Lidia confiesa que el camino de la espiritualidad empezó desde muy chiquita “porque era muy inquieta y me gustaba averiguar qué era lo que pasaba más allá de la vida, qué era lo que ocurría”. Con el paso del tiempo “no me atraía muy bien la historia de la Biblia, no la entendí en ese momento como un libro sabio y que me enseñaba algo, sino como un cuento”.
En el camino “me hice amiga de judíos, buscaba en otras religiones a ver si había algo que podía entender o me enseñaban algo; fue así que leí un poco de todas pero no me enganché en ninguna”.
Ya con 23 años fue a la psicóloga porque “no entendía mucho mi vida”. Luego comenzó a practicar yoga y así fue “como me involucré en la Gran Fraternidad Universal; por lo que no era una actividad física la de hacer yoga, la gimnasia desde el cuerpo; sino que era yoga en el sentido de la unión con la espiritualidad y eso se hizo cada vez más profundo”.
Además de volverse vegetariana estudió un poco de Cabalá y cuando comenzó a relacionarse con otras personas con su misma visión de vida en la provincia “me enganché en la organización Sai Baba por los valores humanos a raíz de unos videos que me mostraron y desde ese momento empezamos a estudiar educación en valores humanos”. Eso la llevó a la India, a un Congreso Internacional en el Ashram de Sai Baba, y aprendió, entre otras cosas, que “no había que ir a ningún lugar santo porque estaban adentro tuyo”.
Actualmente medita en un grupo en distintos lugares, incluso recientemente volvió de un encuentro en Capilla del Monte, Córdoba, al que considera “un lugar enérgicamente muy poderoso, aunque no muy importante para mí porque considero que lo valioso es juntarse con personas afines”.
Para ella su casa es su “templo” y es por eso que “no hay nada que tenga mala onda y tengo de todo un poco: velas, atrapasueños, inciensos, un cuenco tibetano, un cuadro con Ohm, entre otros amuletos; en todas partes hay alguna cosita que me distingue”.
Finalmente recuerda cada reunión o encuentro porque “me junto con gente que tiene corriente espiritual abierta, que no hace distinciones ni discrimina por la ideología política o religiosa; que todos tienen conciencia de que somos un espíritu dentro de un cuerpo y que venimos a hacer uno para construir a partir de amor”.