Historias de fe

De niños sanadores a padres de familia

Celia Suárez y Gabriel Moyano viven en Pocito y en los ’90 se hicieron famosos porque la gente les atribuía milagros. Tiempo de San Juan los muestra ahora, contando que están crecidos y con hijos pero con el don de la curación intacto. Por Miriam Walter
sábado, 05 de mayo de 2012 · 11:48

Por Miriam Walter
mwalter@tiempodesanjuan.com

A 18 años de su mediática historia, Celia Suárez sigue sanando. Tiene 27 años, vive en Pocito, es mamá y está esperando su cuarto hijo que nacerá en julio. Cuando era niña vivía en San Martín y desde allí explotó un fenómeno que le cambió la vida para siempre: la gente empezó a buscarla para que la sane y le adjudicaron milagros. A pocas cuadras de Celia vive Gabriel Moyano, quien protagonizó una historia parecida, pero algunos años después. Él, con 19 años, también es papá y como Celia, creció, es sostén de familia y analiza a la distancia su pasado como niño sanador. Ambos dicen que son herramientas de la Virgen, de Dios, y que siguen ayudando a quien se los pide. Tiempo de San Juan te los muestra hoy, crecidos y con un relato de fe para compartir.
 
Celia Suárez
Su padre cuenta que de bebé era sanadora, que lo hizo con su propia vida.  Cuando Celia tenía un año y tres meses, tomó veneno, uno que se usaba tres gotitas por cada un litro de agua para las moscas, que una hermana suya había dejando entre las plantas. “Me hicieron muchos lavajes de estómago y los médicos salieron a decirles a mis padres que no había nada que hacer. Después se sorprendieron porque estaba viva”, cuenta ahora.
“Mi mamá me sabe decir que yo desde que tengo habla digo que puedo curar. Cuando tenía cinco años empecé con unos animalitos, unos pavitos que tenían el cuellito torcido y los empecé a sobar y salieron lo más bien. Desde ahí empezaron a venir los vecinos. Mi primer paciente fue mi hermana que tenía un dolor de estómago, yo le dije que se subiera la remera y que me dejara rezar por ella y se curó”.
Corría 1994, Celia tenía 6 años y la casa llena de gente todos los días. Sus poderes se difundieron como reguero de pólvora y trascendieron las fronteras de la provincia, en medio de un revuelo mediático. Hasta llegó a los oídos de la producción de Susana Giménez, quien la citó en su living y la mostró a todo el país como la “niña sanadora”. 
Recuerda que Susana la trató muy bien. Fue con su mamá y ambas no podían creer cuando en la puerta de los estudios de Telefe se encontraron con la cuadra llena de gente que no las dejaba salir.
Apenas sabía lo que le estaba pasando y llegaba de la escuela donde había micros de diferentes latitudes de Argentina, repletos de gente con dolores y enfermedades, que llegaban buscando una cura, un milagro, de las manos de la sanjuaninita.
“Fue una locura, en muy pocos días, nosotros cuando llegamos de Buenos Aires encontramos la casa con mucha gente. Nos cambió la vida a todos, tuvimos que empezar a organizarnos con tanta gente. Hubo vecinos y familiares que nos ayudaron, ya no era nuestra vida. Del mundo entero vinieron a verme”, reflexiona.
