Por Miriam Walter
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El único jefe de display que existe en San Juan es Carlos Gisbert. Es un cargo que pocas empresas en el país pueden pagar, un rol que conlleva la responsabilidad de lograr que los productos de la tienda se vean tan bellos y especiales que la gente corra a comprarlos. Así que además de hacer atractivas vidrieras, también crea llamativas puestas en escena dentro del local. Carlos Gisbert trabaja en Falabella hace 13 años. Convive con maniquíes gran parte del día, los viste con la última moda, los acomoda de manera muy real, los hace actuar y decir cosas a la clientela, y para armar sus escenas no tiene límites: usa objetos prestados, de su propia casa y mucha imaginación.
Con 45 años, Carlos es nacido en San Juan y dice que su vida siempre estuvo ligada al arte. “Me gusta lo bello, el color, mis viejos, mis tíos, mucha de mi familia se dedican al arte”, cuenta. Tras recibirse de arquitecto en 2001, entró a trabajar a la tienda y asegura que lo que hace es parte de la arquitectura. Para hacer lo que hace, se capacita seguido con viajes que organiza la empresa a Buenos Aires, donde estudian las últimas tendencias. De ahí “bajan” un concepto a las tiendas y él es el encargado en San Juan de transmitirlo a la gente. Le dan muchas veces material decorativo, como objetos y vinilos, pero no es raro que él saque cosas de su casa, o las pida a sus amigos o en anticuarios. Con todo eso hace volar su creatividad, lo que no es sencillo a lo largo de tanto tiempo si el fin es conservar la frescura.
“El sanjuanino es innovador, le gustan las cosas raras, nuevas”, describe el arquitecto. Asegura que hay clientes que esperan para ver con qué sale en sus creaciones, que renueva cada 15 días en distintos puntos del local sobre calle Tucumán, ayudado por un equipo que sigue al pie de la letra sus instrucciones. Una vez, recuerda, debía subir al primer piso la carrocería de un auto real, y como no cabía por el ascensor, hicieron peripecias por la escalera eléctrica, pero lograron el cometido artístico.
“Todo lo que está en la vidriera se vende”, evalúa sobre su función estratégica. En todos estos años ha visto diferentes reacciones. Cuenta que una vez que hizo una apuesta sensual en vidriera, con maniquíes vestidos con sugestiva ropa interior, una clienta se quejó diciendo que todo eso era prostitución. Pero asegura que la mayoría de las veces la gente ve con agrado lo que hace. Si uno le pide las tres mejores creaciones, dice que son, en primer lugar, una sobre Nueva York con mucho terciopelo que hizo para una Navidad; en segundo lugar, una vidriera protagonizada por Marilyn Monroe; y, por último, una muy vintage, que logró con fotos familiares suyas, en blanco y negro.
Su carrera no termina en la puerta de la tienda. Carlos dice que solía llevarse a su casa maniquíes para arreglar y que siempre que encuentra algo en la calle que pueda servirle, lo guarda, así que su casa es como un gran galpón de utilería que podrá convertirse en una pieza de colección en un futuro no muy lejano.
