Informe especial: Chicos en conflicto con la ley

Se hizo de día en el Nazario Benavidez

Hace 5 años se produjo un cambio de timón en la política de este instituto con el objetivo de que los chicos no escapen y no reincidan. Historias de tragedia de pibes en la búsqueda de una luz en un lugar que hoy quiere ser de contención y recuperación, no una cárcel. Por Viviana Pastor.
lunes, 16 de enero de 2012 · 08:57

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

“Por ahí llegué acá porque hice las cosas mal, por ahí le pegué un tiro a un policía, me entregué solo, por ahí estoy arrepentido… (silencio), por ahí estaba drogado, por ahí no sabía nada, por ahí después me arrepentí un montón, mi mamá me acompañó a la policía,  por ahí estoy arrepentido”, cuenta Jesús, un pibe de 17 años que llegó hace un  mes al instituto Nazario Benavidez; el lugar donde la justicia envía hoy a los adolescentes de entre 16 y 18 años que cometieron algún delito.   

Jesús tiene una corta edad y una larga foja de antecedentes penales, varias entradas y salidas de las comisarías e incluso del Nazario y como él cuenta, casi mata a un policía. En la calle, Jesús es de esos pibes que sacan lo peor de la gente que ha sido violentada de alguna manera. Pero con la mirada en el piso, las manos sudorosas y la voz casi inaudible, no parece un pibe peligroso, para nada.

Jesús es el último que ingresó al Nazario,  el instituto ubicado en Zonda que aloja hoy a 7 varones con causas penales que van desde robo a asesinato; y que el año pasado llegó a albergar a 24 pibes.

Hasta no hace mucho tiempo el Nazario era sinónimo de ‘cárcel de menores’ y un lugar de donde era muy fácil escapar. No gozaba de la simpatía de los vecinos, ni siquiera del municipio y parecía un lugar abandonado.

En el 2007 comenzó una restructuración del establecimiento que incluyó mejoras en el edificio, en su conducción y en su política. Con ayuda de la Nación se encararon las obras más importantes, se puso custodia policial permanente en la garita de entrada, se realizó el cierre perimetral total y se recuperaron algunos edificios, que se inauguraron en el 2008 con la visita de la Ministra de Desarrollo Social de la Nación, Alicia Kirchner.  En el 2009 no se registraron fugas, en el 2010 se escaparon 3 chicos y en el 2011, ninguno.

Pero tal vez el cambio más importante fue el abordaje del tratamiento: los chicos dejaron de ser tratados como un problema social, para ser abordados como menores con derechos y con una esperanza de vida.

“En el último año no ha vuelto acá ninguno de los chicos que salieron y antes había un alto porcentaje de reincidencia; hay un seguimiento desde el área penal y sabemos cuando caen detenidos, pero ninguno de los chicos que salieron del Nazario en los últimos meses ha vuelto a reincidir”, dijo Patricia Bazán, coordinadora de seguridad del instituto, quien además fue durante muchos años la máxima autoridad de la Comisaría del Menor.

Bazán destacó que durante mucho tiempo, las comisarías no tenían un lugar de derivación de niños que entraban en la clasificación de iniciados en el circuito penal y los reincidentes; hoy ya se los puede separar por edades, por tipo delito, y hasta por problema de adicciones. “Eso se logró ahora porque antes no existía, no teníamos donde mandarlos y en la comisaría no los podes tener hacinados. Además antes no tenían abordaje especial, eso se logró recién en el 2008 cuando se comenzó a trabajar con los equipos técnicos”, destaca Bazán.

La ex comisario señala que como suele pasar con algunos procesos, hay resultados que se ven con el tiempo. Asegura que los chicos que llegan son el reflejo de un problema cultural,  generalmente  vienen de familias disfuncionales y a veces son el sostén económico de su familia. “En el Nazario hoy se les muestra que hay alternativas de vida, se les ayuda a levantar su autoestima y a entender que pueden vivir sin delinquir”, asegura.  

Carlos Aguilar trabaja hace 23 años en el Nazario y ha vivido varias etapas en su manejo. “Antes era un lugar abierto, no había alambrado olímpico, no había seguridad. Los chicos se escapaban cuando querían y otros volvían; pero teníamos 30 chicos para dos celadores, sin control policial en la entrada como ahora. Hoy es muy diferente, los chicos están contenidos las 24 horas, hay rejas en la casa, hay más seguridad.  Creo que en los últimos años se produjo una evolución tremenda tanto en la seguridad de los edificios como en el bienestar de los chicos”, cuenta Aguilar.