Celia dice que un estudio científico muestra que tiene energía diferente en las manos. “Está certificado, yo creo que puedo ayudar a la gente”, sostiene. Entre los casos que más la conmovieron, recuerda el de una mujer que sufrió un ataque y había quedado totalmente paralizada. “Cuando fue el primer día a mi casa no podía moverse, el segundo día que fue podía mover las piernas, y al tercer día ya caminaba. Yo la sigo viendo, ella me regaló el vestido de quince, el vestido de casamiento, son personas que uno sigue viendo con el tiempo. A lo mejor me entero por otras personas y me cuentan cómo les ha ido”, dice.
“Yo cuando sano le pido a Dios y a la Virgen que me den mucha fuerza, rezo mucho a la Virgen, les pido que me ayuden, que pongan todo en mis manos, la buena energía que pueda aportar, yo rezo mucho para que pueda seguir adelante. Yo soy un instrumento del milagro”, afirma, con los ojos brillantes.
Celia tiene la misma carita con la que se la vio hace casi dos décadas en revistas, diarios y televisión. Carita de nena. Ahora usa el pelo más claro, pero conserva el estilo sencillo para vestir y se maquilla resaltando una mirada dulce y profunda, tranquilizadora.
Su embarazo de 6 meses poco ha cambiado su pequeña fisonomía. No sabe qué será pero quiere que sea nena, porque ya tiene 3 varones. Corretean en el fondo de la casa de sus padres por calle Mendoza pasando Calle 12, el mismo lugar donde llegó a atender 3.000 personas por día que venían en micros atraídas por las versiones de sus milagros.
Con tanta vorágine, Celia no terminó la Secundaria. Se casó a los 17 con un pocitano, Gustavo Pallaroni (32), quien le dio a Santiago (8), Alejandro (5), Lucas (4) y el bebé que nacerá en junio. Los niños jugando en las enormes galerías de la casona son moneda corriente. Celia es la más chica de 11 hermanos –el mayor tiene 50 años- y Benjamín y Eduviges Suárez cuentan 64 nietos y 20 bisnietos.
La niña sanadora se convirtió en mamá y se dedicó a su casa de lleno. Pero nunca abandonó la atención de la gente que la sigue buscando, con menos ritmo pero con la misma fe. Después de la explosión de su fama, hizo algunos viajes porque le pagaban los viáticos a Santiago del Estero y al Sur del país, especialmente para atender a personas necesitadas.
Ya no lo hace, es ama de casa y en Pocito todos se acostumbraron a verla como una más, en el almacén, en la escuela cuando lleva los chicos. Pero por las tardes, sigue yendo a la capilla que tiene contigua a la casa de sus padres, y está disponible. Atiende unas 5 personas por día y ella sigue sintiendo que la fuerza de la Virgen del Rosario de San Nicolás la bendice con el don de curar.
Para sanar, como cuando era niña, Celia hace imposición de manos. Primero charla con la persona, que le cuenta qué es lo que le aqueja, luego ella toca con sus manos donde le indican y reza en voz baja, unos instantes, suficientes para llenar de esperanza a cualquiera.
“Se dijeron muchas cosas, que cobraba, y la gente que estuvo acá sabe la verdad, sabe que nunca cobré y que nunca lo voy a hacer”, dice ella. Con aportes de los que fueron a pedirle ayuda, Celia construyó la capilla, humilde y sencilla, pero llena de imágenes y depositaria de toda la fe de la chica sanadora y de miles de personas en busca de salud y tranquilidad, que pasaron por allí durante tantos años y siguen pasando.
“A la gente que necesite le digo que venga a verme, yo no me voy a negar a atenderla, si verdaderamente necesita. Y que vengan con fe, que no bajen los brazos, que todo se puede”, se ofrece la chica, que reparte su tiempo entre la señora de la casa y la herramienta de Dios.

