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Personajes Sanjuaninos

Carlos y Pucho, dos compañeros inseparables que recorren San Juan en bicicleta

A sus 68 años, cumple una promesa pedaleando junto a su perro rescatado, en un viaje de esfuerzo, gratitud y compañía incondicional.

Por Daiana Kaziura

En la banquina de la Ruta 20, bajo el fuerte sol, avanza Carlos con su bicicleta. No va solo: a su lado, sobre la parrilla, viaja Pucho, su perro y compañero inseparable. Juntos pedalean despacio, con una calma que parece ajena al apuro del mundo. Van rumbo a la Difunta Correa, con una promesa a cuestas y una historia de amistad tan azarosa como incondicional.

La escena tiene algo de entrañable. Carlos Peruzzi tiene 68 años y una sonrisa fácil, de esas que aparecen incluso cuando la subida aprieta. Enfrenta la Cuesta de las Vacas con esfuerzo, pero sin quejas. “Las piernas me dan todavía, gracias a Dios”, dice con algo de orgullo.

Atrás, en una caja plástica cuidadosamente sujeta a la bicicleta, viaja Pucho. Tiene unos 9 años y va cómodo, sobre una almohada. A su alrededor, botellitas de agua que ambos comparten.

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La historia entre ellos empezó de casualidad. “Fui a Pocito a un cumpleaños y, cuando volvía, lo encontré en una plaza, abandonadito. Pregunté por la zona, no era de nadie… y me lo traje”, recuerda Carlos. Desde entonces, no se separaron más. “Ando con él en el carrito, me acompaña al trabajo, jugamos… es una gran compañía”.

Carlos trabaja como sereno en Santa Lucía, y Pucho es parte de cada jornada. Pero esta vez, el viaje tiene otro sentido. No es paseo ni rutina: es promesa.

“Lo tenía un poquito enfermo… me lo agarraron otros tres perros y casi me lo mataron”, cuenta, con la voz que se vuelve más baja. En ese momento, pidió ayuda. “Le pedí a la Difunta que me lo curara. Y bueno… ya está, ya pasó todo. Ahora anda bonito”.

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Pucho, ajeno a las palabras, parece confirmarlo con su quietud confiada. Según cuenta, el perro juega con niños, con gatos, y lo acompaña a todos lados: Pocito, Zonda, Media Agua, San Martín, Angaco.

En este caso, el viaje empezó el día anterior, a las seis de la tarde, desde Capital. Llegaron a Caucete, donde pasaron la noche, y a las siete de la mañana retomaron el camino para llegar junto con la Cabalgata de Fe a la Difunta Correa. “Vamos parando cada tanto, pero siempre llegamos”, confía Carlos.

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La Cuesta de las Vacas es, quizás, el tramo más difícil. “Es bastante embromada”, admite. La bicicleta no es la suya —la suya tiene los cambios rotos— y eso se siente. “Si no, ya hubiera llegado hace rato”, asegura.

Pero no hay apuro que valga más que la promesa. Carlos pedalea con paciencia, sabiendo por qué está haciendo el camino. Para él, el viaje nunca fue solo llegar. Es, sobre todo, seguir pedaleando con Pucho al lado.

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