Las cifras oficiales señalan que en el 2011 hubo una disminución del 26 % de menores aprehendidos respecto del 2010. El año pasado los chicos que ingresaron a una dependencia policial fueron 1.580, mientras que en el 2010 fueron 2.149. El comisario inspector Roberto Heredia, jefe interino de Relaciones Policiales, dice que por problemas en el sistema informático de la Policía, no pudieron discriminar grupos etáreos, departamentos o tipo de delito. Pero según su análisis, esta disminución puede estar relacionada a una “mayor contención social, sobre todo vinculada a las políticas de gobierno”.

El abordaje

Jesús dice hoy que está arrepentido, que en el Nazario está aprendiendo a hacer deportes, y un oficio en los talleres de carpintería y electricidad.  “Por ahí pido ayuda, todo bien, estamos juntos, aprendí a respetar, a limpiar, muchas cosas, a hacer de comer aprendí. Sí, me siento bien acá; sí, tengo ganas de salir y hacer las cosas bien, no tengo ganas de estar preso, por ahí tengo miedo de salir de acá. Voy a tratar de hacer las cosas bien, buscar trabajo. Por ahí los deportes me gustan, jugar a la pelota”, vende Jesús sin mirar a los ojos.

Javier Silva es el coordinador terapéutico del instituto y destaca: “no somos una cárcel, el chico está privado de la libertad por decisión judicial, pero nosotros no cumplimos con los sistemas de seguridad de una cárcel, hace dos años no había ciertas barreras físicas, pero nosotros no tenemos armas, no hay violencia y eso es norma de la casa”.

La mayoría de los chicos que llega al Nazario tiene experiencia con drogas y situaciones familiares complicadas. “Aprendieron a vivir de forma equivocada, pasaron por situaciones graves, tienen cierta potencialidad para el delito, hay pibes acusados de ladrones y homicidas; pero son chicos que en un ambiente controlado son otro tipo de personas. Quiere decir que es más un problemática psicosocial”, asegura Silva.

Si bien hay un alto porcentaje de chicos que llegan con problemas de droga, también están los grupos de pibes que no tienen ningún signo de adicción y ninguna relación con estupefacientes, estudiaban y trabajaban y pertenecían a una familia normal.

En general, la clase social de los pibes es baja. Es un segmento, explican, en el cual sus derechos fueron ignorados desde temprana edad, hijos de familia numerosa y no muy presente, generalmente por cuestiones de supervivencia.

Vanina Ferrari, flamante titular de la Dirección de la Niñez, Adolescencia y Familia, advierte que este panorama responde a que hay sectores más favorecidos y que no llegan al Nazario; aquellos que tienen la posibilidad de contratar un abogado y pagar un tratamiento privado, que es lo que suelen pedir los jueces para el acompañamiento del chico que comete un delito. “El que tiene menos recursos está más vulnerable, pero no es que sea restrictivo para otros sectores sociales”, advierten.

¿Los casos más difíciles? “No hago diferencia entre casos difíciles según  la resonancia del delito, tenemos homicidios, delitos contra la integridad sexual, robos. Pero si un menor tiene un  problema por robo es grave igual. Si comparo parece que la causa del otro se ve más grave pero todo reviste la misma gravedad”, dice Silva.
Ricardo tiene 17 años, llegó al instituto por un robo que terminó en pelea con su padrastro. “Estaba en la casa de mi tío, en Carpintería, y me agarré a pelear con el padre de mi hermano más chico y metió que estaba drogado y me llevaron al comisaría. Me dio bronca contra él.
Ahora quiero estudiar y seguir con el deporte, me gusta jugar al fútbol”, cuenta tranquilo el más gringo del grupo. 

El proceso

Los carteles en papel afiche, escritos con marcador y con collage de palabras recortadas de revistas dicen: “Camino a la libertad”. “Fuerza para adelante”. “Espero un año con felicidad y mucha amistad y un buen laburo”. “Espero tener un buen laburo, no cometer errores y hacer  las cosas bien, irme pronto”.  Son las contundentes frases que expresan los deseos para el 2012 de los chicos que viven en el instituto, parte de un taller de una de las psicólogas del equipo que cuenta además con otros 3 profesionales y ocho operadores socio-terapéuticos que acompañan a los pibes las 24 horas, adentro y afuera de la casa.  Al equipo se suman Bazán y Silva.

Los pibes que están en evaluación son: Jesús, Ricardo, Lucas, Francisco, Jonathan (salteño) y Duilio, todos de 17 años. Están en la primera etapa en el Nazario, en una de las casas recuperadas que se ve muy ordenada y limpia, las camas tendidas y el jardín de la entrada bien cuidado.