Gabriel Moyano
Tenía apenas 4 años cuando se quedó llorando en una esquina porque su hermana no le quería prestar la bicicleta. Tenía los ojos mojados, por eso los limpió bien para tratar de enfocar. “Vi algo que bajaba del cielo, y se posó en el pilar y me empezó a hablar. Yo lloraba más porque me daba miedo, no entendía lo que estaba pasando. Corrí a contarle a mi  mamá, yo no hablaba muy bien, no se me entendía nada, mi mamá no me creía. Y así empezó todo”.
Desde ese momento, Gabriel Moyano vio a imagen de la Virgen en el pilar del taller mecánico de Villa  Libertad, enfrente de su casa, la vida de la familia cambió para siempre. Fue un fenómeno de fe. La gente se amuchaba a rezar frente al muro, donde los incrédulos no veían más que una mancha. En paralelo a la “aparición”, a Gabriel le empezaron a aparecer personas enfermas, pidiendo por un milagro.
“A mí la Virgen me hablaba, una de las cosas que me decía es que tenía un don, que lo tenía que explotar, que tenía que ayudar a la gente. Yo en el momento no sabía qué hacer. Hasta que vino el padre guía Carlos Castillo, de la Calle 14, y él  me decía ‘pasa esto, pasa lo otro, puede ser esto’. Hay cosas que nunca conté más que a él, que el mismo Padre me dijo que eran para mí y para nadie más, yo nunca se las conté a mi mamá. Yo escuchaba que la Virgen me decía cosas y yo tenía miedo, entonces ella me decía que no llorara, que me quedara tranquilo. Era algo de acá”, dice mientras se toca el pecho. 
Gabriel asegura que era tan chiquito cuando empezó todo su fenómeno, en 1998, que no sabía qué Virgen veía: “yo decía que me hablaba una señora con un bebé y un rosario, entonces me llevaron a varias santerías y me mostraron todas las imágenes, hasta que dimos con la del Rosario de San Nicolás, era ella”.
El joven afirma que entendió que tenía un don recién de grande. Que cuando era un niño se le aparecía la Virgen en sueños y le contaba cosas sobre la gente que lo había ido a ver pidiendo ayuda. “Venía una señora que me decía que se sentía mal por tal razón y a la noche se me representaba esa persona y la Virgen me decía lo que le pasaba y al otro día cuando volvía esa persona, porque iba tres veces, yo le decía hasta que se iba a morir y la gente se quedaba mirándome. O les decía que no tenían nada, o que no atendía por problemas de plata. Cuando fui haciéndome más grande, me fui dando cuenta y el sacerdote me decía que no lo dijera así, que sea más cuidadoso. A la gente que realmente tenía problemas yo la soñaba, me pasaba la noche sin dormir, yo era un intermediario entre la Virgen y las personas”, cuenta.
El fenómeno de la Virgen en el muro del taller mecánico duró unos días, pero muchos llegaban a Villa Libertad atraídos más por el pequeño sanador, que por la imagen santa. Así, el perfil público de Gabriel fue creciendo hasta que se le juntaban varios colectivos en la puerta de su casa, incluso de fuera de la provincia. Lo llamaron de los shows de Buenos Aires, como el de Lía Salgado y el de Chiche Gelblung.
“Yo llegaba del jardín de infantes y había una cola de gente esperando. Yo lo sentía como un deber. Mucha gente malinterpretaba pero nunca lo hicimos con fines de lucro, era porque lo sentía así y lo tenía que hacer. Por ahí me decían mis papás que vaya a jugar, pero para mí era una responsabilidad”, dice el joven.
La madre de Gabriel, Dora, empezó a ver que la popularidad de su hijo crecía y para preservarlo, armó un cronograma de visitas día de por medio, para que Gabriel tuviera tiempo para jugar y hacer una vida “normal”. Pero los meses pasaron y era tanta la cantidad de gente que lo buscaba, que los Moyano decidieron mudarse de Pocito. “En algún punto, mis padres creían que me iba a hacer mal, venía gente con problemas y yo era un niño de 5 años, era mucho para mí, nos cambiamos muchas veces y la gente nos encontraba igual. Se fue tranquilizando con los años”.
Gabriel cuenta que hay personas de la provincia y de Buenos Aires que de tanto ir a verlo, cosecharon relación de amistad con sus padres. “Yo digo que milagros fueron, milagros de la Virgen, yo soy un simple intermediario”.
Hace más de un año que el joven fue a buscar al padre Castillo, y no lo encontró, quiere verlo y tiene algunos datos para encontrarlo, pero el trajín de su vida actual no le deja mucho tiempo libre.
En marzo nació Pía Nazareth, su primera hija. Con apenas 19 años, él y su novia, Pamela Reta, decidieron ir a vivir juntos, cuando se enteraron que nacería la beba. Se conocieron en la escuela y desde hace 2 años que están juntos. Ahora son una familia, por la que Gabriel se desvive.
Con el fenómeno de las sanaciones aquietado, Gabriel volvió a vivir a Pocito y empezó a trabajar cerca de los 13 años en la cosecha de la cebolla, para tener plata extra. En simultáneo, estudiaba y logró terminar la Secundaria. Quiso estudiar Astronomía pero no lo hizo y es su materia pendiente, junto con Filosofía y Psicología. Hasta el día de hoy, acostumbrado al trabajo duro, se dedica a las changas en el campo y en la construcción. Así pudo llevar a Pamela y a Pía a una casita sencilla, que alquilan en el barrio Medina Suárez, a dos kilómetros de Villa Libertad. “Yo no quiero estar así toda la vida, quiero encontrar un trabajo mejor, pero por ahora es así, ya vendrá”, asegura esperanzado.
Dora, la madre de Gabriel, de vez en cuando le arma listas con interesados en recibir ayuda, para que él, en sus pocos ratos libres, les haga imposición de manos.
“Creo que la vida me puso a prueba, me ven por la calle y se siguen diciendo ‘ahí va el niño sanador’, y a mí me resulta placentero. Sigo curando, menos que antes, pero cuando me piden lo hago, a mí me hace bien hacer sentir bien a otras personas”, asegura Gabriel mientras besa a Pía en la frente.