Por Daniel Tejada
Canal 13 San Juan
Su tono cansino al hablar o su discreta contextura física no logran opacar la fuerza de sus sentencias. Juan Salgado no habla desde el rencor sino desde la tranquilidad de haber hecho lo que debía. Es uno de los chilenos expulsados por la dictadura salvaje de Augusto Pinochet que encontró refugio en Argentina y su hogar en San Juan.
El próximo 11 de septiembre se cumplirán 40 años del golpe militar que derrocó al presidente Salvador Allende. Aquel día de 1973, un joven Salgado, de 29 años de edad, recibía en su casa de Santiago un doble mensaje. El de “las radios de derecha”, que llamaban a todos a quedarse en sus domicilios. Y el de la Central de Trabajadores chilena, que pedía a todos que fueran a cumplir sus obligaciones con normalidad. Salgado trabajaba en la Universidad Técnica. Y hacia allá fue.
Por radio escuchaban los universitarios –docentes, alumnos y administrativos- todo lo que ocurría en La Moneda. Escuchaban también los disparos de los fusiles y de las ametralladoras en el exterior del edificio. Pero un militar pasó alrededor de las 3 de la tarde para decirles que con ellos estaba todo bien. Que podían quedarse. No era cierto.
A esa hora empezaba el toque de queda. No había siquiera transporte de pasajeros para volver a casa. Salgado decidió quedarse en la Universidad y pasar la noche ahí con otras 700 personas, en la Escuela de Artes y Oficios. Entre ellos estaba el cantor popular Víctor Jara.
“Ya era tarde. Afuera de la universidad se sentía la descarga de fusiles, descarga de ametralladoras, una balacera toda la noche. Pero nosotros nada que ver, aclaro. Veían a alguien y le disparaban. Era una ‘operación de amedrentamiento y asustamiento’, decíamos nosotros. No era que estuvieran agarrando gente. Pero sí pasaban camiones a diez mil”, explicó.
“Me quedé dormido en el piso. Y al otro día, tipo siete de la mañana, sentimos una estampida. Era que habían tirado un obús justo en la casa central, en las oficinas de la Universidad. Nosotros con eso nos despertamos. Nos quedamos quietitos. Al rato sentimos unos golpes en el comedor de la Escuela de Artes y Oficios. Tiraron la puerta abajo y entraron los militares”, continuó su relato.
“Ahí salimos. Nos tuvieron tirados en el suelo como hasta las 3 de la tarde, con las manos en la nuca y las piernas cruzadas en el piso. Éramos como 700 u 800 personas tiradas ahí. Alumnos, profesores, personal administrativo. A eso de las 3 o 4 de la tarde llegó un colectivo urbano y nos empezaron a meter adentro. Ya teníamos los brazos acalambrados. Nos llevaron al Estadio de Chile”.
Salgado recuerda los culatazos que le dieron en los nudillos entrecruzados en la nuca. También recuerda los golpes en las costillas o en los riñones. Pero aún así no habla mucho de las torturas. Considera que a él le tocó la parte más suave, porque estuvo detenido unos dos meses “nada más”.
“Para mí no fue nada comparado con lo que le hicieron a otros compañeros. No fueron muchas las torturas. Eran golpes y amenazas nada más. Amenazas para que dijera quién manejaba las armas en la Universidad. Y si decía que no conocía nada, me golpeaban. ¡Y yo las únicas armas que conocía eran las de la colimba, cuando la hice!”, aseguró.
Después de obtener la libertad, las cosas fueron cada vez peor. Encontró en su domicilio una carta que le notificaba su despido. Y la sugerencia de elevar el reclamo ante un oficial del Ejército. Una formalidad inútil, por cierto.
“Me quedé sin trabajo un tiempo larguísimo. Después anduve trabajando en distintas cosas. En changas (…) Yo no quería salir de mi país. Teníamos muchos amigos que se fueron a Suecia, a Brasil. Y los ayudamos con mi compañera, de distintas formas (…) Al final la cosa no dio para más”, lamentó Salgado.