Allí los pibes aprenden a respetar las reglas básicas. “Me levanto temprano, me lavo los dientes, por ahí hacemos alguna actividad, por ahí almorzamos, dormimos la siesta, nos levantamos a las 5; a veces hacemos actividades afuera, nos levantamos, merendamos, por ahí hacemos grupo de cierre, cenamos. Algunos días vamos a la pileta o tenemos taller de electricidad, y hacemos deportes”, cuenta Jesús con su infaltable ‘por ahí’.

Franco, de 18 años, involucrado en un asesinato, está en otra casa recuperada, la de etapa avanzada, una vivienda igual a la de los otros chicos, con todas las comodidades, pero sin rejas y sin el control permanente de los operadores. De hecho, Franco obtuvo autorización para salir a su casa los fines de semana y trabajar de lunes a viernes en una constructora, se levanta a las 6, va al trabajo y vuelve al Nazario a las 16.

La recuperación del predio incluyó tres viviendas separadas entre sí, y el galpón del taller de carpintería, donde aún se conservan y se usan máquinas antiquísimas y donde ya hicieron bancos y mesas.  También se recicló el taller de electricidad y herrería y otro salón, aún sin estrenar, que es donde se elaborarán las conservas con las frutas y verduras de la huerta que mantienen los chicos, también parte de la terapia.

El lugar es privilegiado, con la vista cercana de las Sierras Azules de Zonda, los amplios espacios que antes ocupaban las piedras ahora son terrenos verdes regados por aspersión. Aunque todavía resta mucho por hacer, admiten los directivos.

Silva explica que a los chicos se los va evaluando día a día, “porque no hay que olvidar que tienen una causa penal”. Cada uno va mostrando distintos gustos y habilidades en los talleres y deportes y se les va orientando a lo que podría ser su salida laboral. Gracias a un convenio con la UNSJ hay profesores del Colegio Industrial que van a dictar clases.

“En los talleres vamos buscando la veta, el joven va viendo que es lo que le gusta, lo vamos descubriendo juntos. Son adolescentes y no vienen acostumbrados a ser responsables ni mucho menos locuaces en su pensar, en su decir ni sentir. Cuando se logra cierto equilibrio es la hora de poder practicarlo en un ámbito abierto, porque dentro de este lugar pareciera que todo funciona de maravillas, entonces volvemos a lo mismo, su comportamiento es el resultado de un problema social”, asegura el coordinador.

Los chicos pueden recibir visitas los fines de semana, pero la familia cercana puede llamarlos en cualquier momento y visitarlos cualquier día en casos especiales. Al resto de las visitas se las controla más porque se cuida mucho al chico del entorno que tenía antes de entrar.

Los especialistas del lugar explican que el tratamiento hoy es integral, ya que no se ocupa sólo del chico cuando está internado, sino también del grupo familiar y de los amigos. Además se incluye un seguimiento en su casa cuando sale del Nazario. Esto hace que el chico esté más controlado y evita la reincidencia.

“Los padres deben acompañar al chico cuando salga a reencauzar su proyecto de vida. Cuando ya tiene cierto objetivo claro. Buscamos que el chico siga estudiando acá y cuando salga tenga su vacante en el colegio más cercano”, explican. 

Ferrari agrega que como la familia también está en tratamiento, su participación no se resume a visitar al pibe. “Esta etapa de acompañamiento no es sólo esto que se ve acá, también es posterior, los profesionales del Ministerio visitan a los chicos en su casa, a las familias, se continúa con las entrevistas. Se intenta que el tiempo acá sea acotado para continuar afuera y se busca que vaya a la escuela y se vincule con otros grupos de amigos,  porque la idea es que no salga y vuelva a la misma gente que no le hizo bien”, explica la Directora.

Silva aporta en la misma línea: La meta es integrar al chico a su familia y a la sociedad, con el sistema de comunidad y terapéutica. “Si tengo un chico de 17 años que no sabe leer ni escribir, como Francisco, ¿qué pasó con este chico, con esta familia, que no fue a la escuela? Entonces hay que empezar a trabajar con los vínculos. Pero si la visión que se tiene es que el chico sólo está preso, hasta en la familia es difícil esto”, señala.

Las condiciones para salir se definen en base a las pautas alcanzadas por cada uno.

Después de la fase de admisión, donde se asumen compromisos y roles dentro del circuito interno de la casa, se evalúa cuando el chico pasa a ser un líder positivo para sus compañeros, cuando recibe a los nuevos y los orienta, cuando empieza a interactuar con la familia, cuando la familia también empieza a integrarse al lugar.

“No hay que olvidar que un adolescente no lleva un ritmo de vida muy ordenado, tiene ciertas  libertades por su misma edad, pero deben cumplir con cierta disciplina para poder funcionar socialmente. No son angelitos, pero acá tienen una oportunidad”, señala Silva.

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