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Los “refugiados” urbanos

Tras ocho años de la erradicación de las primeras villas en la provincia, Tiempo de San Juan recorrió el barrio San Francisco, ex villa La Paloma y el Santa Clara, ex Montes Romaní. Por Natalia Caballero.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

Un refugio en el mundo, donde la lluvia no atraviesa los techos, donde se puede dormir sin miedo a que las paredes se caigan por un terremoto, donde los chicos pueden jugar amparados del frío, donde se puede soñar con un futuro mejor. Así se pueden resumir la multiplicidad de respuestas de los vecinos que viven en los barriosde las primeras erradicaciones de villas que se realizaron en San Juan, hace ya ocho años.Pero aún, los fantasmas de la integración los persiguen, porque estos complejos habitacionales funcionan como islas en el tejido urbano, con códigos propios y estigmas sociales con los que deben convivir. ¿Cómo es la vida en estos barrios? Para muchos, es mejor que en la villa, pero para otros, es peor por la inseguridad y la discriminación que los atraviesa.

Barrio San Francisco, Chimbas, ex Villa La Paloma

Al ingresar al barrio San Francisco, donde habitan 49 familias de la ex villa La Paloma, la postal es muy dispar, se nota que muchas familias progresaron, pero a otras les falta un largo camino. En las mañanas, las dueñas de las calles son las mujeres. “Acá los hombres no existen en la mañana, algunos trabajan, otros duermen después de la borrachera”, dijo resignada Toribia Mendoza, una anciana que vivió durante 40 años en la villa La Paloma. La mujer toma mate con una amiga en el jardín y cuenta su experiencia sin dejar ningún detalle librado al azar. “El sueño de toda mi vida fue tener baño. Cuando me dieron la casa lo primero que hice fue tirar la cadena. Estallé de alegría”, relata Toribia. Para ella, tener un techo digno le cambió la vida, pero opina que no hubo un cambio de actitud en los vecinos, muchos de los cuales salieron a vender los artefactos del baño apenas le entregaron la vivienda. “Para mí hay que acompañar la entrega de la llave con asesoramiento, mucha gente no se acostumbra a tener un techo”, opinó.

Hay casitas muy lindas, con hermosos jardines y veredas flamantes, y viviendas muy deterioradas y sucias. “No es fácil progresar para nosotros, es difícil pero de a poco se le van haciendo cosas a la casa”, cuentaDora Alaniz mientras distribuye las brasas dentro del horno de barro que hizo construir en el fondo de su vivienda. Ella está separada, tiene 9 hijos, de los cuales 4 aún viven con ella. “Recibo una pensión pero con eso no me alcanza, así que también trabajo limpiando casas. ¡Ojo!, nunca digo que vivo en un barrio de erradicación de villas porque no te toman, piensan que todos somos ladrones”, dijo Dora. Con los dichos de la señora coincidió otra vecina, Érica González. La jovencita aseveró que no es nada fácil conseguir un empleo si saben donde vivís. “Para la gente, estos barrios están llenos de delincuentes. Por eso miento, doy la dirección de mi abuela o de algún pariente”, agregó.

La mayor parte de las mujeres del barrio San Francisco es ama de casa o empleada doméstica. Los hombres que trabajan, en su mayoría hacen changas, o se desempeñan como obreros de la construcción o en la cosecha. Son pocos los que trabajan amparados por las leyes laborales. Tener una obra social o un recibo de sueldo es un privilegio de unos pocos.

En el complejo hay un solo negocio, un kiosco familiar al que le va bastante bien, según indicaron sus dueños. Lo mismo deben cuidarse de la inseguridad,  por eso pusieron rejas en la ventana  desde donde atienden a los clientes. Cuando el barrio se inauguró, abrieron varios comercios pero poco a poco fueron cerrando sus puertas y solo subsistió uno.

En el barrio San Francisco de lunes a viernes reina la tranquilidad. Son los fines de semana los días más conflictivos. Las peleas entre hombres, borrachos en su mayoría, desencadenan peleas que a veces terminan muy mal, con apuñalados o baleados en el hospital. En el barrio se instaló un puesto policial, que parece haber sido bombardeado por un arsenal de guerra, por el estado calamitoso de su exterior. Allí trabaja sólo un policía por turno.

