Por Michel Zeghaib
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Mientras tanto, el entonces intendente departamental, Pedro Cabrera, se quedaba sin respuestas precisas y efectivas. Sólo llegó a esbozar un grito de auxilio al gobierno de la provincia porque, de otra manera, el agua también lo taparía a él, y por ende, a su gestión. La pérdida de tiempo y la falta de reacción política, se enarbolaron como los principales motivos de las falta de capacidad para responder a los “castigos” de la naturaleza. Pero, poco a poco, se empezaba a caer en la cuenta de que los castigos no eran sólo de la naturaleza, sino también de la ineficacia política.
El departamento de Sarmiento en general, era presentado por los medios de la época como un lugar en estado de total abandono, sobre todo, en lo que respecta a infraestructura. Después de cada inundación, aparecían otros problemas concomitantes como: contaminación, afloramiento de pozos sépticos, falencias en obras públicas, caminos intransitables, comunicación cortada. Y, por supuesto, la lógica inmigración a departamentos aledaños, por ejemplo, Caucete. Numerosas familias abandonaban, tras cada inundación, sus precarias viviendas, y migraban a otras zonas de la provincia más seguras para vivir.
Sarmiento, en aquellos tiempos, era visto como un lugar paradójico. Era una de las zonas más ricas de la provincia, y, al mismo tiempo, un lugar de supervivencia. Mutilada por el clima, por un lado; y por la desidia oficial, por otro. Han pasado 30 años de aquella primera vez. Hoy, Sarmiento vuelve sufrir.

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