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HISTORIAS

Rápidos y furiosos (por un mango)

Cuanto más rápido van, más ingresos tienen; conviven con los asaltos; son sus propios jefes y se odian con los colectiveros y los remiseros por los roces diarios en las calles, donde se codean con los accidentes. Bienvenidos al mundo del delivery, un oficio en el que van “al palo” con comida, remedios, pañales y hasta con bebidas alcohólicas. Por Gustavo Martínez Puga.

Por Redacción Tiempo de San Juan


“Una vez partí la moto en dos partes. Literalmente. Trabajaba para una farmacia y ahí tenés que andar sí o sí al palo todo el día para poder meter más viaje, que es por lo que te pagan. En 10 años que llevo trabajando en el delivery, tuve 7 caídas, 3 accidentes de tránsito y me asaltaron 9 veces”. La violenta anécdota y los tristes récords son de Maxi Olmos, que a sus 28 años hizo del delivery su forma de vida y con la que mantiene a sus dos hijos, de 3 y 2 años. El mundo del delivery en la Ciudad, desde adentro.

“En los últimos cinco años estoy repartiendo pañales. Voy a todo el Gran San Juan. Hay lugares donde no entro, como Chimbas. Después de las siete de la tarde, ahí no voy. Rawson también se ha puesto peligroso. Gracias a Dios nunca me llevaron la moto, siempre se llevaron las llaves y la plata. Saben que siempre tenemos plata, así es que somos un blanco seguro y fácil”, cuenta Maxi, quien hace de 80 a 100 kilómetros diarios. Ahora tiene una Brava 110 cero kilómetro. Es su segunda moto.

Según Maxi, para que el negocio sea rentable, tiene que hacer de 10 a 12 viajes diarios. En su caso particular, el negocio para el que trabaja le paga 500 pesos fijos por mes para los costos de la moto, como cambios de aceite, neumáticos, combustible y posibles roturas. Y después cobra por cada viaje. A diferencia de cuando repartía comida o remedios, Maxi dice que la clientela de los pañales es más tranquila, aunque hacer viajes con bultos grandes es más complicado para el delivery.

Así como se reparten pañales, el mundo del delivery da para todo. Sin ir más lejos, el del alcohol es una práctica común entre los jóvenes que se juntan los fines de semana en una casa. “Generalmente son chicos de hasta 20 años, no más. Y te piden pizzas y cervezas.

Cuando llegas también te piden si les podés ir a traer fernet, gaseosas y otras bebidas alcohólicas, porque son chicos y no quieren salir en el auto a la calle. Donde más se da eso es en los countrys para el lado de Rivadavia. Te tiran unos mangos y vas y les traes lo que te piden”, dice Maxi, que admite haberlo hecho durante algunos años, cuando repartía pizzas.

“Estar todo el día en la calle es jodido. Los más cabrones son los remiseros, que van andando y te clavan los frenos para levantarte un pasaje.  Te encierran, te abren las puertas cuando vas pasando… son fatales. Le siguen los colectiveros: esos te encierran como si nada. Si no tenés cuidado, terminás contra el cordón o arrastrado abajo del micro”, cuenta Elías Muratore, un joven de 27 años que es padre de una beba y su esposa está embarazada.

Elías reparte comida para una casa de empanadas. Va contra el tiempo porque al cliente se le da un tiempo de demora según la distancia, y también porque la comida pierde calor si hay demora. “Los más jodidos son la gente grande. Sobre todo la que vive en edificios de departamentos y muchas veces no quieren bajar a recibirte el pedido. Quieren que se lo llevés hasta la puerta. Y encima después de quejan si no tenés la monedita para darles el vuelto justo. La gente más joven es más piola y no le presta tanta atención al cambio, son más generosos”, cuenta Elías.

En ese comercio de empanadas hacen delivery en el radio de la Avenida de Circunvalación. Elías trabaja de 11 a 15 horas y de 20 a 24 horas. Y le pagan 5 pesos por cada viaje, más un adicional por la nafta y por la limpieza del local. “Para que sea rentable tengo que hacer unos 100 pesos por día, eso implica 20 viajes diarios. Hay que meterle, con cuidado, porque si te accidentas estás al horno”, comentó Elías, fanático de su moto Zanella 150.

Justamente los accidentes son uno de los principales enemigos del que vive del delivery. “Nosotros no tenemos ART, ni seguro médico. Si te accidentás, te vas a la casa y te tenés que recuperar rápido para poder seguir adelante y volver a meterle más viajes. Nosotros estamos terciarizados a través de una cooperativa de trabajo. No tenemos un ingreso fijo por mes. Acá vivís de los viajes que haces”, contó Oscar, quien es padre de tres hijos de 18, 16 y 14 años, y desde hace tres años vive haciendo el delivery para una farmacia.

“Yo trabajo de 16 a 24 horas. Con viento Zonda, con frío, como sea. Cuanto más viajes hago, más gano. Le pongo unos 16 viajes por día de trabajo. Me pagan 3 pesos por cada uno. Y en cada viaje salimos a repartir entre tres y cinco pedidos distintos. Acá se labura contra el tiempo. Y es a cara de perro, si te gusta bien y si no te echan, total saben que al rato tienen una fila de pibes con motos que quieren tu lugar de trabajo”, contó Fernando, de 22 años, padre de un bebe, quien también vive de su moto Gilera 150.

En todos los casos, el reclamo de los delivery es el mismo: en mayor o en menor medida, con o sin ingreso fijos mínimos que les cubren los costos de las motos, el negocio está hecho para que metan la mayor cantidad de viajes en el menor tiempo posible.

 

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