En la villa podían dormir con las puertas abiertas de sus casas sin que les faltara nada. Pero en el barrio hay mucha más inseguridad. Los sogueros y los arrebatos los fines de semana se volvieron comunes. “Acá son más rápidos que una liebre, no te podés descuidar porque te desvalijan. Antes en las villas había códigos, ahora no”, cuenta Toribia.

Si en algo coincidieron los vecinos del barrio es que son discriminados por los habitantes de los alrededores. “Para ellos, a los villeros nos deberían tirar en una isla; no nos quieren, no dejan que sus hijos se junten con los nuestros en la escuela, somos una manzana podrida”, manifestó crudamente Dora Alaniz. Con su testimonio acordó también Juan González. El hombre es obrero de la construcción, trabaja en forma independiente. Resalta, como un aspecto negativo del traslado de la villa al barrio,la poca integración con la comunidad que los ve como bichos raros y los describe como delincuentes.

Barrio Santa Clara, Santa Lucía, ex villa Montes Romaní

Era una de las villas más violentas de la provincia, los incidentes estaban a la orden del día, abundaban los procedimientos policiales, la inseguridad y los enfrentamientos entre vecinos. La historia fue cambiando poco a poco a partir del 25 de julio del 2005, cuando fueron erradicadas 150 casillas de la villa Montes Romaní y las familias fueron trasladadas a distintos barrios en Chimbas y Santa Lucía; el Santa Clara fue uno de ellos.

La vida en el complejo habitacional santaluceño es muy tranquila. Si bien en un principio la adaptación con los vecinos de los alrededores no fue sencilla, a medida que fue pasando el tiempo todo se fue normalizando. “Estamos muy contentos, gracias a Dios los delincuentes se fueron. Ahora la gente nos quiere, quedamos los trabajadores”, contó Pedro Lencinas,mientras limpia la vereda. “Para mí fue el sueño de toda mi vida tener una casa, vivía en la villa porque no me alcanzaba, ganaba 9 pesos por día en la fábrica SCOP, no tenía ni para comer. Por eso, cuando nos entregaron la casa, lo primero que hice fue darme un abrazo eterno con mi hijo, mi vida había tenido sentido”, relata entre lágrimas el jubilado.

Alto de Sierra siempre fue una zona muy tranquila, pero esa paz se terminó para muchos cuando trasladaron familias de la Montes Romaní al lugar. Ignacio Rodríguez dijo que en tres meses los vecinos sufrieron una avalancha de robos, luego fueron cediendo los delitos hasta que en el lugar volvió a reinar la paz, como antes.

Una de los hechos más trascendentes que contribuyó con la integración de los vecinos del barrio Santa Clara con su entorno fue la formación de una especie de unión vecinal, que luchó en conjunto con el resto de la comunidad para la instalación del gas natural.

Lo mismo, aún deben cargar con miradas juzgadoras cuando salen a la calle, los siguen tildando de “villeros”. “Para mí es una costumbre, siempre me trataron de villero así que no me duele, lo que sí me molesta es que mis hijos tengan que cargar con lo mismo”, alegó, triste, María Isabel López, ex Montes Romaní. 

Al igual que en el barrio San Francisco, a la hora de pedir trabajo, los habitantes del barrio Santa Clara evitan decir que el complejo habitacional fue construido bajo el plan de erradicación de villas.“Para la gente de la clase media, el gobierno nos regala casas. Para ellos, nosotros deberíamos ser borrados de la sociedad”, agregó Lencinas.

Sin dudas, la integración sigue siendo la gran cuenta pendiente en las primeras villas que fueron erradicadas en la provincia. Si bienen el barrio Santa Clara lograron una mayor inserción en la comunidad, aún los habitantes de las ex villas siguen siendo catalogados como vecinos clase B.

Cifras
81 son las villas erradicadas en San Juan desde que comenzó el programa
1000 casas más de este plan se van a financiar este año con recursos nacionales
4.500 son las familias que fueron trasladas a los barrios de erradicaciones de villa
185 mil pesos es el costo de las casas de las erradicaciones
283 familias tenía la villa más grande erradicada en San Juan, en Caucete

 

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