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Literatura e identidad

Las joyitas de las villas pocitanas: anécdotas rescatadas del olvido

Un recorrido por datos sorprendentes que revela el libro “Pocito, mi lugar en el mundo”, que acaba de presentarse, rescatando la memoria de los vecinos y sus historias olvidadas.

Por Miriam Walter

¿Sabías que en una villa de Pocito los vecinos solían bailar tango en las veredas al compás de fonógrafos que sonaban todo el día? ¿O que existe un sector tan orgulloso de su identidad que sus habitantes lo llaman su propia "República"? Incluso se cuenta que una de las bodegas más importantes del pasado se levantó gracias al hallazgo fortuito de una tinaja repleta de oro. Estos relatos, que parecen sacados de una novela, son en realidad parte de la historia cotidiana de Pocito y aparecen documentados en el libro "Pocito, mi lugar en el mundo: villas, barrios y calles" que acaba de presentarse en sociedad.

Esta obra, es el resultado de un exhaustivo trabajo liderado por el periodista Daniel Tejada junto a un equipo compuesto por Viviana Pastor, Mariela Otarola y Eduardo Merino. El libro permite reconstruir y preservar la identidad local, funcionando como un acto de gratitud hacia quienes construyeron el departamento desde abajo. En su sector dedicado específicamente a las villas, se descubren datos llamativos que permiten comprender cómo cada comunidad fue creciendo al ritmo de las familias que las habitaron.

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Foto publicada en el libro

Foto publicada en el libro "Pocito, mi lugar en el mundo".

Explorar estas páginas es sumergirse en un viaje al pasado. En El Abanico, por ejemplo, el sentido de pertenencia es tan profundo que los vecinos decidieron bautizar su tierra de una manera singular: “las personas que nacen en esa zona la llaman ‘La República de El Abanico’”. Esta misma villa es la que guarda el mito del origen de la bodega de Román Mestanza, pues según los antiguos pobladores, él “habría comprado la finca y construido su bodega gracias a una tinaja con oro que encontró en el campo”.

El espíritu festivo también marcó la identidad de estos lugares. En Villa Libertad, el tango era la ley antes del terremoto de 1944, ya que “cada casa tenía un fonógrafo y desde la mañana hasta la noche sonaba Carlos Gardel”, convirtiendo las calles en pistas de baile improvisadas. Sin embargo, ninguna pista fue tan famosa como la del Club Libertad, apodada con humor “La Pelopincho” porque cuando llovía se inundaba, pero aun así “la gente chayaba adentro aunque estuviera inundada”, demostrando que el barro y el agua no detenían la alegría del carnaval.

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La singularidad de las villas también se refleja en su relación con los servicios. Un dato muy curioso se encuentra en Villa Cremades, que tenía una conexión privilegiada con la capital a través de “la línea 43 de la Empresa Mayo”, la cual unía la ciudad con la villa “en forma directa, sin pasar o llegar a la plaza De La Libertad”, algo inusual para la época. Por otro lado, la Villa Nacusi rompió con la tradición vitivinícola dominante, ya que nació de un loteo alrededor de una bodega cuya finca “curiosamente, no tenía parrales sino olivos y chañares”.

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En la Villa Barceló, el nacimiento de la urbanización quedó grabado en la memoria de los hijos de los fundadores por el uso de maquinaria moderna; Rafael Barceló recuerda que siendo niño “se subía al tractor y junto al encargado de la finca arrancábamos los parrales para limpiar y lotear” lo que hoy es un hogar para muchas familias. Un proceso similar de transformación se vivió en Villa Paolini, que originalmente se llamó Villa Barboza hasta que en 1987 los vecinos decidieron homenajear a su gran benefactor y “por decisión popular, se cambió el nombre” mediante ordenanza municipal.

La unión hace la fuerza y así lo demostraron en Villas Unidas, una comunidad que nació de la fusión de Villa Sánchez, Villa Bottas y Villa Del Trébol con un objetivo vital: “se unieron con el propósito de realizar una perforación y todo el trabajo de cañerías para poder abastecer de agua potable a los vecinos”. Finalmente, la geografía impuso apodos que perduran, como ocurrió con Villa San Ceferino, a la que “los pocitanos le decían la ‘villa larga’, porque caminarla de punta a punta se hacía interminable” debido a su extensión de diez cuadras.

Una obra necesaria para la identidad pocitana

El libro "Pocito, mi lugar en el mundo" surgió de la necesidad de documentar historias que no se encuentran en plataformas digitales modernas como Google. Para lograrlo, los autores recurrieron directamente al testimonio de los vecinos y a una minuciosa investigación de campo que permitió plasmar los orígenes de las primeras casas y los personajes que forjaron el departamento.

La obra, que contó con el apoyo de la Municipalidad de Pocito y el intendente Fabián Aballay, se encuentra disponible de forma gratuita y en formato digital en la web municipal, facilitando que pocitanos residentes incluso en el exterior puedan reconectarse con sus raíces. Este volumen es solo el inicio de una serie que busca rescatar la memoria histórica y la cultura del trabajo que define a esta tierra fértil al sur de San Juan.

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