a nadie de nada.

También significó esta parálisis la revelación de lo obsoleta que va quedando la telefonía fíja, a esta altura de la vida reducida a un aparato que aún se mantiene por costumbre más que por utilidad. Pero esta vez sí que hizo falta, y no respondió. Todas las líneas saturadas a lo largo de todo el día, resultado de la estampida comunicacional.

Y al fin, la comunicación. La extrañísima sensación de quedar casi absolutamente desinformados durante todo este tiempo, producto del cambio sensacional y vertiginoso de las comunicaciones en los últimos tiempos. Los diarios digitales, los que han registrado en esta conversión la mayor audiencia de parte de quienes quieren saber al momento qué está pasando, absolutamente callados. Con ellos, la primera fuente para que los que los medios que quedan, la televisión y la radio, puedan registrar datos, fotos, contenidos de todo tipo.

La tele y la radio, apelando a la frecuencia del éter, como lo fue el sistema fundacional. Nada de conectarse por internet a algún tipo de imagen o de sonido. También con la dificultad de no tener información nacional o internacional abundante. Literalmente, sin saber bien para qué lado gira el mundo.

 

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