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Homenaje a los maestros

El maestro de la cárcel

Se llama Alejandro Campillay. Hace 25 años que es docente y desde hace 21 enseña en el Penal de Chimbas a los internos. Ama lo que hace y sueña con jubilarse dando clases en el servicio penitenciario. Por Natalia Caballero.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

Cada vez que un preso escribe por primera vez su nombre, aunque sea a trazo tambaleante, Alejandro Campillay siente que no se equivocó de carrera, que sus años como docente realmente valen la pena. Alejandro es el director de la escuela primaria Juana Godoy de Brandes, establecimiento educativo dedicado a escolarizar a los internos del Penal de Chimbas. Desde hace 21 años trabaja en el servicio penitenciario y si bien la tarea es agridulce, los logros de los internos son tan festejados que los momentos amargos terminan siendo una piedrita en el zapato.

Sus primeros trabajos como docente comenzaron cuando era apenas un jovencito. Con 18 años empezó a ayudar a chicos de la calle. La colaboración la canalizaba a través de un comedor, en el lugar además de darle de comer a los niños también se los educaba para que no dejen la escuela. Allí su vocación comenzó a echar raíces y a encontrar un rumbo: ayudar a personas en conflicto con la ley. Fue así como inició sus estudios como docente especializado en este tipo de casos.

Apenas se recibió comenzó a trabajar como docente en el Instituto Nazario Benavidez. En el establecimiento aprendió a trabajar con internos, a enseñarles cosas que le fueran útiles para su vida. Terminado el primer año, lo llamaron del Penal de Chimbas para cubrir un cargo. Inmediatamente aceptó. Desde aquel día pasaron ya 23 años.

Enseñar no es una tarea sencilla. Es que hay que adaptar los contenidos a cosas prácticas para que los internos la puedan usar en su vida cuando salgan de prisión. “No son clases para un adulto común, los internos tienen las características del aprendizaje del adulto pero no es el mismo que en el exterior, acá los internos tienen la carga psicológica de estar encerrados, la cárcel estigmatiza, ellos le dicen la tumba, tenemos que tener mucha tolerancia con las frustraciones y escuchar mucho al otro”, cuenta Alejandro.

A diferencia de lo que se puede creer al mirar desde afuera lo que sucede en el Penal, cuando se abren las inscripciones para la escuela la cantidad de internos que se anota es impresionante. Pero la escuela solo está preparada para enseñarle a una matrícula de entre 100 y 110 alumnos. Es que hay una sola mega aula que fue dividida en dos con dinero que aportaron los maestros y fueron ellos mismos los que se encargaron de colocar los tabiques. La limitación física hace imposible darles clases a más presos.

A la hora de las inscripciones suceden cosas graciosas. Los internos ven en la escuela una posibilidad de libertad dentro del encierro cotidiano, donde son escuchados por los maestros y respetados como cualquier ser humano. Es por eso que muchos aunque hayan terminado la primaria se inscriben de nuevo alegando que no han ido a la escuela, también hay casos de presos que han llegado hasta segundo grado pero como no queda cupo para la primaria y hay solo en la secundaria, se inscriben en el nivel medio. Lo mismo, tras una revisión el personal del Penal  logra detectar estos casos.

Los cursos tienen entre 10 y 12 alumnos. En la primera clase se da una especie de reglamento en donde los docentes les aclaran a los estudiantes que allí van a ser tratados con respeto, respeto que ellos también deberán tener para con el cuerpo docente como para con sus compañeros.

La escuela en el Penal se divide en cuatro núcleos: para los internos en general, para los presos de máxima seguridad, para las mujeres y para los menores en conflicto con la ley que están alojados en el Nazario Benavidez.

En las aulas se dan debates increíbles y los internos sacan a relucir lo mejor de ellos. “Tenemos un ciclo de cine debate, tomamos películas europeas como base. Los temas de las películas son problemáticas sociales, abordan relaciones de padre a hijo por ejemplo. Cuando debatimos, la verdad que los internos cuentan de todo, sacan lo que tienen adentro, que vienen de familias abandónicas, con padres ausentes, abusadores y golpeadores”, cuenta Alejandro.

El foco en el aprendizaje está puesto en el lenguaje, en que los internos puedan expresar con palabras lo que sienten. Al ser criados mayoritariamente en hogares violentos, el lenguaje que manejan con más fluidez es el de los golpes, el de manipular al otro.

Cuando un docente logra que un interno aprenda a leer y a escribir y que éste pueda dedicarle por primera vez unas líneas a su hijo o a su esposa, sencillamente la satisfacción brota por los poros. “Es muy emocionante, hay gente que nunca pudo escribirle algo a un familiar”, explicó Alejandro.

Se nota que el maestro es una persona paciente, habla con voz baja pero siempre con firmeza y convicción. Tres horas y cuarto se pasa dentro del Penal con los presos tratando de que tengan una mejor vida. Al salir llega a su casa, donde le toca disfrutar con su familia y con sus hijos, que son nada más y nada menos que ocho.

Que los internos puedan tener una segunda oportunidad de vida es lo que le quita el sueño. Han sido varios los proyectos que se gestaron desde la escuela del Penal para lograrlo. Hace ocho años se firmó un convenio con la escuela de formación profesional de Rawson para que algunos presos puedan recibirse de operadores de PC. 17 personas se colgaron el título.
También se formó una radio dentro del servicio penitenciario. Los internos aprendieron y pudieron transformarse en operadores de radio. Fueron dos los programas que hicieron: “Pensamiento libre” y “El tren de los fugitivos”, éste último onda rockera, más informal.

“Cuando un interno te cuenta que va a salir, los docentes nos sentamos con ellos y les decimos que no vuelvan a frecuentar los lugares que antes visitaban, que cambien de aire, que se reinserten en la sociedad. Es una gran tristeza las que nos invade cuando los vemos esposados otra vez”, dijo Alejandro. Como es triste verlos volver, es una alegría enorme encontrarse un ex interno en la calle trabajando. “Ellos dicen que se rescataron, a nosotros verlos aunque sea lavando autos nos pone muy felices”, relata.

-¿Tuvo miedo alguna vez?, preguntó esta cronista. “No tenemos tiempo de tener miedo”, respondió a secas. Ahí nomás, demostrando secretamente que no siente miedo, siguió contando los cientos de proyectos que tienen en la escuela.

En la tierra donde nació el Maestro de América hay muchos docentes que día a día luchan por educar. Aunque Alejandro sea un docente más en las planillas del Ministerio de Educación, para los internos Alejandro Campillay es el Maestro del Penal.

El personal docente del Penal está compuesto por Omar Bustos, Silvia Giménez, Mariela Agüero, Gema Espinoza, Gabriela Luna, Marcela Illanes, Oscar Rodríguez, Andrea Rodríguez, Iris Soria. El director es Alejandro Campillay y la vicedirectora es Susana Beatriz Boronat.

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