En su taller dentro de su casa en Villa Huarpe, Pocito, tiene un tacho y varios elementos de metal que para cualquiera serían de descarte. En cambio, para él son materiales para crear. Mario Costa hace arte con chatarra. Sus creaciones dan vida a animales y vehículos color óxido que sorprenden por ser hechas con manos de un amateur que sabe transmitir un mensaje: además de la belleza de objetos únicos, curiosos, una idea de que hay que reciclar y que se puede hacerlo de las maneras más extraordinarias.
Mario tiene 43 años y no vive del arte. Es empleado municipal de Rawson, más precisamente trabaja como chofer de los equipos que ponen luminarias en la vía pública. Y hay algo más llamativo aún: su pasión nació de una apuesta.
"Empezamos por una apuesta con unos amigos, me encontré una pieza y les dije que se parecía a un tractor, y empezamos a apostar. Yo tenía soldadora, entonces logré hacer el tractor y empecé a hacer varias cosas. Y bueno, empecé a entusiasmarme y a hacer adornitos para la casa", cuenta.
Entre sus obras metalíferas hay desde motitos a escala a grandes caballos. "Me gusta mucho lo que son las cosas del campo, así que hago caballos, animales, también autos..."
Trabaja con piezas, piecitas y piezotas. Lo que ve en un taller tirado para él son tesoros. Volantes, rulemanes, tornillos y algunas incrustaciones de tela son sus favoritos.
No estudió arte, para él este hobby lo entusiasma porque disfruta de hacer lo que le nace del alma. De una pieza tosca puede sacar un jilguero romántico. "Mis compañeros y amigos que tengo por ahí me decían, 'dale, dale, hacé adornitos, y empecé a hacer muchos adornitos así", detalla.
Así, Mario se convirtió en artesano de grande, recién hace como 10 u 11 años, lo que fue una sorpresa para él. Su vida la dedica al empleo formal, y en sus tiempos libres le da rienda suelta a su especial talento, que le gusta mostrar en ferias donde lo invitan, como la Feria de la Cultura y del Libro de Rawson en la que tuvo este mes uno de los stands más visitados, y por las redes sociales. "Antes los vendía, ahora está medio difícil la situación, así que lo hago por hobby más que todo", afirma sobre su prominente carrera.
La pieza más chiquita que hizo es una gallinita, con una tuerca. La obra más grande es un caballo tamaño natural que es exquisito, parece estar en movimiento.
Su familia, compuesta por su esposa Gabriela y sus dos pequeños hijos, Sandra y Facundo, lo acompaña en su aventura y lo admira. "Les gusta lo que hago, ellos son mis fans. Por ahí se ponen a decirme, 'mirá papá, hacélo así, un dinosaurio, haceme...", se ríe.
Mario sueña ser como su tocayo Mario Pérez, un artista reconocido en San Juan. "Me gustaría, pero cuesta mucho eso, escalar así", suspira.
Las figuras que más le costaron darles forma son el caballo y un gallo, "a uno empecé a hacerlo y cada vez se iba agrandando más", recuerda. Pero definitivamente la obra preferida de la gente es la cabra. "Los niños vienen y dicen que se parece a Messi. El gallo les llama la atención, también el quirquincho", apunta.
Las proporciones que muestran sus creaciones son buenísimas. Es todo sin escala, no lleva dibujo, nada previo, no toma medidas. Y salen casi como de la vida real.
Cada artista tiene su propio proceso creativo. Para Mario es algo que imagina y va creando como un rompecabezas, empezando con una pieza pequeña que va dando forma a algo, capa por capa.
Cuando va por la calle como chofer no puede evitar andar mirando qué hay por ahí tirado, que le puede servir para consustanciar su próxima lechuza, un chancho o un fitito de exposición en una tarima de su casa. O en un gran museo, nunca se sabe.
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