Rinconcito sanjuanino

Un símbolo de la época dorada

Es el chalet y la bodega que construyó Saúl Aubone a principios del 1900 en el corazón de Trinidad, con materiales traídos de Europa y un gusto exquisito que aún hoy encandilan y llenan de nostalgia. Atesora desde un Fort T de 1917 hasta las pinturas originales con las que decoraron los techos de la casa. Por Gustavo Martínez. Mirá la galería de fotos y sorprendente con los detalles.
miércoles, 4 de julio de 2012 · 15:19

La torre con los vitrales en la que flamea la celeste y blanca son una invitación innegable a pegarle una rápida recorrida con la vista a los detalles de las molduras en los filos de la terraza y de las cuatro columnas enormes de la entrada del chalet ubicado en General Acha y San Francisco del Monte, en Capital. La impactante construcción resistió intacta el paso del tiempo, el terremoto del ´44 y el avance de la ciudad con sus barrios de casas y monoblock, gracias al esfuerzo de los descendientes de Saúl Aubone, un forjador que apostó a la provincia para invertir y vivir a lo grande la riqueza que amasó en los años dorados de la vitivinicultura sanjuanina.

Pero esa placentera vista diaria que tienen los miles de sanjuaninos que llegan a la Ciudad desde el Sur de la provincia, es mínima si se tiene la oportunidad de traspasar las grandes rejas verdes que fueron hechas a fragua y martillo.

Todo comenzó en 1916. En ese predio de 6 hectáreas que está entre General Acha y Mendoza, desde San Francisco del Monte hasta Larraín, el sanjuanino Saúl Aubone construyó primero una bodega que consta de tres naves: una que alberga el hangar, las prensas y el sistema de rieles que montaron colgado del techo desde los tirantes de madera traídos desde Inglaterra; otra en la que está la sala de máquina y la tercera en la que se hacían los traslados de vinos entre los toneles de madera y las piletas de cemento. Cada pared tiene unos 60 centímetros de ancho. Están hechas de adobe, con columnas de cemento y ladrillo y enlucidas con una gruesa capa de barro y paja. Por esos años era la forma más idónea de conservar la temperatura ambiente en su interior. Hasta 1989 funcionó como bodega, pero desde entonces en Capital no se puede elaborar vinos. Y todo quedó intacto. Incluso, los escritorios de la empresa que dan a la calle San Francisco del Monte, donde se conservan viejos teléfonos y hasta las añejas pipetas de vidrio que usaban en el laboratorio los enólogos.

Lo único ajeno en ese lugar es un entrañable Ford T modelo 1917 con todo original que albergan en una de las galerías, montado sobre tacos de madera para que no se arruinen las cubiertas Firestone en llantas de madera. Ese fue el primer auto de Saúl Aubone.

Todo por ella

Con las ganancias que fue obteniendo de la bodega, en 1920 este empresario pudo terminar uno de sus grandes sueños: el chalet estilo ítalo-francés que hizo pensado para su esposa, María Luisa Luraschi Graffigna, y su única hija, que por esos días tenía 10 años, María Nydia Aubone Luraschi. Al frente, debajo de la torre, en el lugar de mayor vista del chalet, Saúl hizo poner el nombre de su mujer, María Luisa.

En esos años dorados de la vitivinicultura sanjuanina, los hombres como Saúl Aubone no pensaban ni invertían en chiquito: a excepción del arenado que usaron para el terminado fino del exterior de todo el chalet, que es una arena que trajeron de San Luis, el resto de los materiales finos fueron traídos en barco desde Europa. El mármol de carrara para embellecer los balcones y las paredes, cristales biselados y arañas con cristales de Bohemia, el papel en dorados con azules para decorar  las paredes y las puertas de doble hoja con la madera tallada.

Desde la entrada principal, en la esquina de General Acha y San Francisco del Monte, se disfruta del trabajo artesanal hecho en las molduras que decoran las columnas de la terraza y, aún más trabajadas, las de las columnas del balcón que contornea el Oeste del chalet, donde está la glorieta enclavada al medio de una fuente en la que hicieron hasta una gruta para que pudieran refugiarse los peces de colores.

Orquestas y arte

En la entrada principal hay un hall redondo en el que relucen las venecitas con las que decoraron el fino piso con figuras arábicas. Cuando sus puertas se abren, el interior del chalet es un viaje en el tiempo a los años esplendorosos en los que no se escatimaban los lujos. El hall central o sala de distribución tiene una altura superior a los 8 metros, en donde la luz del sol entra por los vitrales de colores durante todo el día.
Impacta las esculturas talladas en mármol de Pisa, en Italia, con las figuras de Saúl Aubone y su esposa María Luisa, relucientes debajo de una lámpara redonda. Esa sala está decoradas con retratos de Armando Parisí y un cuadro, la “maternidad”, de Juan Carlos Castagnino hecho en 1968.

Ese hall central tiene 11 puertas dobles alrededor. Una da a la sala principal con vista a la glorieta y en cuyos balcones se ubicaban las orquestas para tocar en vivo cuando la familia organizaba reuniones sociales para agasajar a los familiares y amigos. Las otras puertas dan al comedor de diario de la familia, al comedor para las reuniones sociales que tiene capacidad para 24 personas, al vestidor que comunicaba con la parte trasera del chalet y con la cocina y las que comunican a los dormitorios.