Un familiar suyo ya se había instalado en Argentina, en Bahía Blanca, y lo invitó para que lo siguiera, viendo la difícil situación por la que atravesaba Salgado y su familia. “Pero cuando llegué, no me dejaban radicar porque ya estaban los militares”, explicó.
Regresó a Santiago, a vivir en la misma situación de estancamiento y apareció otra persona. Una señora mendocina que lo invitó a la provincia cuyana. A través de ella surgió una posibilidad de trabajo en Media Agua. Y ahí Salgado, su esposa y sus dos hijos empezaron a escribir una nueva historia.
“En Media Agua estuve trabajando en una empresa vial, después en una empresa constructora, siempre haciendo labores administrativas. Y después en un comercio acá en San Juan que no quiero mencionar”, dijo.
“Acá nosotros no percibimos la dictadura. Y eso que llegamos en el ’77. No la percibimos. La gente no participaba en nada. Salvo lo que se veía por los diarios. Pero había una época muy oscura en Argentina, había muy poca información de Argentina y de Chile. Nosotros leíamos el Diario de Cuyo que hablaba de las virtudes de la dictadura chilena”, acusó.
Ni siquiera el conflicto por el canal de Beagle fue pretexto para sentir algún gesto de discriminación o xenofobia en San Juan. Por el contrario, sobraron señales de solidaridad de vecinos y amigos mediagüinos que les ofrecieron escondite o una vía de escape en caso de ser necesario, si se llegaba al conflicto armado entre ambas naciones.
Hoy jubilado, Salgado es un crítico durísimo de Chile y de cómo se convirtió en un país “neoliberal absoluto”. Considera que perdió todo su patrimonio estatal y lo puso en manos privadas. Pero admite que en algún momento, cuando la vejez empiece a pesar, tendrá que regresar a Santiago, para quedar bajo el cuidado de sus hijos, radicados allá. Hasta entonces, su proyecto, su hogar, seguirá en San Juan.
El arresto con Víctor Jara
El 12 de septiembre de 1973, Juan Salgado amaneció en la Escuela de Artes y Oficios de la Universidad Técnica, donde debió pasar la noche por el toque de queda. Con él había varios centenares de profesores, alumnos y administrativos. “Entre ellos estaba Víctor Jara. Yo siempre lo menciono al compañero”, reconoció.
Un asalto militar los tomó por sorpresa y todos fueron trasladados al Estadio de Chile, donde los interrogaron y los torturaron. El relato de Salgado cuenta cómo fue capturado y en qué condiciones quedó el cantautor, docente y director de teatro chileno:
“Cuando íbamos ingresando al Estadio nos iban tomando los nombres. Al Víctor Jara lo teníamos ubicado. Iba como tres personas más adelante de mí. Cuando vemos que lo dejan detenido. Yo alcancé a ver que le preguntan cómo se llamaba.
Y él dice:
-“Lidio Jara”.
Y el oficial que estaba ahí le dice:
-“¿Vos no sos el Víctor Jara?”.
-“Sí, me llamo Víctor Lidio Jara”, contestó.
-“Te quedás acá”.
Después adentro, en el Estadio, que era como el Estadio Cerrado de acá (de San Juan), nos encontramos todos los de la Universidad y empezamos a comentar que a Víctor Jara lo habían dejado. Nos lamentábamos, porque algo le iban a hacer. Eso fue el día miércoles. El golpe fue el martes, el miércoles nos llevaron al Estadio. El viernes apareció Víctor Jara. Tenía las manos muy hinchadas. El cuerpo muy hinchado. Apareció muy mal. Lo tuvimos sentado. Le dieron unos chocolates porque no había comido nada”.
Dos días después, el domingo 16 de septiembre, el cantautor falleció asesinado por la dictadura pinochetista.