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Personaje

El sanjuanino que fabrica aviones en el fondo de su casa

Carlos Sánchez vive en Colonia Rodas y hace 30 años construyó su primer ultraliviano en el barrio Güemes. Desde ese momento no paró. Vuela al menos una vez por semana y hasta fundó un club de fanáticos de aeromodelismo. Por Natalia Caballero.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

No puede trepar un árbol ni tampoco una escalera porque sufre de vértigo, pero sí se sube una vez por semana al avión ultraliviano que él mismo construyó hace 30 años. Se trata de Carlos Sánchez, un hombre que fabrica aviones artesanalmente en un taller montado en el fondo de su casa. Cuando era un niño, su papá lo introdujo en el mundo del vuelo y desde ese momento no paró: aprendió a pilotear, a construir aviones y hasta fundó un club de aeromodelos llamado Hangar del Oeste.

Hay que atravesar un callejón en Colonia Rodas, Rawson, para llegar a la casa de Carlos. Un portón de dos hojas se abre y el visitante ve lo impensable: un taller abierto de par en par con un avión adentro. Es que en el fondo de la propiedad donde vive la familia Sánchez hay un enorme taller en el que hay aviones de aeromodelismo, moldes de fibra de vidrio y grandes planos colocados prolijamente en un caballete. Y cuando uno cree haber visto todo, en uno de los costados de la propiedad hay una pista de 330 metros de largo, desde donde parte en su ultraliviano una vez por semana a recorrer la provincia.

El primer contacto que tuvo Carlos con los aviones fue gracias a su padre, Harlington, un hombre enamorado del aeromodelismo que leía mucho sobre el tema y que hacía vuelos libres. Con la pasión de su padre corriendo por sus venas, empezó a crear diseños desde pequeño, perfeccionó su técnica después de haber concurrido a la escuela Boero y más aún, tras haber estudiado ingeniería. Ese bagaje de conocimientos fue muy importante para concretar su primer sueño: fabricar aviones a escala, los que comercializó a distintos puntos del país.

Al ritmo que perfeccionaba su técnica, Sánchez entró a trabajar al Gobierno. Su hobby siguió siendo el aeromodelismo pero el sueño de crear el avión propio se adueñó de él. El único enemigo para concretar su ambición más grande era la falta de dinero. En 1978 se pusieron de moda alrededor del mundo los aviones ultralivianos y con el gran desafío de armar uno, se embarcó en la aventura de conseguir financiamiento. Un amigo suyo, Antonio Sanguedolce, fue el visionario que decidió apostar por el loco proyecto de Sánchez y financiar la construcción del avión, que actualmente cuesta más de $100.000.

Luego de trece meses de arduo trabajo en un taller en el fondo de su casa del barrio Güemes, Sánchez construyó un ultraliviano monoplaza. Durante 60 días realizaron diversos ensayos y testeos para evitar una mala pasada. La prueba de fuego fue en el Aeropuerto de Las Chacritas con la supervisión de la fuerza aérea. Un piloto de prueba piloteó por primera vez el ultraliviano sin problemas.

“Aunque había fabricado un avión no sabía volar, sólo había volado aviones de aeromodelismo con control remoto que es bastante más difícil. Luego de realizar un curso, aprendí. El primer vuelo lo realicé a Jáchal y fue de promoción”, cuenta Carlos. Su gran talento lo llevó a fabricar aviones durante un año y medio para Aerocuyo. La disolución de la sociedad con Sanguedolce paró las ventas a la empresa nacional, lo mismo Sánchez siguió con la fabricación en su casa.

Carlos tiene cinco hijos, pero sólo dos aman volar como él. Su hija mayor, con quien vuela en un ultraliviano biplaza y su hijo más chico de 18 años, los demás no se sienten atraídos por el mundo del cielo.

Cuando Sánchez se jubiló, se dedicó de lleno a los aviones. Tan es así, que ahora le dedica ocho horas diarias. “Estoy abocado a la construcción de dos aviones ultralivianos Piper JT reducidos al 15 %, son para aeromodelismo.  Los planos se bajan de Internet, es un avión cerrado de aluminio entelado”, cuenta. Se nota que cuando habla de aviones está en su salsa.

Los elementos para la fabricación de aviones de aeromodelismo y para aviones ultralivianos se consiguen en Argentina, lo único que hay que mandar a pedir al exterior son los motores, sin duda la parte más cara del avión (están valuados en $20.000).

Una vez por semana sale en el primer avión ultraliviano que construyó hace 30 años a sobrevolar la provincia. “Las zonas más lindas para volar son el Médano de Oro y el Dique de Ullum”, cuenta Carlos. Ese pájaro de metal es su creación más preciada y es la que elige para volar. Una hora de vuelo implica un gasto de 40 litros de nafta, según dijo.

Entre las juntadas con sus amigos del Club Hangar del Oeste y la fabricación de aviones en el fondo de su casa pasa el día Carlos, un creativo que pudo concretar todos los sueños que tuvo en su vida y alcanza el cielo cuatro veces al mes.

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