La casa tiene dormitorios que dan al Sur y al Norte, ya que en los años que fue construida no había sistema de refrigeración, entonces usaban los del Sur en verano y los del Norte en invierno. Además, como se estilaba en esos años, todo el chalet tiene un sistema de doble circulación, con puertas que se comunican entre sí a todas las habitaciones. Incluso, la sala principal, el dormitorio matrimonial –que tiene vista hacia el Oeste, donde está la bodega-, la cocina y el comedor principal tienen entrada y salida independiente al exterior de la casa.

Debajo del espacio en el que funciona la cocina aún se conserva el sótano, el cual tiene una puerta de acceso directo a ese ambiente, ya que era usado como depósito de comestibles.
Cada ambiente está decorado con papel, piso de parqué y mármol de carrara en sus paredes.

Los techos fueron pintados y en su interior aún están intactos los muebles –mesas, sillas, camas y roperos, alajeros y grandes espejos- que fueron construidos para el chalet. En cada sector la decoración es cuidadosamente conservada, desde relojes a cuerda que dan fuertes campanadas hasta lámparas de mesas de luz forradas en finas telas. Y en cada ambiente, al lado de cada perilla giratoria del encendido de las luces, están los timbres que conectan cada lugar con la cocina, donde estaba la servidumbre.

Pero así como en el interior fue pensado cada detalle, los jardines del exterior no quedaron liberados al azar. Alrededor del chalet hay palmeras y una araucaria que fueron plantadas cuando se inauguró la casa. Hoy llaman la atención por su altura. Y la araucaria produce piñas de un tamaño increíble.  En el sector que da a la calle San Francisco del Monte aún se conserva el tobogán de madera y la estructura del columpio que hacían de parque de juego para los niños. A los costados de la entrada principal hay agapantos, rosales y violetas.

Esos jardines fueron remodelados a fines de los ´60, para el casamiento de María Nydia González Aubone de Gómez, actual dueña del chalet (ver recuadro), nieta de Saúl Aubone. Esa remodelación estuvo a cargo del arquitecto Félix Pinedo y fue cuando al camino del acceso principal se le incorporó piedra laja. En los costados del chalet aún hay fuentes y banquitos y mesa de mármol. En los jardines las plantas fueron pensadas en función de los ambientes de la casa, por eso ubicaron, por ejemplo, un jazmín frente a la ventana y el balcón que da al dormitorio matrimonial.

En esos jardines también hay historia y momentos románticos para la familia, como la planta estrelicea (conocida como la flor del pájaro) que hace más de 50 años le regaló a María Nydia Aubone su esposo, Francisco E. González Templado, quien además de ser el yerno de Saúl Aubone fue como un hijo más que llevó adelante sus negocios.

En la parte trasera del chalet, pintada de un verde inglés como toda la carpintería metálica del lugar, se destaca la escalera caracol que permite subir a la terraza desde el exterior. En ese sector también está la casa que fue hecha para la servidumbre, separada del chalet y a un costado de la huerta en la que sembraban frutas, hortalizas y criaban a los animales.
Contorneando todo el chalet aún quedan restos de lo que fue la pequeña acequia con la que se regaba a manto el jardín, con el agua del pozo hecho para la bodega y para los viñedos que daban al Sur, los que fueron erradicados hace una década y dejaron a la vista el enorme terreno vacío en medio de la ciudad, allí donde resiste imponente el chalet de Aubone.

María Nydia González Aubone de Gómez : “Aquí viví una niñez muy feliz y es un orgullo mantenerlo vivo”

María Nydia González Aubone de Gómez es la única dueña de la bodega y del chalet que construyó su abuelo, Saúl Aubone. Su madre, María Nydia Aubone Luraschi de González fue la única hija de Saúl Aubone y María Luisa LuraschiGraffigna.
Su padre, Francisco E. González Templado se casó y vivió con su esposa en el chalet, donde tuvieron y criaron a sus siete hijos.

“Aquí viví una niñez muy feliz y es un orgullo mantenerlo vivo”, cuenta con emoción María Nydia González Aubone. Aún tiene el recuerdo fijo de los días que correteaban con sus hermanos por la cornisa de la terraza, o cuando con sus hermanos invitaban a sus amigos y se hacían grandes fiestas en el chalet.

“Mi padre y mi abuelo Saúl fueron personas muy abiertas con la familia y con los amigos. Les encantaba recibir gente y hacer amistades”, cuenta María Nydia.
Hace 12 años, cuando falleció su madre, María Nydia González Aubone y su esposo, Agustín Gómez Cano, se mudaron al chalet. En esos días vivieron con ellos los tres hijos más chicos. Este matrimonio tuvo seis hijos: María Luisa, María Nydia, María Concepción, Agustín, María de la Paz e Indalecio.

Ahora habitan el chalet ellos dos solos y María Nydia se dedica a mantener con vida los jardines, el chalet y conservar lo mejor posible la bodega que heredó de su abuelo Saúl. “Me encantaría que algún día todo esto fuera un museo para que se mantenga con vida todo lo que lograron esos grandes hombres que tuvo esta provincia”, dice.

Empuje

Saúl Aubone fue uno de los principales impulsores de lo que hoy es el microcentro sanjuanino. Construyó el Hotel Selby –Rivadavia y Rioja-, que aún hoy sigue siendo de la familia; el desaparecido Hotel City, que estaba frente a la Iglesia Catedral y de las oficinas y comercios que hoy están en el costado Sur de la calle Rivadavia, entre Tucumán y Rioja.

Entre las propiedades más importante se destaca una estancia en Calingasta, con la cual mantenían un contacto fluido a través de la antena de radio que aún hoy está arriba del chalet de la calle General Acha y San Francisco del Monte, en

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