Un concepto errado que perdura hasta hoy dentro de la comunidad LGBTIQ+ es el de la juventud eterna, pero la realidad marca que el tiempo deja huella, que los cuerpos cambian y que las costumbres también se modifican, por lo que las noches de fiesta quedan de lado y, en ese contexto, algunos se encuentran con la soledad.
Es por eso que un grupo de sanjuaninos que se hicieron amigos hace unos años atrás, gracias a su incursión en La Glorieta, decidieron inaugurar un espacio para que aquellos que están en la misma sintonía compartan y transiten la diversidad en compañía.
Daniel Rojas tiene 55 años y junto a sus amigos Gabriel Costales y Mario Barboza, de 48 y 45 años, que son pareja y están casados, crearon un lugar de encuentro para personas de la comunidad que se hallan en otra etapa de su vida, ya sea porque formaron sus familias o bien porque se fueron quedando solos. Allí, la propuesta es pasarla bien e intercambiar experiencias.
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“Queremos crear estos espacios de contención porque nos hemos dado cuenta que la mayoría de las personas gays, lesbianas, cuando pasan la barrera de los 40, se quedan solas y ni te digo con 50 y 60. Es por eso que desde la Asociación nos planteábamos cómo poder revertir eso”, destaca Daniel que trabaja como docente.
Frente a esa realidad, conformaron un ambiente en el que se pueda socializar y por ello no siempre es en un mismo lugar y la actividad no siempre es la misma. “La idea es charlar, contarnos cómo estamos, compartir un mate, un asado. El objetivo es generar vínculos más allá de lo que pueda ser ir a un boliche a conocer gente, porque con los años los intereses van cambiando”, agrega sobre la propuesta para la población local de +40.
Gabriel, que se desempeña como parapsicólogo, cuenta que cada vez que se juntan hablan de la vida y de la farándula, que la pasan bien y que esa es la misión. “No te puedo decir todo lo que hablamos”, bromea y sigue: “Nos reímos, pasa todo lo que sucede en una juntada de amigos, hay comida y karaoke”.
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Mario confiesa que haberse comprometido y compartir la vida con un compañero es felicidad pura, cuando sabe que una buena parte de la comunidad no corre con la misma suerte. Es por eso que quien trabaja como chofer se muestra agradecido con lo que le tocó: “Es lindo, mucha gente anhela tener un amor y compartir la vida con alguien más, pero lamentablemente no se le da. Es lindo tener con quién hacer proyectos, contar con ese otro en todos los sentidos”.
Como es sabido, hay una gran cantidad de historias de vida que coexisten dentro de la comunidad LGBTIQ+ sanjuanina y están las lindas, como así también las feas. En estas últimas hubo casos de discriminación, de no aceptación y personas que quedaron solas porque sus familias los hicieron a un lado. Por tal motivo, los grupos de amigos más que amigos son familia.
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Gabriel, dentro de ese mar revoltoso, resulta una isla puesto que tuvo la suerte de ser aceptado por su familia tal y como era de chico. Mario siguió los parámetros hétero normativos, se casó y tuvo hijos. Sin embargo, con el paso del tiempo supo que la curiosidad que llevaba era más que eso y se animó a vivir la vida sin prejuicios. Por su parte, Daniel recién enfrentó sus sentimientos cuando ya era un adulto, después de los 30.
“Por mandato social, al ser gay uno debía quedarse en casa en otros tiempos y ser el encargado de cuidar a mamá y papá. Uno tenía que vivir siendo no feliz, en la oscuridad”, reflexionan quienes hoy no temen esconderse, se muestran con total libertad y se divierten a su manera. “Estos cuerpos no son comida nada más, tienen baile, de todo”, expresa Mario entre risas.
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Acorde comenta Daniel, en la página de Facebook de La Glorieta reciben mensajes que dicen simplemente “hola” y a su entender es porque hay gente grande que está sola y busca hablar, socializar. “A lo mejor no van al boliche porque ya tienen 60 años y están para hacer otro tipo de actividad recreativa, salir a hacer deporte, andar en bicicleta, conversar”, señalan los tres protagonistas que no paran de bromear ni un segundo.
“Queremos terminar con esto de que se sientan solas, que no pasaron de moda, que está bien cómo son y el cuerpo que tienen, porque durante mucho tiempo se creyó que el gay debía ser musculoso, lindo y con dinero”, recuerdan quienes reconocen que existían esas pequeñas discriminaciones que –paradójicamente- se daban dentro de la misma comunidad.
Al ser de otra generación y luego de haber vivido momentos difíciles por su condición, incluso en plena dictadura militar, dicen ser felices por cómo la juventud atraviesa hoy su identidad de género. “La libertad que tienen es genial, los padres son diferentes porque tienen nuestras edades, porque aquellos que fueron nuestros amigos y compañeros del secundario se educaron con nosotros y tienen otra cabeza”, sostiene Daniel, que pasó por una escuela técnica.
Referentes de la comunidad para los más chicos, se autodenominan cual chascarrillo ‘los putosaurios’ y aunque bromeen con esas cuestiones admiten estar orgullosos por el camino recorrido. Dicen que la unión hace la fuerza y por eso invitan a otros a participar de su propuesta, que representa más que juntarse y pasarla bien. Y es que la felicidad, si es compartida, es mucho mejor.