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Sahid Yazzar

Sahíto, el gran crupier

Fue uno de los pioneros en los comienzos del casino oficial de San Juan y fundador del de Laboulaye, el primero oficial de Córdoba. En la época militar se mudó a Brasil, cambió su identidad para evitar el Plan Cóndor y trabajó en diferentes casinos de ese país. Por Jorge Balmaceda Bucci.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Jorge Balmaceda Bucci

No sería ninguna osadía pensar que su vida podría estar tranquilamente narrada en la gran pantalla. Sahid Yazzar, “Sahíto” para todos los que lo conocen, es, gracias a su larga trayectoria de crupier, ‘El Libro Gordo de Petete de la Ruleta’ en San Juan.  Relegó su oficio de vidriero y letrista para adentrase de lleno en el mundo del casino. Allí hizo carrera, conoció lugares más allá de las fronteras de San Juan, sumó y relegó sentimientos –y perdió otros-, gambeteó el proceso militar, disfrutó del dinero y de una vida con más alegrías que hieles.

Sahid es hijo de padre sirio, madre italiana y el antepenúltimo en una lista de once hermanos. Hoy, próximo a cumplir 74 años, conserva implacablemente la pinta que le acompañó desde que nació y atesora en su prodigiosa memoria, entre tantos números y combinaciones, un cargamento de historias imposible de desglosar ni un semanario entero.  De joven se inició en el oficio de la vidriería y el dibujo de letras de cartelería, pero llegando a la mayoría de edad el tren de la ruleta llamó a su puerta y no se bajó nunca más. Un dato que llegó a sus oídos le hizo inscribirse en Escuela de Crupier, que se dictaba en Casa España, por entonces el único lugar en el que había ruletas.

Después de superar la prueba de admisión –había que recoger 200 fichas de un mismo color, entre una marabunta de esféricas plastificadas, en menos de un minuto-, “Sahíto” se convirtió en uno de los 40 ingresantes. Poco tiempo después el flamante primer casino oficial de San Juan –inaugurado en 1964- necesitaba aumentar su personal y el joven Yazzar, por su increíble destreza con las manos, daba perfectamente la talla para ser ayudante de crupier en tal emprendimiento.  Cumplía con ser mayor de edad y contaba con una garantía comercial que requería la causa –seguí trabajando en su vidriería-, pero lo terminaron bochando en el primer intento de ingreso por no tener el secundario terminando, el tercer y vital requisito.
Parecía que se le venía la noche al sueño ‘ruletero’ de “Sahíto”, pero apareció el “padrinazgo” de Pedro Llarena, quien intercedió por él ante el director del casino y le hizo finalmente entrar. Fue el punto de despegue.

Frente al Parque de Mayo, en el reluciente edificio construido por el arquitecto Carlos Arias Sanz, Yazzar fue adquiriendo más conocimientos en la materia –Curso de Pagador de Ruleta y Pagador de Punto y Banca- y mejorando su posición dentro del staff del casino. Hasta que llegó una nueva página para escribir en su camino: Laboulaye, la perla del sur de Córdoba. El calendario acababa de instalarse en 1974 cuando Buenaventura Campillay, un sanjuanino conocedor también del mundo del casino y de las habilidades de “Sahíto”, le propone sumarse al proyecto de abrir el primer casino oficial de Córdoba en la menciona localidad que reposa a la vera de la Ruta 7. Allí fue el protagonista de esta nota. “Laboulaye era muy tranquilo de día, parecía un cementerio, pero de noche era Nueva York”, apuntó  con la idea de definir el contraste que el casino sembró en el lugar.

El bienestar económico iba en aumento, al punto que “Sahíto” invirtió buena parte de sus ahorros en la compra de una casa en San Juan para su familia –por entonces estaba casado y tenía ya sus cuatro hijos- y en “una confitería bailable” llamada “El Bambi” en suelo laboulayense. Todo marchaba por un tranquilo camino hasta que el Golpe de Estado hizo su aparición y su vínculo al gremio de los trabajadores de casinos –por ende al lado peronista bajo la visión de los militares- y la detención por un año que sufrieron dos de sus hermanos con su misma situación ideológica, lo invitaron a plantearse su salida del país hasta que las aguas se calmaran.

Previo paso por Mar del Plata, donde disfrutó de un periodo sabático y aprovechó para aprender el renombrado sistema alemán para ganar en la ruleta –ver recuadro- , el crupier se marchó a finales de 1981 hacia Brasil llamándose Sahid Yazzar y aterrizó en Sao Paulo con el nombre de Juan Carlos Gómez. Tomó esta decisión con la intención de sortear la red persecutoria que habían instalado los países con regencia dictatorial. Su hermano mayor –uno de los que habían sido detenidos- lo acogió unos meses hasta conseguirle un trabajo un casino de la ciudad, que por entonces en su mayoría se vestían de clandestinidad.

“Me acuerdo que para que aquello funcionara había que tener contento a los tres personajes importantes del lugar: el cura, el intendente y el jefe de policía”, recordó “Sahíto”, quien durante la charla recitó de memoria el orden de los números de la ruleta dentro de la esfera y un abanico impresionante de combinaciones para aumentar las opciones de salir con una sonrisa del casino.

Yazzar, que fue testigo directo de lo vicioso que puede ser el juego –y principalmente la ruleta-, empezó como un crupier más y al poco tiempo, respaldado por sus conocimientos y la poca experiencia de sus colegas, se convirtió en el jefe de todos ellos. Transitó por varios casinos hasta que se radicó en la Isla Guaraparí. Una docena de años duró la travesía de este sanjuanino por suelo brasileño. “Fueron doce años muy buenos por un lado. Llegué a cobrar 100 dólares por día con hotel y comida paga. Pero también fue complicado estar sin comunicarme con mi familia para no comprometerlos con los militares”, afirmó “Sahíto”.

A mediados de los ’90 volvió otra vez a San Juan. Colgó el rastrillo de ruleta, recuperó el cariño de sus hijos –“tuve la fortuna de que entendieran por qué me fui de esa manera a Brasil-, e hizo una rápida selección de un grupo de ayudantes con los que puso en práctica el método alemán. Puede decirse que en ese aspecto en balance fue positivo y años más tarde concretó su jubilación. La actualidad se le plantea plácida. Tiene 11 nietos, 1 bisnieto, un puñado de amigos con los que todas las tardes juega sus partidas de dominó y un arcón de historias –vividas en primera persona- con las que Steven Spielberg y Oliver Stone tendrían para hacer tranquilamente una trilogía.  “¡No va más!”

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